Por el pasaje

Zinder movió la cabeza que estaba levemente inclinada hacia atrás para la derecha y para la izquierda, acompañó el ritmo chasqueando los dedos de ambas manos y siguió el paso. Esperó primero a los platillos, después al efecto del disco rayado y enseguida aparecieron las palabras y cantó en voz baja: 

«Cuando no hay más que decirnos, habla el humo, nada el humo y rema en espiral».

Cambió la voz, la puso grave imitando a Gustavo y siguió:

«Cuando no hay más que decirnos, se abren al aire vacíos que dos no pueden respirar».

Caminó por Thames con Bocanada en sus orejas, cruzó Costa Rica y pasó por los Octubres, miró la vidriera con mamushkas sonrientes de Perón, Evita, el Che y el Papa y no frenó. Entró a la librería de los libros del pasaje que está a unos metros, subió por la barranca que está hecha para inválidos y paró en la mesa de madera con rueditas que tiene libros de autores argentinos. Le llamó la atención uno titulado El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Se lo llevó y fue directo para la cafetería que está al fondo. Se sentó en una mesa de las que están adentro, justo en la esquina que da al ventanal del patio donde hay más mesas. Se acercó una mujer entrada en sus cuarenta a atenderlo, le pidió un café cortado, le hizo el gesto de la cantidad de leche que quería con el pulgar y el dedo índice bien pegados. Y un tostado, por favor, me gusta quemado, le dijo. Escuchó como un turista francés que estaba con su mac pedía la contraseña de wifi en un español que abusaba de las erres guturales, como hacía Cortázar. Zinder se rió del acento del fgancés, «¿cómo sonaría para un parisino mí acento? Seguro que patético», pensó. Estaba por arrancar el libro y, cuando llegó a la dedicatoria para Leila Guerriero, apareció la mujer con el café y el tostado y una jarrita de leche para que él la derrame a gusto. Zinder agradeció y pensó que el libro y el café y el tostado harían una buena foto para subir a twitter. Buscó el mejor ángulo y sacó la foto sin flash. Tuiteó: «Café + tostado + libro. Todo en libros del pasaje. La gloria, compañeros». Dejó su Samsung Mini a la derecha, dio un sorbo con cuidado al café y vio que tenía una notificación: B marcó como favorito su tuit.

Terminó el café, el tostado y el primer relato y se levantó de la mesa. Dejó diez pesos de propina y fue para la zona donde lo esperaban los libros. Agarró La ciudad ausente de Piglia y un policial sobre la venganza de Banville escrito por su alter ego, Benjamin Black. Pensó sobre la posibilidad de escribir libros con otro nombre, «pero nadie nunca va a saber que soy yo el que escribe con otro nombre, sino no tiene gracia», se dijo. Llegó a la caja con sus tres libros en la mano. El chico que lo atendió le dijo algo sobre que eligió bien o que no es fácil elegir bien y Zinder pagó con su tarjeta de débito roja del Santander. Estaba a punto de firmar el ticket del recibo cuando sintió que le tocaban el hombro derecho. Dio medio giro a la izquierda con la idea de alargar el impacto un segundo más y ahí la vio. B sonreía y, sin que él llegara a decir nada, se abalanzó sobre las palabras. Terminé mi clase de cello que es acá a cinco cuadras, y como vi tu tuit, pensé en venir a saludarte un segundo, y nada me mandé porque es acá a cinco cuadras, ¿hice mal?, preguntó. No personaje, qué lindo verte, hiciste bien, hiciste bien, ¿almorzaste?, preguntó Zinder. Nada, los sábados como siempre tarde porque me puse estas clases que me fascinan y me cuelgo, pero bueno vale la pena, ¿vos almorzaste? ¿te parece comer algo en la cafetería?, soltó ella.

B llevaba un tapado de gamuza marrón largo con plumas alrededor del cuello, unas zapatillas celestes tipo topper chatitas, anteojos negros gruesos y dos hoyuelos demoledores cuando sonreía. 

No, no almorcé nada, acabo de llegar, dijo Zinder.

Se sentaron en la misma mesa donde Zinder había estado leyendo el libro sobre el mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. B dijo que tenía ganas de comer un buen tostado, pero Zinder la convenció de pedir unas papas bravas y compartirlas a medias. Pidieron una cerveza Quilmes porque B dijo: vos elegís la comida, yo elijo la bebida. Zinder la miró con cuidado cada vez que ella no lo estaba mirando, como si sus ojos fueran el telescopio del astrónomo y ella un meteorito de otro planeta. Vio que tenía un lunar en el cuello que solo se destapaba cuando ella hacía un movimiento brusco, no lo había visto antes, estaba debajo de la oreja izquierda, tapado por su pelo, pelo que le gustaría recoger con su mano derecha, despacio, para acariciarle el lunar con la yema del dedo gordo yendo para arriba y para abajo en un loop que soñaba interminable. 

A vos que te gusta el cine, si me tuvieses que decir que películas tengo que ver antes de matarme, ¿cuáles me dirías? Pénsalo eh, tienen que valer la pena, dijo B. Bien, diste con la persona ideal, tengo películas para todo tipo de situaciones, y mi especialidad son los suicidas convencidos, como vos, respondió él. Siempre irónico, no me importa, yo ya sé que me voy a matar, pero no ahora, cuando sea grande y para no sufrir, me lo dijo una bruja.

Zinder sacó una de las servilletas de papel que estaban en el centro de la mesa. Le pidió una birome a la mujer de la cafetería y escribió en la servilleta: «Películas para ver antes del suicidio: 1-El buscavidas, 2-La grande belleza, 3-León, 4-La habitación del hijo y 5-Inocencia Interrumpida». Ella dijo que no conocía ninguna pero que juraba que las iba a ver a todas antes de cortarse las venas con una gilette. Él se rió y le preguntó cuál era su película preferida y ella contestó que era Siete Psicópatas. Estás loca esa no puede ser nunca tu mejor película, igual la vi, está bien, dijo Zinder. Claro que está bien, es un peliculón, además me siento identificada con Tom Waits y los conejos, dijo B. 

Pidieron otra Quilmes porque la fluidez entró en calor. Ella empezó a enumerar las actividades que hacían mal y las que hacían bien con una verborragia enamoradiza. «Mal: cualquier festejo familiar, ir al boliche, bajar a abrir la puerta, militar en Facebook, jugar al Candy Crush, especialmente jugar al Candy Crush. Bien: comer helado de dulce de leche granizado con Netflix en la compu, bailar en un ascensor con espejo, gritar y que el eco te conteste, reírse como Marley, hablar con vos». De fondo sonaba una canción algo oscura de Lou Reed que decía que si fuera un animal que vuela sería un murciélago que iría en picada detrás de vos. Swoop, swoop, rock, rock. Zinder dijo que le gustaba Reed cuando estaba bien rodeado, como con la Velvet o hasta con Metallica. Ay sí, no puedo creer que haya muerto, se van los buenos y Bono sigue sacando discos, dijo B contenta con su malicia. 

Hubo un silencio por unos segundos hasta que, de repente, B se inclinó hacia adelante en la mesa y, como si fuera un entrenador que para su equipo con un 3-4-3, preguntó: ¿qué vamos a hacer con esto?. Zinder se acomodó el bigote y contestó desde el rincón: aprovecharlo, pero paso a paso, no es tan fácil. Tampoco tan difícil… espero que no me hagas esperar una vida, porque yo no soy Penélope, y está loca se va con otro loco, dijo B un poco en chiste, un poco en serio. Zinder se rió algo incómodo y cantó retruco: si es necesario, voy a tocarte la puerta y aparecer con carteles como el de Realmente amor, porque en el fondo soy sensible. Ella se mordió el labio inferior, levantó la pera y negó con la cabeza en un gesto entre tierno y confiado. Sos re sensible, pasa que trabajas doble turno para ocultarlo, dijo. 

Pasaron los minutos que siguieron hablando del metamensaje que lleva el fondo de pantalla de un celular. Él tenía al Pipi Romagnoli agarrándose con fuerza el escudo mientras festeja un gol y ella a Diane Keaton y Woody Allen mirándose en blanco y negro. Los dos criticaron a las personas que se ponen una foto de ellos mismos de fondo de pantalla. Pensá que elegís una imagen para ver cada cinco minutos, esa imagen tiene que representar algo fuerte, algo que no te canses de ver, es como un tatuaje virtual, ¿vos te tatuarías a vos mismo? Es bizarro, concluyó B. Los dos se rieron como Marley.

Terminaron las papas bravas y las dos cervezas frías. Zinder dejó los doscientos pesos que incluía la propina y esperó a que B se levante primero de la mesa. ¿Me acompañas al entrepiso que están los libros de arte?, dijo ella. Sí, dale, ¿estás buscando alguno?, preguntó él. Yo ninguno, pero seguro alguno me busca, respondió. B cruzó la mesa y pasó por delante de Zinder en dirección a la escalera y él se quedó parado al lado de la silla, quieto, como en estado de shock. Ella volvió sobre sus pasos, lo tomó de la mano y no lo soltó hasta estar arriba. Apenas subieron Zinder se sentó en un sillón verde de terciopelo estilo romántico que estaba en un rincón del entrepiso. Ella fue eligiendo libros y se los mostraba haciendo caras. Él le bajaba el pulgar tomando la decisión final a distancia, como si fuera un emperador en el coliseo. Hasta que sacó un libro que en la tapa tenía una mujer joven con un gato blanco entre los brazos y una mirada alejada. Desde donde él estaba sentado, la mujer parecía Anna Frank. Zinder levantó los hombros y le mostró sus palmas delegándole la decisión. Ella lo tomó y se lo acercó: Gala Dalí, la vida secreta. Vamos, me llevo este. Tiene magia, dijo.

B le buscó nuevamente la mano y lo llevó hasta la caja. Era como esos chicos que se divierten guiando a los mayores, llevándolos de la mano para mostrarles algo que a ellos les parece increíble, lo hacía con la misma naturalidad, solo que en este caso era una mujer de casi treinta la que guiaba. Pagó su libro de Gala con billetes sueltos que sacó de un bolsillo del tapado de gamuza marrón y salieron juntos de la librería. Una vez afuera B dijo que las calles de Palermo tenían ese que se yo, viste. Zinder tenía el auto a tres cuadras, enfrente a una parrilla de la calle Borges. Ella desató su bici amarilla que estaba en la esquina y caminaron hasta el Gol y, cuando llegó el momento de despedirse, le besó la mejilla con la intención de que sienta sus labios bien pegados a la comisura de la boca. Automáticamente Zinder hizo un paneo rápido a su alrededor. ¿Qué te pasa? ¿Estás nerviooosho?, chicaneó ella. Él sonrió sin decir nada y se metió en el auto. Chau, loco, que se repita, dijo B, que se subió a la bici amarilla y desapareció del espejo retrovisor. 

 

Zinder miró con delicadeza, sin hacer ruido, su celular iluminado en la oscuridad del cuarto. Tenía un mensaje de whatsapp notificándole que B le había enviado una imagen. Vio la foto de una heladera con un imán tipo broche de madera que sostenía la servilleta con las películas para ver antes del suicidio. El escribió y borró, escribió y borró, y finalmente mandó: qué bien queda ahí, es su lugar. Ella le respondió que era un mérito compartido y agregó pegado otro mensaje con un emoticón feliz. Zinder le escribió que hacían un buen equipo. Y ella rápidamente confesó desde su celular: che, hoy te mentí, mi película favorita no es Siete Psicópatas, es Los puentes de Madison, soy una mujer simple. Él esperó y, antes de que se cumpliera el minuto, respondió: vos sos de todo menos una mujer simple.

 

Manuel Álvarez (Buenos Aires, 1986). Se recibió de abogado en el 2010 y, desde entonces, se dedicó a escribir. Participó de diferentes talleres de escritura en Buenos Aires, entre ellos los impartidos por Pedro Mairal, Gabriela Cabezón Cámara y Silvina Giaganti. 

Sobre Enjambre: Actualmente participa de “Nadadores”, el taller que da Fabián Casas en el Espacio Enjambre, y dice que el taller de Casas funciona como un lavarropas literario: la cabeza da mil vueltas y, cuando termina, sale limpia.

Fuente:Revista Enjambre – Por el pasaje

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Cómo salirse del encanto

Al principio va a parecer difícil, pero con el tiempo vas a darte cuenta que todo es cuestión de tiempo. Simple.

Primero empezá por borrar todo lo que te hace acordar a él. La taza de los Ramones, dásela a tu vecino. Las fotos, tiralas al tacho. Los álbumes compartidos en Facebook, al tacho virtual. Borrá su nombre de la heladera, que los imanes con forma de letras ahora digan otra cosa, resignificá, dejá una palabra seca. Poné: adiós. El ejemplar de Rayueladedicado, apoyalo en uno de esos bancos coloridos y solitarios de Plaza Armenia. Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos: es una trampa. Cagate en Cortázar. No sos Oliveira, tampoco sos Rimini y ustedes ya son el pasado. Dos años pasados por agua.

No leas a Fresán, es otra trampa.

Arrancá un taller de escritura creativa. Escribí sobre él sin nombrarlo. Contá sobre el encuentro en la librería del pasaje, poné que él era como los chicos que se divierten despellejando las cortezas de los árboles, solo que esa corteza era tu piel. Escribí en tercera para no hacer fuerza sobre la herida.

Dale vueltas al desamor. Enroscate. Llegá a la conclusión de que es cuando el amor se pone malo, como una fruta vencida, y pega debajo de la cintura y ensucia como el barro cuando llueve.

No escuches a Drexler, no le creas nada.

Liberate. Tuiteá que Los amantes del círculo polar te pareció una mierda para que te lea y se enoje. Eso. Lastimalo en tu cabeza. Regalale tu odio. Los hoyuelos que antes veías como un combo agrandado que venía con la sonrisa, ahora miralos como dos marcas que estropean el cuadro. La nariz roja por el acolchado de plumas no es tierna, es una alergia.

Acusalo. Acomodate en el colchón mullido donde descansan los mártires de las relaciones. Preguntate en qué fallaste, convencete de que en nada. ¿Quién puso punto muerto? ¿Quién terminó este cuento? Vos no.

Engañate diciéndoles a tus amigos que estás mejor solo, que no lo necesitás para hacerle frente al mundo. Burlate del andar de la mano. Vos podés con lo que hay.

Emborrachate hasta vomitar, primero solo, después en compañía. Hacé papelones. Perdé el celular que te trajeron de afuera. Comprate uno nuevo. Perdelo en un taxi.

Anotate en el curso de meditación que dan los jueves a las ocho en la calle Serrano. Buscá serenidad en el budismo moderno. Respirá. Exhalá.

Poné en Youtube el video de Space Oddity. Servite un vaso de whisky. Ponelo otra vez. Cantala en voz alta. Los domingos quedate tirado en la cama viendo películas en blanco y negro de Humphrey Bogart. Impostá la voz y hablá con la boca torcida frente al espejo. Repetí: Here´s looking at you, kid. Creete Humphrey Bogart. Vos también podés ser más duro que los demás. Convencete.

Tu mejor amiga va a decirte que no era para vos, que aproveches para acostarte con quien quieras. Acostate con quien puedas. Escribile al colombiano que conociste en el Matienzo. Ponele que lo querés ver. Invitalo a comer a tu departamento. Comprá un vino algo caro. Un Trapiche malbec está bien. Hacé unos fideos Matarazzo con salsa rosa. Tirale algún cuadradito Knorr para darle sabor. Llevalo a comer al balcón. Dejá puesta alguna lista medio romántica en Spotify, una con canciones de películas. Que suene el tema de Ghost. Dejalo hablar, dejalo tomar. Que el polvo sea en la cama, no improvises. Incomodate con sus pelos en tu hombro. Mirá fijo el techo blanco, no te duermas. Decile que tenes algo a las diez para que se vaya temprano. Andate vos también. Caminá por Gurruchaga hasta Santa Fe. Tomate el subte.

Vas a enterarte que salió con otro por un mensaje de Whatsapp de tu mejor amiga mientras viajás por la línea D. Ayer lo vi al quetejeidi con un tipo tamaño crossfit en un bar, te va a escribir. Me chupa un huevo, pasaron cuatro meses, contestale. Pensá en abrir las puertas del subte y saltar. No saltes.

Bancate los momentos de debilidad. Nadie dijo que es fácil. Tus amigos van a querer frenarte, te van a decir: no seas pelotudo, no quiere saber nada más con vos. Sé un pelotudo. Buscalo. Corré hasta la fiesta donde te enteraste que va a estar. Quedate sin palabras cuando lo veas hablándole al oído al de crossfit, seduciéndolo como te seducía a vos.

Masticá la bronca y saludalo cuando se acerque a la barra. Decile que lo ves bien. Va a agradecerte y va a preguntarte qué hacés ahí. Respondé con una excusa, decile que te enteraste por Facebook, que tus amigos están por llegar. Al final nosotros somos como Facundo y Narval, te va a decir. Hablale corto. Cuidá las formas, guardate el orgullo. Despedite diciendo que vas a buscar a tus amigos, que después volvés. No vuelvas.

Cuando esa misma noche te mande un mensaje a las tres y media de la mañana preguntando en qué andás, miralo despacio y respondé: acá ando.

Fuente: Cuentos a la calle – Cómo salirse del encanto

Tungutela

En la Supremacía Tolstoi hay un ensayo al tuntún buenísimo en el que Casas escribe sobre el amor incondicional por su perra Rita, me acuerdo porque ahí deja una frase que se me quedó instalada desde el momento en que la leí: la mayoría de las cosas que nos modifican para siempre surgen en la infancia. Es prima de esa que dice que la verdadera patria del hombre es la infancia, pero prefiero la de Casas porque me parece menos pretenciosa y más sincera. Por lo general, de los libros que leemos, el tiempo nos deja el recuerdo de su lectura, algunas ideas vagas y quizás, con suerte, una frase. Si estuviese en esos juegos de televisión donde se tiene que adivinar un objeto por la mención de palabras sueltas, al libro de Casas lo definiría así: San Lorenzo-Padrino-Karate-Perra. Y la frase. Frase que se acomodó en algún rincón de mi cabeza como esos inquilinos que vienen para quedarse: La mayoría de las cosas que nos modifican para siempre suceden en la infancia.

De chico no me podía ir a dormir sin que mi viejo me contara algún cuento. Todas las noches el viejo se acercaba al cuarto que compartía con mi hermano en la casa de Godoy Cruz y, desde el borde de mi cama y con la luz apagada, nos contaba un cuento hasta que nos quedáramos dormidos. El protagonista del cuento era siempre el elefante Tungutela, también estaba el león Mateo y la jirafa Mariana, pero ninguno de ellos era tan importante como Tungutela. No sé a qué edad deje de necesitar al elefante para irme a dormir, lo que sí sé es que no puedo imaginar mi infancia sin la presencia fundamental de Tungutela, había algo en el que me protegía, nos protegía, como si cada pisada que diera se encargara de espantar las pesadillas que a esa edad son como moscas al calor del sol.

 

A los doce años el viejo me pidió que lo acompañe al Ateneo porque iba a estar firmando ejemplares un escritor que yo todavía no había leído pero si había escuchado mil veces en casa. A mis doce, lo único que leía eran los libros que me mandaban en el colegio y solo lo hacía por obligación, no me gustaba leer, a pesar de los esfuerzos del viejo que me decía que invertir tiempo en libros era la mejor inversión porque estas invirtiendo acá y eso no tiene precio, y se tocaba la frente con el dedo índice y el del medio bien juntos. El escritor se llamaba Wilbur Smith y escribía novelas de aventuras por África. Al viejo le fascinaba, se había leído toda la saga de la familia Courtney, y me insistía para que lo leyera. Te va a encantar, decia. Supongo que el hecho de que me llevara al Ateneo tenía como intención maquillada que finalmente le hiciera caso y empezará a leer a Wilbur, creería que viendo al escritor en persona me iba a motivar, como cuando vemos a una banda en vivo y al día siguiente nos bajamos toda la discografía. Hubo algo de ese día que me impresionó, pero no fue ver al escritor, un viejito de tez blanca que estaba sentado en una mesa y sonreía cada vez que un admirador se le acercaba. Fue otra cosa. Había una fila larga hasta llegar al objetivo, el viejo se puso último con su ejemplar de “El Hechicero” en la mano y yo lo escoltaba. Para hacer la espera más divertida grité ¡aguante Sidney Sheldon! con la voz suficiente para que me escuché mi viejo y no Wilbur. El viejo se rio de mi ocurrencia adolescente y me dijo: nos van a matar. Cuando llegamos a la mesa donde nos esperaba Wilbur, me puse en un costado y vi como el viejo, emocionado, se le acercaba y en un inglés perfectamente entendible le decía que se llamaba Manuel, que era un fanático de sus libros, que se los leía a su mamá cuando estaba muy enferma y eso la hacía olvidarse por un rato de su enfermedad. Yo no sabía que le leía esos libros a Chicha, me sentí mal por no saberlo, por no haber leído esos libros y compartir con él ese vínculo que lo ataba -todavía lo hace- a su mamá, a mi abuela, a Chicha. Wilbur le agradeció muy amablemente sus palabras y le firmó con letra de médico de guardia lo siguiente: para Manuel, los mejores deseos, Wilbur Smith. El viejo estaba feliz con su libro dedicado, tenía esa felicidad que moja los ojos y estira la sonrisa. Apenas salimos de la fila, fue y me compró “El Séptimo Papiro”.

—Tenes que arrancar por este, ¿lo vas a leer? —me preguntó.

—Si viejo, obvio que lo voy a leer —le dije.

 

La última vez que fui a una firma de libros fue el año pasado en el Malba. Esta vez fui sin el viejo. El que firmaba era uno de mis escritores favoritos: John Coetzee, que como Wilbur, es sudafricano. En realidad, no era una firma de libros, sino una conferencia del escritor y después, quizás, firmaría libros. Algo que efectivamente terminó sucediendo. Sospecho que la gran mayoría de las personas que estaban en la sala buscaban más la firma que escuchar a Coetzee. El trofeo de puño y letra. A mí me costó elegir el libro que iba a llevar para que quede inmortalizado en la estantería de la biblioteca que hoy descansa en Montevideo. Finalmente, elegí Infancia porque trata sobre la edad donde suceden la mayoría de las cosas que nos modifican, como dice Coetzee: un tiempo donde se aprietan los dientes y se aguanta. Llegué sobre la hora y sin entrada, hablé con el de seguridad para que me deje pasar y me respondió que si la sala no se llenaba nos hacía pasar a los que estábamos afuera, que éramos como diez. Cinco minutos después, miró su aparatito tipo cuenta ganado y nos dijo que pasemos. Entren sin hacer ruido, dijo. Me puse en la última fila de asientos, justo en el medio. A los minutos, Coetzee apareció en el escenario. Se acercó despacio hacia la tarima donde estaba el micrófono, no parecía cargar con los setenta y tantos que lleva en su documento, al revés, daba la impresión de ser más joven. Idéntico al de la foto de las contratapas de sus libros: flaco, pelo canoso algo despeinado y barba candado, también canosa. Desde la tarima, leyó un discurso corto, seco como sus novelas, y, después, contestó unas preguntas que le hizo una escritora de cuyo nombre ahora no me puedo acordar. Una vez que terminó la breve entrevista, los organizadores armaron una fila para los que querían que Coetzee les firmara. Hice la fila como la había hecho a los doce, los doce del John protagonista del libro, el que solo leía cuentos pero sabía que si quería ser un gran hombre tenía que leer libros serios. Cuando llegó mi turno, me acerqué y en un inglés perfectamente entendible le dije que me llamaba Manuel, que era fanático de sus libros. John me agradeció muy amablemente mis palabras y me firmó con letra clara lo siguiente: Para Manuel, J. M. Coetzee.

 

Hace poco le pregunté al viejo si se acordaba de nuestra visita al Ateneo y el me respondió que se acordaba todo de ese día, de ese momento, de Wilbur, de sus palabras a él, de una japonesa que lo acompañaba, de Chicha, de mi chiste sobre Sheldon.

—Tengo una anécdota para contarte —me dijo.

—A ver— le respondí.

—¿Te acordás del elefante Tungutela?

—Me acuerdo perfecto del elefante Tungutela.

—Bueno, Tungutela era un elefante de sus libros, por eso yo se los hice aparecer en los cuentos que les contaba a la noche, porque para mí era el mejor elefante.

 

Fuente: Revista Venados