Las del medio

Aparece en cueros con una máscara celeste y amarilla que le tapa la cara. Es una máscara para nenes y más adelante me va a decir que es de Rufo, su sobrino. Se saca la máscara, saluda a la cámara, sonríe y muestra un vaso de ron con hielo. Cuando sonríe se le marcan dos hoyuelos en la cara, a centímetros de la comisura de la boca; esos hoyuelos siempre lo delataron. En Buenos Aires son cerca de las seis de la tarde y acá en Madrid ya son casi las once de un miércoles pesado, un típico día de verano madrileño.

Pepo se levanta del sillón y me muestra la panza, se apreta con su mano derecha el rollo inferior.

—Estoy más gordo —dice.

Me rió. Es gracioso porque sigue estando flaco como lo estuvo siempre. O por lo menos eso parece desde mi computadora.

—En serio, me doy cuenta —dice.

Enseguida se vuelve a sentar en el sillón, hace un par de chistes y cuándo le pregunto cómo va todo, se pone serio y me cuenta que sigue preocupado por un crédito hipotecario que no le sale por deficiencias del Banco Nación. Me dice que ya van dos tasaciones mal hechas, la última porque se olvidaron de tomar la baulera. Lo que cuenta parece kafkiano.

Pepo es Fernando Hunter, un amigo inquebrantable. Lo conozco desde que éramos pibitos. Compartimos parte de la primaria y supongo que ahí empezó nuestra amistad, aunque fuera una amistad colegial, inocente e inmadura, como escrita por Gombrowicz. En primaria los dos éramos bastante petisos entonces nos ponían primeros cuando hacíamos fila en el patio. Yo primero y el segundo, justo detrás (hoy yo seguiría en los primeros puestos y él se iría bastante más para atrás). Me acuerdo que por las mañanas, en los minutos antes de formar fila, nos la pasábamos jodiendo. Pepo estaba todo el rato riéndose o haciendo chistes y yo le seguía la corriente. Pero en mi cabeza él era el más alegre. Por eso siempre se me quedó la imagen de una mañana, estaríamos en tercer grado, en la que lo vi llegar serio a la fila. No hizo ningún comentario. Yo lo empujé y le hice algún chiste. El me miró frío, adulto. Se separaron mis papás, me dijo. Creo que lo abracé, aunque tampoco lo tengo claro. Seguramente pensé que para él debía ser como que se cayera el mundo, su mundo, por lo menos eso creía a los diez años. Pero él se la bancó mucho mejor de lo que lo habría hecho yo.

Ese mismo año se fue del colegio, se pasó a uno público que quedaba a pocas cuadras del otro, del privado. Igual no perdimos el contacto, nos seguimos viendo por ahí y en cuarto año volvió al colegio original. Pienso que en ese año se afianzó definitivamente la amistad, teníamos ya dieciséis o diecisiete que es un poco la edad donde se elige la tribu para salir a pelear. De ahí vinieron varias idas a “San Cayetano”, su campo en Tandil, veranos compartidos y mil anécdotas de noches y días de espalda con espalda. Hasta acá. Uno en Argentina, el otro en España.

De adolescente hasta los veintipocos siempre estuvo un poco loco, loco lindo pero loco al fin. En el grupo de amigos había un consenso que el Pepo era el loquito, se hizo la fama por algunas salidas inesperadas y le quedó el mote. Nada más que eso. Lo gracioso de esto es que, hoy, ya treintañero, el loquito es psiquiatra.

El otro día leí una cadena de tuits de Martín Rodríguez dónde rebatía la teoría de que los amigos están en las malas, todos los seres humanos medio que están en las malas. Y en las buenas también. «¿Amigos? Los de los tiempos grises. Los del ni fu ni fa, los del embole, los de matar el tiempo juntos», decía. Y agregaba algo así como que amigo es el del llamado al pedo. Bueno, Pepo es un amigo que está en las malas, en las buenas y, especialmente, en las del medio.

Hace un año que no nos vemos, pero nos seguimos hablando seguido a través de whatsapp y ahora, por primera vez en un año, por video llamada. Los dos somos bastante malos con la tecnología y nos costó encontrar la manera de que funcionara el audio en las computadoras. Nos veíamos las caras, pero no nos escuchábamos. En realidad, el veía una cara y yo veía una máscara celeste y amarilla moviéndose para los costados. Todo en silencio. Tenía a mano mi cuaderno, entonces escribí en una hoja: NO ESCUCHO y la pegué contra el círculo de la cámara, como si fuera Charly en la isla de Lost. Intentamos por Skype, nada. Por whatsapp, nada. Después de unos diez minutos pudimos desde la video llamada del Facebook. Gracias, Mark.

El Pepo ahora está parando en el nuevo departamento de su vieja, hasta que le salga una mudanza que se le demoró más de la cuenta. Atrás suyo, contra la pared blanca, hay un cuadro enorme de diferentes colores que parecen apagados. Es una mesa que tiene un mantel blanco y sobre gran parte de ella una especie de cortina roja con una canasta con frutas. Se ven uvas verdes y negras, manzanas verdes y rojas, naranjas y delante de la fruta un plato azul con dos mitades de manzana. En el vértice hay dos limones, sobre ellos dos copas rojas, una caída sobre el mantel, detrás una botella azul que parece vacía y una jarra de plata antigua.

—Ese cuadro me suena —digo.

—Es el que estaba en Arenales. Naturaleza muerta —dice y hace una mueca mientras levanta los hombros.

Le cuento entonces lo que le había adelantado por whatsapp. Que tenía ganas de charlar con él, pero esta vez de una manera diferente. Hablar de lo que salga, sin armar nada. Y después escribir también lo que me salga de lo que habíamos hablado. Tenía en la cabeza una especie de retrato como esos que hace Capote en Música para Camaleones.

—Bueno, ¿y ahora qué tengo que hacer? —dice.

Al final le digo que todavía tenía que comer y que se me iba a hacer tarde, que prefería hablar el día siguiente, ahora que ya sabíamos cómo. Que iba a tener más tiempo. Y así lo dejamos.

♦♦♦♦♦♦♦♦♦

El jueves, a la misma hora que el día anterior, volvimos a hablar. Ya supimos como conectarnos y esta vez no había máscara ni trago del otro lado. Cuando se prende la cámara lo veo a Pepo de camisa blanca (lo cual es raro ya que siempre va de ambo) y a María, su vieja, con su pelo rubio y sus ojos celestes, que sonríe, saluda y desaparece.

Ahora el que tiene un vaso lleno soy yo. Whisky con hielo.

Pepo lleva su computadora al cuarto para poder hablar mejor. Enseguida me cuenta que acaba de llegar del hospital. Acá debería agregar que trabaja en el hospital Ramos Mejía y es jefe de residentes. Todo un éxito.

Nos pusimos a hablar de un proyecto que me contó hace un tiempo que tenía de leer cien libros grandes en orden cronológico, desde Homero hasta hoy. Le pregunté quién determinaba la grandeza de esos cien libros y me dijo que lo había sacado de una lista, pero que no se acordaba dónde. Ahora lo tenía medio abandonado porque solo estaba leyendo libros de psiquiatría. Se acordaba que el último que había leído era El arte de la guerra de Sun Tzu, que no le había gustado mucho. De ahí, no sé bien cómo ni por qué, pasamos a hablar de los libros que son llevado al cine. Los dos coincidimos en que es mejor hacerse la película en la cabeza, que juegue la imaginación. Pepo me dijo que él últimamente veía la inocencia de las adaptaciones en el cine, me habló de las películas de Harry Potter.

FH: Como que no le ponen el drama que le corresponde, deberían buscar más la oscuridad.

MA: ¿Qué te llama de la oscuridad?

FH: Justo es algo que estuve viendo hace poco, ¿por qué la gente ve drama?, ¿es masoquista? Lo trabajo bastante con los pacientes en el sentido de que en la realidad, para mí, las mejores películas son las que atraviesan todas las emociones, por lo menos las básicas: tristeza, sorpresa, alegría, bronca, inclusive aburrimiento en alguna parte, y creo que uno en la vida aprende de disfrutar hasta de momentos tristes, no del sentimiento en sí, sino de la enseñanza. Todo tiene que ir en cuotas, como la alegría. Que es es la vida misma en realidad, ¿no? Hace poco estaba con una paciente que hace dos años o tres años le estaba dando un antidepresivo y ahora se lo estaba discontinuando y le sentó bárbaro, tenía todavía unos temas de de trastorno de personalidad, pero mejoró tan rotundamente que le dije que continúe así y a su vez le di unas pautas conductuales y le aconsejé que haga psicoterapia porque la verdad es que estaba bien. Pero nunca hizo psicoterapia y la última vez que la vi me dijo: «no, mirá Fernando, tenemos que volver a subir las dosis porque estoy irritable, muy ansiosa». Y le tuve que decir que no, que en realidad no tenía que subir la dosis, que por eso mismo le decía que haga psicoterapia porque ella tenía que aprender a atravesar eso, porque tratar de reprimirlo lo amplifica y amplificarlo lo hace intolerable, tenés que aprender a dejar que eso fluya e inclusive hasta disfrutarlo. Loco el concepto, ¿no?

MA: Es la vida misma.

FH: Viste la película Boyhood, esa en la que a los actores los grababan cada diez años. Bueno, esa película tenía distintos colores, distintos matices, ya la ficción se parece bastante a la realidad. Yo siempre a los pacientes les doy como un ejemplo claro que la tristeza está por algo ahí, la ansiedad está por algo. El problema es cuando todas esas cuestiones están en exceso, ¿no?, y muchas veces están en exceso por tratar de reprimirlas o controlarlas. Como el dolor, sí, el dolor es feo, pero que bueno que está, porque sino empezas a agarrar una pava caliente, no te das cuenta que no te duele y te prendes fuego una mano. No, lo bueno es estar atento, alertado, que te digan «ey, alejá la mano de ahí». Lo mismo con la tristeza. Son emociones que esta bueno que estén ahí.

MA: Te lo iba a preguntar más adelante, pero como ya hablaste de pacientes va ahora, es bastante simple: ¿porqué psiquiatría?

FH: Es una pregunta que me hice varias veces a lo largo de mi carrera en estos años y una vez al año por lo menos me la hago la pregunta. Y la respuesta cada vez es más amplia, ja. Claramente, estoy seguro que es lo que tenía que ser. Después le trato de encontrar argumentos racionales. Ayer justo estabamos en neurología teniendo una charla y detrás tenía un cuadro del señor José María Ramos Mejía, yo me acuerdo que en su momento busqué información. El chabón era un neuropsiquiatra que tenía varios postulados sobre neurosis, neurosis en famosos y qué se yo, y a su vez era político y no sé cuántas cosas más, era un poco de todo, como pasaba antes. Entonces le digo a mí compañera: «mirá que loco, que poca bola nos dan a nosotros acá en el hospital y el flaco era psiquiatra, tiene varios libros de psiquiatría». Y me puse a pensar que todos los grandes personajes, en algún momento, se pusieron a reflexionar sobre la mente humana, ¿me entendés? Digo, les generó curiosidad la mente humana. Me parece que es una de las cosas que más interrogantes puede generar porque nos atraviesa a todos y es donde tenemos nuestra conciencia, nuestro self. Entonces tiene una inherencia totalmente personal, qué se yo. Si a vos te tienen que hace un trasplante de corazón, te lo haces, uno de hígado, te lo haces, ahora, no existe trasplante de cerebro, porque dejas de ser vos. En todo caso sería trasplante de cuerpo para un cerebro que ubican ahí. El cerebro sos vos, punto.

MA: Estaba pensando y la psiquiatría por tu familia no viene.

FH: No, cero. Ni la medicina. A mí lo que más curiosidad me generaba es el cerebro, lo que te decía antes, yo de chico siempre fui muy curioso, mi vieja se cansó de que le pregunté por qué, de hecho, quería investigar, ser científico, no sé porque descartaba de entrada medicina y bueno elegí bioquímica que tiene bastante de investigación. Entonces conocí a una bioquímica mientras estaba haciendo el CBC y la mina estaba con meos, muestras de materia fecal, analizándolas y yo dije: «puta madre, esto no sé si es lo que me gusta». Y la mina me dijo: «escúchame, vos querés investigar, ¿por qué no sos médico que hacen las partes más interesantes de las investigaciones?, nosotros hacemos las más aburridas». Fue ahí que empecé a empaparme con la medicina y me di cuenta que la mina tenía razón. Como era el mismo CBC me cambié de bioquímica a medicina a mitad de año así que no me atrasé. Y en medicina mi idea era investigar y, la verdad, después en la clínica, atendiendo pacientes, recién ahí me di cuenta que me encantaba. Algo que pensé que iba a detestar, me encantó.

MA: Pero eso te diste cuenta en la práctica

FH: Totalmente, yo pensé que lo odiaba hasta cuartó año, la UDH, cuando empecé a hacer las prácticas. Y dije: «¡opa!, che, me gusta esto». Es más, me empezó a gustar más que la parte de los libros, la investigación que me movió.

MA: ¿Y cómo elegiste psiquiatría?

FH: Fue difícil porque a mí siempre me gustaron muchas cosas. No me gustaba elegir porque cuando elegís descartas. Pero bueno, psiquiatría fue la primera que quise cursar, a la que más ímpetu le puse. Después de cursarla pasé por todas las otras y me empapaba de todas las especialidades, viste. Para tratar de vivirlo al máximo. Esperé hasta último momento igual, en el momento en que tenía que decidir en el examen de residencia y fue psiquiatría. Anécdota al paso una de las que más pesó en la elección fue cirugía general que vos por ahí decís no tiene nada que ver, todo lo contrario. Bueno justamente creo que era por eso, por ser el opuesto. Estar todo el tiempo reflexionando a veces hastía. En cirugía es operar, extirpo o no extirpo.

MA: Claro, yo creo que la pasión, o nuestras pasiones siempre están ligadas bastante a las obsesiones que tenemos, ¿vos tenés idea de dónde nace tu obsesión por la mente humana? ¿O nunca te lo planteaste?

FH: Qué buena. No, nunca me lo planteé. Pero la pienso ahora, ja…pienso que usaste una buena palabra: obsesión. La obsesión justamente viene por mi tipo de personalidad obsesiva, je je. Y ahí está lo loco, ¿no? (piensa, mira hacia adelante, son dos segundos en silencio y sigue) La obsesión puede ser entendida como de dos maneras distintas, una funcional, digamos, que es como ser muy detallista, perfeccionista, y no dejar nada de lado, ponerle mucha atención a lo que estás haciendo, y otra que sería más intrusiva, una idea intrusiva, involuntaria, que no se puede reprimir y cuánto más se trata de reprimir más viene a la conciencia. La verdad es que yo tuve bastantes cuestiones obsesivas en mi vida, claramente obsesivas, en los que la idea se me hacía más presente por la repercusión afectiva que generaba en mí, más que por lo racional de la idea. Eso es bastante obsesivo. Y justamente esas cuestiones, digo, haberlas padecido en la adolescencia o en la adultez, hicieron que ese padecimiento me lleve a preguntarme mucho cómo funciona la mente humana para tratar de entender estas cuestiones, a buscar formas de alivio que resolví como buen obsesivo, metódicamente, je. Tiene super lógica.

MA: Recién escuchando tu respuesta me puse a pensar que la psiquiatría debe ser una de las profesiones más empáticas que existen, porque al estudiar la mente humana lo que estás haciendo es tratar de pensar como lo haría el otro.

FH: Es totalmente así, es como un embudo, viste. Digo, la psiquiatría dentro de la medicina. Porque todo lo que no quieren tratar las otras especialidades empáticamente, digamos, nos llega a nosotros. Y digo lo de forma de embudo porque termina siendo así. Porque no lo quieren tratar y el paciente se saca porque no le dan cabida o no se saca pero se pone muy ansioso o empieza a manifestar síntomas psicosomáticos y un médico no lo quiere tratar y, de alguna u otra manera, terminan en salud mental pidiéndonos la interconsulta. Y es muy loco Manu, pero está lleno de enfermedades que tienen un componente psicológico y uno físico, de esto estoy convencido, y es muy estúpido pensar al cuerpo como algo biológico que no está conectado con la actividad mental. Está totalmente interrelacionado. En muchas enfermedades médicas pasa eso: la fibromialgia, la psoriasis, la hipertensión arterial, por nombrarte algunas, están totalmente influidas por la ansiedad y el estrés. No todo el mundo canaliza de la misma forma. Es ingenuo pensar que una enfermedad no es influenciable por un factor psicológico.

(Mientras habla Pepo se pasa la mano por la frente, se toca la boca, se toca la nariz, gesticula como si las manos fueran extensiones de sus reflexiones. Se acomoda en el sillón, se ríe. Tiene la vista puesta en otro lado, no mira a la cámara, es como si cuando hablara mirara fijo a un punto lejano detrás de su computadora, más allá)

MA: Última que te hago en relación con la psiquiatría, ¿algo que te haya impactado en estos años o que te haya hecho ver la profesión desde otra manera?

FH: Antes te hago un comentario, y te soy sincero, yo realmente este año, 60 o 70% del tiempo, contando el sueño, la mayoría del día, estoy pensando en psiquiatría, en cuestiones de salud mental, entonces lo que más me va a detonar a mí es eso. Ahora, volviendo a la pregunta: el suicidio hace poco de un paciente que vimos dos veces. ¿Qué pasó? El tipo tenía una esquizofrenia desde hace 15 años con una paranoia que lo hacía sufrir mucho, estaba totalmente descompensado y sufriendo mucho su psicosis. Le indicamos subir la medicación y en farmacia del hospital por escasez de medicación le dieron menos, no volvió a consultarnos y en vez de subir la dosis la bajó a la mitad, entonces se puso más psicótico. El tipo estaba con la mujer y se fue, nosotros no nos enteramos porque la mujer no nos dijo nada, no volvieron a la residencia a hablar con nosotros, no nos llamaron, no nos dijeron nada. Después nos enteramos que fue a la farmacia y le habían dado menos medicación. Volvió a la siguiente sesión con una cara de sufrimiento y ahí, obviamente, hablé con la mujer y le expliqué que su marido era esquizofrénico y que no podía manejar la situación, le dije que tenía que entender que si pasaba algo así sí o sí nos tenía que avisar porque no puede quedarse con menos medicación. Nos dijo que entendía, se fueron y a los tres días el tipo dejó una nota diciendo que no quería que lo que lo perseguía persiguiera a su familia y se mató. Nos enteramos a la semana porque no vino al turno. Una bomba… Ahora, a lo que voy es esto: los psiquiatras tenemos un legado social que es que deberíamos anular el riesgo de suicidio, ponele. Ese es nuestro mayor temor. Pero ¿qué pasa? Es imposible que lo anules, pasa en las clínicas privadas con mayores recursos, sigue pasando, inclusive actuar así termina siendo perjudicial para los pacientes. Entonces el mensaje más lógico sería tratar de disminuir ese riesgo dentro de lo que nosotros podemos hacer.

MA: Recién me decías que el mayor miedo para un psiquiatra es el suicidio de su paciente, te saco un poco de la psiquiatría, nada que ver, y pienso en algo que me despertó un documental que vi hará un año atrás, uno de Nick Cave, donde el tipo en un momento del documental tiene una charla con su psicólogo y le cuenta que su mayor miedo es perder la memoria porque perder la memoria significa perder el mundo que construimos. Creo que el tipo tenía a la madre con alzhéimer. Y me acuerdo perfecto de la frase porque me sentí bastante identificado con mí miedo, que es ese, perder la memoria porque es perder lo que soy, porque uno está hecho de recuerdos. Entonces mi pregunta es: ¿cuál crees que es tu mayor miedo?

FH: Mi mayor miedo creo que es la…lo sigue siendo… no sé si, nunca logró diferenciar si es la muerte en sí o el dolor previo a la muerte. No sé si es el no estar más, no existir, o el dolor previo a desaparecer…uff…pero, yo creo que sí. Igual es muy interesante lo de la memoria, coincido que nosotros somos eso. Y si la perdermos sería una forma de morir casi sin darnos cuenta. En la demencia también pasa eso porque dejas de entender lo que pasa a tu alrededor. Por eso te decía que somos el cerebro, la mente, si se empieza a perder esa función ya no sos vos, viste. Es como lo que platean en estas películas de ahora del clon, sí, pero el clon no sos vos porque no tiene tus recuerdos, tus construcciones. Tu cerebro según tus interacciones con el medio. Es la desintegración del yo lo que más me duele, o lo que más angustia me genera, y eso ponelo como muerte o como demencia.

MA: Bueno salgamos un poco de la psiquiatría.

FH: Te voy a llevar casi siempre, eh.

MA: Lo sé, lo sé. Pero mirá cómo te saco. Hace poco no sé con quien hablaba del primer libro que había leído y la verdad es que no me acuerdo, pero lo que si me acuerdo como primer recuerdo vinculado a la lectura es un libro que leí en tu campo: El día que Nietzche lloró. Ahora quizá no lo podría leer de vuelta, pero me acuerdo de estar sentado en el árbol de tu campo, ahí cerca de los caballos, atrás de la casa. Bueno, Piglia decía eso, que si recordas las circunstancias en las que estabas con un libro, eso es la prueba de que fue decisivo, de que dejaron una marca. Y yo me acuerdo perfecto del momento de leer el libro en el campo, en el árbol. ¿Para qué te digo esto? No lo sé, pero quería que me hables del campo donde tenemos tantos buenos recuerdos.

FH: Pero ves, el impacto afectivo de libros, yo ni siquiera podría atraer a la memoria los libros que leí, me pasa eso, pero ahora que me lo nombras al de Nietzche digo: «sí, qué buen libro». Me cuesta evocarlos… Pero bueno, respecto a lo que decías, yo creo en las construcciones sociales del conocimiento, por ejemplo los grandes genios creo que lograron eso, supieron absorver lo que está pasando en la sociedad y saber retratarlo, la genialidad para mí es eso en gran parte. Lo mismo con los músicos, alguien lo sabe cooptar, viste. En eso me pongo medio como Spinetta o Fito que dicen que hacen temas que los trascienden a ellos mismos, que dejan de ser los dueños. El genio de ellos es que saben captar esa melodía que está sonando en la sociedad. Lo mismo con el escritor o el pintor, qué se yo.

MA: Ahí está un poco la magia del arte, digo, la poesía o la poética narrativa, no hace falta ser un sociólogo para hablar de lo que está pasando. Como decías vos, Fito con Tres agujas te pinta un momento en cuatro minutos o Spinetta con cualquiera de Pescado Rabioso te habla más de la situación que otro que quizá se dedique a investigar puntualmente eso. Es como una sensibilidad social que tienen.

FH: Sabes que estuve pensando mucho en la psicología positiva, que está en auge hace 15 o 20 años y para mí es como un boomerang que siempre me vuelve y una de las cuestiones que trabajan es la creatividad. Y yo estoy convencido que la creatividad es enemiga del miedo al error, viste. En los errores aparecen ideas geniales. Los artistas estos no tienen miedo a crear con errores. Yo traté de trabajar mucho con el arte, hice guitarra, hice teatro, inclusive hasta trate pintando y me decía: «qué choto que soy pintando». Y claro, no puedo, porque a mí me encantaba más la medicina, ahí estaba puesta mi energía vital.

MA: Al final nos fuimos al carajo y no me dijiste nada del campo. Volviste a meterte en la psiquiatría, ganaste.

FH: Uhh el campo, ese es un tema hermoso. El campo, el campo… a mí me angustió mucho una vez que la vieja me dijo que lo quería vender. Y me salió decírselo, porque me salió pensarlo ahí, frente a la posibilidad de pérdida, bueno, ¿cómo le justifico?, ¿cuál es mi defensa?, porque hay dos partes: por un lado, la experiencia vivencial de estar ahí, que puede pasar en muchos lugares, eso de desconectarse, un viaje interno a la naturaleza, viste, pero a su vez, por otro lado, me pasaba algo muy loco que es de identidad simbólica. Yo lo que es mi psiquis, por lo menos en las representaciones mentales que me hago de mi identidad, me impactaron diferentes personajes en mi vida y uno de los personajes que me impactó mucho fue mi abuelo materno que es quien compró el campo. Yo no lo conocí a mi abuelo. Pero me impactó mucho lo que me contaban de él, lo que me contaba mi vieja, lo que me contaba mi viejo, como lo admiraban, la expresión facial cuando me lo contaban. Es una locura, porque yo no lo conocí. Y te hablo de identidad porque yo fundé mi identidad ahí, en ese campo, como que dije: acá va a estar mi identidad. No solo la personal, sino también la nacional. Por la experiencia de transcurrirlo ahí y de la manera que lo transcurrí.

MA: Hace poco vi una foto que tenemos atrás del tanque de agua que usabamos de pileta, tendríamos diecisiete años, ¡esas caritas y esos físicos! Estamos ahí parados los dos con el gordo posando ridículos. Y me pareció increíble que este retratado ese momento y el lugar, con todo el campo abierto de fondo. Aunque fuera un segundo.

FH: Claro es que no es algo cuantitativo, es como cualitativo. Para nosotros hace algo que… no sé si la cantidad de veces tiene algo que ver, es como una cuestión de enamoramiento, ¿hubiese sido mejor o peor una relación si hubiesen tenido más tiempo?, ya por ahí con un encuentro queda definida la experiencia.

MA: Me quedé con lo de tu abuelo porque me pasa algo parecido con mi abuelo paterno, de tanto querer recordarlo, de tango que me hablaron de él, digo que tengo recuerdos que no sé si me los inventé.

FH: Es que es así, cómo nos impactan las personas que nos impactan… Te cuento algo muy loco, que da explicación a esto, viene del psicoanálisis, yo no soy psicoanalista, pero esta frase me encanta, es una frase que usa Lacan: el deseo es el deseo del otro. Del otro como una sumatoria de lo que la sociedad es o lo que uno piensa que es la sociedad. Es medio complicado el concepto y ¿por qué el deseo es el deseo del otro? Porque en realidad uno quiere lo que quiere el otro, es decir, yo no deseo lo que me dicen mis viejos yo deseo lo que vi que mis viejos deseaban por más que no me lo cuenten. Porque mi viejo me puede decir que estudie medicina, pero yo le veo la cara cuando toca la viola y yo voy a comprar ese deseo. Bueno lo que digo es eso, el deseo como sumatoria social, lo que anhela la sociedad se vuelve propio. Está bueno el concepto.

MA: Hablaste justo de la familia, ¿qué sería para vos? Lo mismo que la amistad, ¿ves un vínculo?

FH: Yo creo que la familia tiene muchas atribuciones culturales que influyen en generar un tipo de lazo especial. Y digo culturales porque me niego a pensar que el lazo de sangre sea el vínculo distintivo, capaz todos tenemos un tatarabuelo lejano en común, no pasa por ahí, somos todos seres humanos. Pero hay algo cultural que hace el vínculo súper especial. La amistad creo también está muy enmarcada por lo que la cultura dicta, creo que las amistades hoy no son las mismas que antes, así como el concepto de familia. En distintas sociedades los conceptos son distintos y así repercuten en la forma de interactuar entre estos vínculos. Yo creo que me voy renovando día a día, digo, los conceptos, en cómo lo pienso. Tener una familia y amigos cerca es hermoso y, a su vez, dictan el mayor impacto de mis deseos, si hay otro con mayúscula, mis amigos y mi familia son los que más lo impactan. La amistad es cualitativamente distinta a la familia porque no tiene el vínculo sanguíneo, pero igual se sostiene y eso lo hace hermoso y diferente también.

MA: Hay algo que siempre debato con mi viejo que hace un culto a sus amistades más viejas, él tiene una teoría que dice que la verdadera amistad se mide con el documento. Entonces se la rebato diciendo que el documento se renueva.

FH: Lo que pasa es que cambió mucho el concepto de amistad de una generación a otra, antes quizá era más estático. La dinámica, digo. La sociedad cada vez se vuelve más flexible en las relaciones, tanto de parejas como de amistades y creo que es bueno porque se permite el andamiaje de que no quede también tanto fijo, sino que cuando el pensamiento individual empieza a alejarse del de otro amigo, por así decirlo, bueno, uno empieza a alejarse de ese amigo y es lógico que eso pase, que se empiece a alejar y se empiece a acercar a otras personas. Yo coincido con tu viejo en que cuando sos chico es el momento en que se funda la amistad y su intensidad.

MA: Estaba pensando que una vez que la amistad se construye, digamos, es muy difícil que se destruya, ¿no? Pienso en nosotros, no sé en qué momento dije «bueno, este pibe va a ser mi amigo», no tengo una respuesta a por qué pasa eso, pero sé que pasa. Con pocas personas, pero pasa.

FH: Yo creo que es tratar de ponerle nombre y palabras a construcciones de vínculos que es muy difícil de encasillar, es algo que es muy de la naturaleza humana, viste. A mí me gustan esos ejemplos que daba Borges de amistad con un tipo que trataba de usted, que no lo invitó al casamiento porque pensaba que lo iba a incomodar, esas cosas, pero igual lo consideraba un amigo. O tipos que por ahí veía cada diez años. Y como diferenciaba la amistad con la relación de pareja. Pero lo que me gustó mucho es como pateaba el tablero en lo que significaba la concepción de amistad tradicional.

MA: Mirá qué borgeano resultaste. Che, ¿qué te iba a decir?… bueno, pensando que tenemos treinta años ya, ¿cómo te ves hoy?

FH: Uhhh, no sé, creo que los veintinueve fueron muy duros en lo que es aceptación cronológica, porque no deja de ser un número, ¿no? Pero después de darle treinta vueltas al sol me di cuenta de que el número es un número, me acostumbré, como que ya está. No sé, como que cuando atravesas a los veinte es como que se te abren muchas puertas, cuando atravesas a los treinta también se te abren puertas, pero ya son menos y se cierran más. Ahora por ejemplo la pierna derecha cada tanto me duele solo, y eso que no estoy jugando al futbol, no sé que es, pero me duele sin hacer nada. Como que algo hice mal y el cuerpo me lo está diciendo. ¡Y tengo treinta años!, tampoco es tanto, viste. Y saber que eso después se va a ir incrementando es feo. Sentís que vas por la montaña rusa, viste, y pasaste por el pico más alto y ahora ya es todo para abajo. Eso físicamente. Intelectualmente creo que queda una subida enorme y nada, ¿qué querés que te diga? Estoy contento porque me voy a mudar, así me pegan los treinta.

MA: Claro es un montón, además mudarse también es una manera de volver a empezar, ¿no? Ordenar los muebles es un poco ordenar el bocho, eso digo.

FH: Sí, sí, vivir solo es empezar algo, bueno, y terminar algo. Es tumultuoso, pero siento que antes era un ser que flotaba en el océano y ahora soy más un poste firme frente a la marea, je. Entonces siento que está bien, es turbulento, pero dentro de todo estoy asentando los pies. Departamento, trabajo, sueldo. Elegí esto, la autonomía demorada.

MA: Bueno loco, vamos a ir terminando porque hoy me toca comer milanesas con puré y juega Sanloré por la copa. ¿Algo que me quieras decir?

FH: Nada estoy muy contento de que estés bien. Saberlo me pone contento. Todo el viaje que estás haciendo. Siento que voy en esa mochila, viste.

MA: Ja, sos tan vivo que me lo diste vuelta, tenías que cerrar diciéndome algo tuyo.

FH: Ja, ja, ja, nada, yo estoy contento con la vida, aprendí a saber dejarme llevar un poco en algunas cuestiones, estoy pasando un momento alegre me parece, disfrutando de la familia. Disfrutando con Rufo, con toda la familia en general también.

MA: Me acuerdo que cuando nació Atticus estábamos juntos en Shambala y me dijiste: «te va a cambiar la vida». Y la verdad que te cambia la vida. Ahora me pasó todo el rato viendo videos que sube Maki para ver cómo crece.

FH: Ja, ja, ja, sí, sí, es así, totalmente, y tiene mucho que ver el vínculo que tenés con tu hermana.

MA: Verte en el rol de tío es alucinante, es muy difícil de explicar.

FH: Totalmente… Bueno andá a morfarte la milanga con puré y…

MA: ¡Que gané Sanloré!

FH: Ja, ja, ja, chau vieja, apagá vos que no sé cómo es.

 

 

 

 

 

 

 

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De pie

Son las tres de la tarde de un martes y hay un silencio de siesta, casi no hay autos, casi no hay gente. La casa de Quilmes acapara toda una cuadra, pero apenas se ve al otro lado de la puerta de rejas, del paredón de ladrillos cubierto por la enredadera. El timbre emite un sonido agudo, continuado y lastimoso. Por el portero eléctrico se escucha la voz metálica de un hombre.

—¿Quién es?

—Vengo a ver a Marcelo.

—Pasá, pasá.

 

La puerta de rejas se destraba con un ruido seco y se abre lenta a un jardín extenso. Al otro lado espera un hombre de unos cuarenta años, metro setenta y cortos, tirando a bajo, tiene la cara cuadrada, ojos verdes, transparentes, un jopo cuidadosamente peinado con gel y unos anteojos negros de marco grueso que pretenden darle un aire intelectual.

Ese hombre, este hombre: Marcelo, es Marcelo “Fantasía” Sanguinetti, argentino, ex campeón de peso mediano de la OMB y la CMB. Sanguinetti es, siempre lo va a ser, boxeador, aunque ahora este retirado y se dedique a otros negocios.

Es julio y afuera hace frío, la temperatura ronda los cinco grados. En el living amplio de la casa se está bien por el fuego que sale de la chimenea de cemento. Hay tres sillones color beige alrededor de una mesa de madera. Sobre la mesa de madera hay un juego de café de porcelana listo para ser usado. Marcelo toma la cafetera blanca y rellana las tazas.

—Estoy más en España que acá. Voy y vengo, por lo general, le escapo al frío. Allá tengo un gimnasio y mis negocios, cuando estoy acá hago mis shows de stand up en el teatro. Así reparto mi tiempo.

—Mirá vos, como el de la película de Toro Salvaje, ¿casualidad?

—No la vi, pero sé que es sobre La Motta y no me identifico para nada con él, sabes. Para mí la casualidad no existe, creo en la cau-sa-li-dad —dice silabeano la palabra para darle énfasis a su idea— Yo creo que, si uno se propone algo en serio en la cabeza, lo consigue.

—¿No crees que existen factores externos? Circunstancias que ayudan a que algunos si y otros no, digamos.

—Mirá, yo era techista en el barrio, trabajaba con el viejo, compraba los materiales, tomaba las medidas, no teníamos un mango y a mí se me metió en la cabeza que iba a ser campeón y nada me paró hasta conseguirlo. Creo que a las circunstancias hay que salir a buscarlas.

 

 

Jake La Motta también fue un boxeador como Marcelo. Scorsese hizo una película acerca de su vida, de su ascenso y su caída estrepitosa. Un tipo cargado con la frustración, que cansado de perder en la vida se deja castigar en el cuadrilátero. De Niro lo interpreta con la dosis justa de realismo, el fracaso se le ve en el físico y en los ojos. En la última escena, ya retirado del boxeo, muy excedido de peso, lo vemos a La Motta en el camarín de su bar, preparándose para salir al escenario a dar uno de sus shows de stand up. Le habla al espejo que le devuelve su figura presente, derrotada, con la frente ancha y los ojos casi cerrados. Recita de memoria el discurso demoledor de Brando a su hermano en Nido de Ratas; Brando, que hace de otro boxeador frustrado. Es el discurso de las oportunidades perdidas, del fuiste tú, Charlie. Mientras recita mueve el habano que sostiene en su mano derecha. Entra uno de sus empleados y le dice que ya es hora. Se pone el moño y le pregunta si hay gente en el bar. Está repleto, campeón, le contesta.   Lleva puesto un smoking que le queda chico. Mete panza. Se agacha y se acerca al espejo. Tira guantes al aire, dos, tres, cuatro veces. Calienta. Grita. Se va. A los dos segundos vuelve. Se mira otra vez. Nuevamente tira puñetazos al aire. Sos el jefe, sos el jefe, se dice. Y sale.

 

—¿Cómo llevas el retiro?

—De puta madre —Marcelo mueve sus manos para los costados, mostrando las palmas— Siempre me gustó leer, cuando boxeaba leía porque me servía para escaparme un poco de la vorágine y ahora que ya no entreno tanto, estoy todo el rato leyendo, es una pasada, sabes.

—¿Qué estás leyendo?

—Ahora justo estoy leyendo cuentos de Cortázar, Final de Juego se llama el libro, creo. Es gracioso porque Cortázar era muy fanático del boxeo, tiene un cuento que se llama Torito y está escrito desde la voz de un boxeador medio bruto, que habla mal. Esa es la imagen general que se tiene de nosotros, pero yo soy distinto, sabes.

 

Marcelo habla pausado, la suya es una tonada sin patria, mezcla de argentina, española y dominicana. Tiene una voz suave y elige palabras precisas, como si jugara a distinguirse de sus compañeros de profesión, él no es La Motta y no le dicen Torito. Si una pregunta no le gusta, la lleva para su rincón, tiene cintura para responder. En el boxeo le decían el intocable, acá, sentado en el sillón de su casa es igual. Mira, mide y se ríe.

En el dos mil doce todo el mundo en Argentina habló de él, fue el año en el que le llegó la fama por la pelea contra el mexicano Cáceres. Marcelo venía peleando hace años y forjando una carrera excepcional, pero en Argentina no era muy conocido, se lo veía como un extranjero. Resulta que la pelea con Cáceres fue memorable, pareció sacada de un guión hollywoodense al mejor estilo Rocky. Si bien Marcelo ganaría por decisión unánime y durante casi toda la pelea dio una lección de boxeo sin sobresaltos, fue una pelea que estuvo a punto de perder en el doceavo round. En ese round, una mano de Cáceres le entró justo detrás de la oreja derecha y lo tiró. Marcelo se levantó, pero tambaleaba. En vez de manejar las distancias como él sabía hacer mejor que nadie, entró en el golpe por golpe demencial. Los últimos treinta segundos fueron de pura adrenalina, dos guapos vaciando el tanque hasta el final, de pie, golpeándose. Después de la pelea, todos en el país lo elogiaban. El heredero de Monzón, decían. No hubo nadie que no hablara de el mejor boxeador argentino de los últimos veinticinco años.

—¿Extrañas el éxito?

—El éxito dura lo que un fósforo encendido. Yo eso siempre lo supe, desde que me hice boxeador. Lo que extraño es la adrenalina del ring, eso es como una droga, sabes. Y es algo que no creo que vuelva a encontrar.

 

Marcelo tenía 37 años cuando peleó con Cáceres, por lo que la fama le llegó de grande. Y con la fama vino la sobrexposición. Empezó a ser habitué de los programas de chimentos. Todo el mundo debatía acerca de su sexualidad, ¿cómo era posible que no tuviera novia? En todos lados aclaró que le gustaban las mujeres, pero entró en el juego y en un programa hasta se puso a debatir sobre el cuidado de la imagen, que para el conductor era muy femenino. Ya siendo famoso quiso despedirse peleando en el país, trajo a un irlandés joven e ignoto y pelearon en el Luna Park. Lo que se suponía sería una fiesta, terminó siendo una pelea más que pareja, nada de lo que se esperaba. El irlandés dominó en gran parte de la pelea y no se animó a ganar. Algunos hasta abuchearon a Fantasía. Él, que quiso triunfar en su tierra, era abucheado. Al final, su final, quiso revertir la imagen y aceptó hacer una pelea más, esta vez en Las Vegas y con el guatemalteco Croce, un boxeador de experiencia y unos cinco años más joven. La pelea fue una masacre, Fantasía desde el primer round no se podía mantener firme de pie. El guatemalteco se cansó de pegarle, hasta lo tiró dos o tres veces, pero Fantasía seguía levantándose. Daba lástima ver al campeón así. Al final, en el noveno round su entrenador tiró la toalla y no hubo más. Se retiró en el 2015.

—¿Te arrepentís de tus últimas dos peleas?

—No, no me arrepiento de nada, a Croce si le hubiera peleado un poco más joven le ganaba en seis rounds, me agarró viejo y con los problemas en las rodillas, pero yo no me retiré, seguí de pie hasta que mi entrenador la cortó, él me quiso cuidar, pero yo hubiese seguido peleando. Y el irlandés que dicen que me ganó, a un campeón para sacarle el cinturón hay que tirarlo, sabes, él peleó bien, pero me respetó demasiado y gané bien frente a mi gente, por primera vez. No, no me arrepiento.

—¿Crees que la de Cáceres fue tu mejor pelea?

—No, no, esa pelea tuvo mucho de marketing, yo era mucho mejor que Cáceres, tuvo la suerte de meter una mano y nada más. Gané por unanimidad, no me vio en once rounds. Mi mejor pelea debe haber sido contra Farrell o el ruso Koriov, pero la que más recuerdo fue la primera contra Hamilton en Liverpool. Nadie gana ahí, sabes. Viaje solo, no tenía un duro y me ofrecían pelear por un título y por una bolsa de doce mil euros, ¡doce mil euros!, yo trabajaba como seguridad en una discoteca y ganaba 500 euros por mes, imagínate. Fui sin saber contra quien peleaba, necesitaba la plata para comer. Llegué el mismo día de la pelea, mi viejo había ido también desde Buenos Aires. Éramos nosotros dos nomás. Hamilton es un negro duro, tiene manos que pesan como plomo, el primer round me pegó mucho. Recuerdo una piña que me dejó sin aire y me rompió una costilla. Seguí peleando como pude. En el cuarto me tiró al piso, me levanté cuando el árbitro iba por la mitad del conteo. Le dije que podía seguir, afirmé con la cabeza y, en ese momento, lo vi a mi padre parado en la primera fila, mirándome. Si lo buscás en youtube se ve perfecto ese momento. Sentí vergüenza, sabes —Marcelo se frena, respira, aguanta el llanto—  vergüenza que mi padre me viera así, vergüenza por caer, eso sentí. Después de eso Hamilton no me tocó más, al final gané por puntos. Ese día estaba solo, las peleas que vinieron después tenía un equipo, un flor de equipo detrás, pero ese día estaba solo.

 

Hace ya dos años que Marcelo hace unipersonales de stand up en donde repasa sus veinte años como boxeador con humor. Empezó dando charlas motivacionales y se dio cuenta que la gente le prestaba atención cuando hablaba. A eso le sumó algo de humor y se animó al desafió de cambiar el ring por las tablas.

—En el escenario podes no conformar a la gente y eso puede ser doloroso, pero nadie te pega como en un ring.

 

Siguió hablando de otros proyectos que tenía en su cabeza. Se mostró muy entusiasmado por una película sobre su vida que estaba trabajando con un guionista famoso para una productora española. También dijo que quería promocionar boxeadores en el país. Después extendió una invitación a ver su show en la Avenida Corrientes y ofreció tomar otro café.

 

Salí hacia la calle, crucé la puerta de reja corrediza y cuando me di vuelta Marcelo seguía parado en la entrada, sonreía a lo lejos agitando su mano derecha mientras la puerta se cerraba. Me metí en el auto y vi como él inclinaba su cabeza para que se viera por el hueco final que dejaba la puerta antes de cerrarse y ya no lo vi más.

 

Fuente: Un grito en la calle