Nadie nada nunca

Mi abuelo tenía una técnica para escaparse de su laburo, un banco en el que trabajó más de 30 años dentro de relaciones institucionales. Lo que hacía era ir a trabajar con dos sacos y dos anteojos para dejar los de repuesto en su oficina. Dejaba los anteojos en el escritorio y el saco en su silla para que pareciera que volvía en un rato, pero se iba horas. Antes de salir se llevaba una carpetita con algunas hojas en blanco debajo de su brazo por si se cruzaba a alguien afuera y tenía que inventar una historia, algo que hacía con mucha facilidad. Mi viejo siempre me cuenta de un día que se lo llevó al trabajo siendo un nene de seis o siete años y Tata, mi abuelo, su viejo, digo, lo sacó al cine haciendo el ritual de los anteojos, el saco y la carpetita para ir a ver Canuto Cañete, conscripto del siete.

Esto es, esto fue, así: mi abuelo decía haber estudiado derecho, pero mi viejo también lo había escuchado decir que era médico, que era comisario, que era coronel. Profesiones como disfraces que usaba dependiendo la temática de la fiesta. Si en un barco alguien se desmayaba y un familiar gritaba: ¡un médico por favor!. Mi abuelo iba y daba indicaciones. La piernas para arriba, aflójale la camisa, ventílalo. Él era las historias que se inventaba. Dicen los que lo conocieron bien, Chicha, su mujer, mi abuela, digo, mi viejo y sus hermanas, que cuando mentía hacia un gesto que para la mayoría era imperceptible pero para ellos no. Lo llamaban “la lengüita” y consistía en cerrar los labios, metiéndolos para adentro y pasarse la lengua por el labio inferior, dejándola ver apenas, como si la lengua quisiera salirse y la boca no la dejara. Algunas veces acompañaba el gesto con los dedos rascándose la frente.

Tata murió cuando mi viejo tenía poco más de treinta años, que se acerca a mi edad ahora, y yo no llegaba a cinco. Cuando me quedo viendo fotos suyas espero a ver si vienen los recuerdos de golpe, pero no pasa. Igual me gusta vernos juntos en una foto porque es la prueba de que compartimos tiempo, un tiempo lejano pero tangible. Eso existió, ese gordito que está sonriendo en sus brazos soy yo, aunque no me acuerde. Digo en sus brazos porque así estoy en la foto que guardo. Estamos los tres: bien a la izquierda de la foto está mi viejo, padre treintañero, en el centro aparece Jorge, que ya era Tata y, sobre sus brazos, estoy yo con la sonrisa estirada y el pulgar para arriba. Los tres en cueros y el sol por encima, sin que la foto lo vea, pegándonos en el cuerpo.

Tengo en mi memoria una secuencia medio borrosa que se parece a un recuerdo: estoy en el departamento de Tata y Chicha. Veo un pasillo largo con cuadros con imágenes de la familia de los dos lados de las paredes. También veo muebles color marrón algo viejos. Camino por el pasillo siguiendo una voz que me llama. Camino como un astronauta en la luna porque tengo cuatro años. Doblo a la derecha, cruzo la puerta que da al cuarto de mis abuelos. Tata está acostado en la cama matrimonial. Me acerco al borde de la cama y él me levanta agarrándome fuerte debajo de los brazos como si fuera una bolsa de papas. Me hace cosquillas y yo no paro de reírme. Llamemos a Chicha, me dice como en secreto. Grita su nombre un par de veces: ¡Chicha, Chicha! Maria Elena, que con sus nietos se transformó en Chicha, entra a su cuarto. Tata desde la cama extiende su brazo y pone su dedo índice con forma de gancho. Tírame el dedo, dice. Chicha lo mira y después me mira a mí. Aun sabiendo lo que se venía, alarga su brazo y con su mano tira el dedo de Tata. Suena un tremendo pedo y yo soy todo risas. Chicha pone cara de enojada y, en el instante en que va a ensayar un reto, Tata la trae hacia la cama. Él le dice algo al oído que no logro escuchar y ella enseguida se pone a reír. Y de repente estamos los tres contagiados de risa. No sé si esto pasó o si fue un sueño que se inventó mi cabeza, a fin de cuentas, el recuerdo empieza como realidad y sigue como sueño. No importa. Elijo creer que fue así, que el único recuerdo que tengo con mis abuelos es ese: los tres tirados riéndonos de un pedo preciso.

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Cuando era pibe, y cuando escribo pibe me refiero a diecisiete años, intenté leer a Saer. Quise empezar por Nadie nada nunca. Bueno, no hagan esto en sus casas. Digo intenté porque nunca pasé de esas primeras páginas cargadas del bayo amarillo. Páginas que no avanzaban («No hay al principio nada. Nada»). Después, bastante después, estando afuera del país, llegué. Ya tenía veintilargos y había leído La pesquisaLa mayorEl entenadoCicatrices y Glosa–la novela total–. Estaba en su zona, podía volver a intentar. Por lo menos pasar esas primeras páginas que me seguían como un fantasma desde los confines de la adolescencia. Y lo hice y sentí la misma satisfacción que sentía en secundaria cuando finalmente lograba resolver un problema difícil de matemática.

Nadie nada nunca es una novela lenta, inmóvil, donde pareciera no pasar nada, se siente como si el narrador, desde el borde de la ventana, estuviese mirando el instante, el espacio, con una lupa enorme. La trama gira en torno a alguien que asesina caballos por la noche, a la orilla del río (¿El Gato?, la pregunta en realidad es: ¿importa?). La moraleja: se puede escribir sobre cualquier cosa; en Saer se aprecia que la vida no tiene sal ni sentido. «Quiero escribir un libro sobre nada, quiero escribir una novela que sea solo estilo», le escribió Flaubert hace mil años a Colet, y lo hizo, y también lo hizo Joyce, y Seinfeld con Larry David. Saer juega en ese equipo, y juega como Messi, solo que en lugar de una pelota controla el lenguaje. En sus novelas la trama importa menos que la perspectiva, el ángulo desde donde se mira. La percepción de la realidad no es la misma, no lo es para el Gato, ni para Elisa, ni para el Ladeado, ni para el bañero. Segunda moraleja: nadie mira nada igual, nunca.

La semana pasada lo volví a leer por la insistencia de un amigo que sufre saeritis, y también porque quería usar una escena de referencia para un taller que doy los jueves. La escena: un aplauso que se detiene con las manos suspendidas en el aire durante un lapso incalculable. Pero podría haber sido también otra escena, como esa de las primeras páginas que no avanzan en la que el Gato y el bayo amarillo se contemplan: «Nos miramos: él con la cabeza ligeramente alzada, ligeramente puesta de costado, el cuerpo ligeramente en tensión, yo ligeramente apoyado contra la tele áspera del sillón, los dedos de las manos ligeramente separados y las manos ligeramente elevadas, los codos apoyados en la madera del sillón, en el aire atravesado, o lleno más bien, del zumbido de un millón de mosquitos y del chirrido monótono de un millón de cigarras». ¡Qué hijo de puta! Ahora, si bien el narrador de la novela es un narrador pausado que se pone en el cuerpo de cada uno de los personajes para volver sobre un mismo momento, sobre hechos que se repiten, hay una parte central que narra justamente el caso policial, los caballos con el tiro en la sien y el cuerpo tajeado, que va a toda velocidad, como si fuera un corazón después de correr varias cuadras –pongámosle siete–. Saer descompone el tiempo, lo fragmenta, puede detenerlo como con el aplauso, claro, pero también puede acelerarlo, darle foward al máximo. Conclusión: Saer hacía –y lo seguirá haciendo mientras tenga lectores, mientras tenga legiones– lo que quería.

Retiro lo dicho. Arranquen por donde quieran, elijan su propia aventura. A Saer se lo puede leer en cualquier momento y se puede empezar por cualquier parte (cualquiera, todo, siempre), porque Saer es un eterno continuo, sus novelas son un continuo, se pueden leer sin seguir un orden, van para adelante y para atrás, como el remo del Ladeado que empuja la canoa penetrando en el agua color caramelo del río liso. Saer hacía llover, como escribió Gamerro, o mejor, Saer hacía la luz, como el sol, que ilumina las sombras de colores, cambiando, imperceptible, segundo a segundo.

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Hace un par de años vivía en Madrid y me costaba dormir –todavía me sigue costando–. Entonces mi estrategia para inducir al sueño era quedarme viendo en la compu entrevistas a autores que me fascinaban por Youtube. Buscaba entrevistas a Piglia, buscaba el programa del gallego en Encuentro con ese Borges infinito, el Cortázar detenido en el tiempo, ¡hasta le puse cuerpo a Rulfo! En fin, una noche busqué entrevistas a Saer, vi una en una mesa redonda donde hablaban de cine con Roa Bastos, Cortázar –está en todas partes–, y no me acuerdo quién más, pero me aburrí y la saqué. Puse otra en la que estaba Saer solo en el programa de Los siete locos, que, por su escenografía digna de sketch de Todo por dos pesos, parecía ser de fines de los noventa. Saer con panza y saco azul sentado en una silla bordó, aterciopelada, ligeramente recostado hacia la derecha, con el brazo derecho sobre el regazo, inmóvil, y la mano izquierda gesticulante. Saer con anteojos de marco grueso, Saer serio, intelectual, y, por momentos, canchero, como el Gran escritor de Casa con diez pinos de Fabián Casas. Vi el video de doce minutos fascinado y cuando terminó lo volví a poner. En un momento, mientras habla sobre su ida a París en 1968, Saer hace un gesto y enseguida puse pausa y volví para atrás. Otra vez: Saer ríe, levanta las cejas, cierra los labios y se le ve la lengua. Lo miro y me quedo absorto. El video sigue. Pasan dos minutos y veo que con los dedos de la mano izquierda se toca la frente, los deja uno, dos segundos ahí. Puse pausa. Lo miré y me di cuenta que era idéntico a mi abuelo. Fue como una iluminación, como si me lo hubieran soplado. Los ojos se me cargaron de lágrimas, pero las contuve ahí, dejé que el agua se acumulara debajo, como una represa. Enseguida busqué mi celular para fijarme la hora. Eran pasadas las tres de la mañana en Madrid, las once y pico en Buenos Aires. Entonces le escribí a mi viejo y le dije que estaba viendo una entrevista a Saer y que me había dado cuenta que era igual a Tata. Aparecía en línea. Lo leyó y enseguida escribió. A ver, pásame una foto. Saqué una foto a la pantalla con el celular pero se veía mal, difusa. ¡No se ve nada!, puso. Entonces me levanté a buscar un libro de Saer de la biblioteca y ahí, primero, estaba Nadie nada nunca. Le saqué una foto a la solapa y se la mandé al viejo. Se parece mucho, ¡especialmente con anteojos!, escribió. Desde chiquito que me repetía que estaba escribiendo una novela, me mostraba papeles y me contaba la historia de la novela. Seguramente a algunos les debe haber hecho creer que era escritor. Mientras leía el mensaje vi que seguía escribiendo. Ahora que pienso, quizá era, agregó.

 

Fuente: UOIEA! – Nadie nada nunca

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El jefe peronista

El domingo 15 de diciembre se cumplieron quince años desde que Luciana se fue de Tucumán a sus dieciocho porque no podía respirar. Primero se fue un tiempo a San Francisco en Córdoba y al año se vino para Buenos Aires. Pero no importa, la fecha de huida es una: 15 de diciembre del 2004. Para entonces yo terminaba la secundaria en mi colegio porteño acomodado y las probabilidades de cruzarnos eran mínimas.

Pasó un tiempo largo, pero nos cruzamos. Fue a mitad del 2015 en un taller de escritura creativa. Luciana al principio hablaba poco, pero se fue soltando y empezó a hablar cada vez más. En especial de música. Y todo lo que traía sonaba como una balada de rock. Pero no hablo de Bon Jovi, hablo de Zeppelin. Sus textos tenían esa cadencia, no solo hablaban sobre música, eran música. Me acuerdo de uno que tituló La pertenencia y hablaba de su infancia en Tucumán y la influencia de Manuel, su abuelo, un prestigio diputado de la provincia, que murió cuando ella tenía doce. En el texto contaba cómo los 17 de octubre se juntaba toda la familia a festejar como si fuera navidad, comían, brindaban, hablaban de política y hacían un sorteo en donde el ganador daba un discurso. También contaba que cuando ella tenía nueve años ganó el sorteo y dio el discurso sobre una silla que usó como atril. Había una imagen demoledora ahí. Era la de su abuelo llorando después de que Luciana terminara su discurso con los dedos en V y se pusiera a cantar la marcha peronista. Esa imagen del caudillo quebrado todavía me atraviesa. También me acuerdo de una frase del texto en la que el abuelo decía: «¿Qué hizo Dios por nosotros? No sabemos, ¿y Perón? Todo».

Hace unos meses fui a Tucumán y estuve en la casa donde vivió con sus abuelos, sus padres y no sé cuántas personas más. Todavía hoy se siente la presencia de su abuelo. Luciana volvió a hablarme de las historias que le contaba y de lo generoso que fue con ella y con la gente que le iba a tocar la puerta en busca de ayuda. En la pared de una escalera vi una foto de Manuel joven, morocho, fuerte, con una sonrisa vital. Cerca había una foto de Luciana a sus seis años, cachetona, negrita, posando con los brazos en jarra, como una modelo. Me contó que a esa edad Manuel le regaló una tarjetita que llevaba su nombre y una foto 4×4. Era una credencial del partido justicialista hecha a medida y venía con un mandato familiar: trabajar para el pueblo.

 

Ese domingo 15 almorzamos con mi viejo, mis dos hermanos y Luciana unos sándwiches de jamón y queso con la televisión enfrente. Mientras comíamos los sándwiches pusimos el especial que sacó Netflix sobre Springsteen. Creo que la palabra especial le calza perfecto. No es un documental. No es un recital. Es otra cosa. Hay un tipo en el escenario, sí, que canta y toca distintos instrumentos, pero lo hace de a ratos; el tipo, sobre todo, habla. Habla y lo hace usando la palabra justa, como si fuera un discípulo de Flaubert. Es increíble el poder de la palabra, las palabras bien usadas hipnotizan. Y Springsteen las sabe usar a la perfección, el tono, el énfasis, los silencios, todo funciona. El tipo te mete adentro de lo que cuenta, cuando canta y cuando habla, porque no solo es un músico dotado, también es un orador descomunal, un predicador al que se le cree todo, al que se necesita creerle todo. Creo que ahí está la clave: la potencia de lo que transmite.

El show, digámosle así, es en un teatro chico donde entran menos de mil personas. Parece un show familiar, íntimo, acorde a las historias personales que Springsteen narra. Porque acá no están solo las canciones, sus canciones, que retratan a Estados Unidos como lo hacen las novelas de Richard Ford (¿Hay alguna duda de que Springsteen con sus canciones desde principios de los setenta a hoy está escribiendo una, otra, gran novela norteamericana?). Acá también están las historias que construyen esas canciones, que las sostienen. Sobre todo la de su viejo ausente, alcohólico y depresivo, y la de su relación con New Jersey, el lugar del que se escapó, pero siempre vuelve.

Springsteen habla y parece un abuelo, un abuelo enfierrado, superpoderoso, con una biaba indisimulable, pero abuelo al fin. Habla, entonces, desde la experiencia del abuelo que quiere compartir su vida, que se acuerda de su infancia como si hubiese sido ayer y no hace casi setenta años, que quiere aconsejar para que sus nietos, nosotros, aprendamos lo que él aprendió. Así, su voz rasposa funciona como un tranquilizante.

En un momento del especial, cerca del final, Springsteen se emociona al hablar de su viejo. Dice que cuando su mujer estaba a punto de parir a su primer hijo su viejo viajó 800 km y le cayó de sorpresa en su casa. Era por la mañana y el viejo apareció con unas cervezas para tomar. Se sentaron en la mesa de la cocina, y su viejo, que no era muy comunicativo, le dijo que él había sido muy bueno con ellos. Y yo no fui muy bueno con vos, le dijo. Springsteen mira al horizonte, deja pasar un segundo y vuelve a hablar. Tiene los ojos cargados y su voz estentórea empieza a resquebrajarse. Enseguida suelta una teoría sobre la paternidad. Los padres somos fantasmas o somos ancestros en las vidas de nuestros hijos, dice. O los cargamos de nuestros errores y los atormentamos, o los asistimos y los liberamos de nuestro comportamiento defectuoso ayudándolos a que encuentren su propio camino, agrega. Mira para abajo. Piensa. Respira hondo. Mi viejo ese día, después haber sido un fantasma por mucho, mucho tiempo, me estaba pidiendo un papel ancestral en mi vida, dice, y guarda una mano en el bolsillo de su jean. Al ratito se seca el ojo con la palma. Se calla y se escucha su respiración conteniendo el llanto, trabándolo en la garganta. Niega con la cabeza y dice que lo que su viejo quería era que escribiera un nuevo fin a su relación y que él estuviera listo para el nuevo comienzo que estaba a punto de experimentar. Después se toca la nariz, se rasca la frente y se seca el ojo derecho. Deja la mano tapándole la boca, como si estuviera a punto de toser. Vuelve a tocarse la nariz con el pulgar, ahora lo hace cuatro, cinco veces, mirando a ninguna parte. Fue el mejor momento de mi vida con mi viejo y eso era todo lo que necesitaba, dice. Automáticamente mira para el costado, como si quisiera esquivar la mirada del público, y se acomoda la armónica en la boca. Respira, vuelve a mirar al frente, arquea la ceja y empieza a rasguear la guitarra y, como si su canto fuera un rezo, se transforma y hace una versión demoledora de Long time coming. «Quiere el sentido común que todo fin sea también un principio», escribe Aira en El llanto, una, otra, de sus novelitas geniales. Tiene razón.

No sé bien cómo ni por qué, esas cosas no se saben, el llanto de Springsteen me llevó al del abuelo de Luciana. Pero pienso que el llanto y la música tienen algo en común: son sanadores, alivian. Supongo que ahí debe estar la conexión.

 

Al principio del especial Springsteen hace una introducción a My hometown y mientras habla la miró a Luciana. Acá cuenta cuando se fue de Tucumán, le digo en voz baja. Luciana se ríe. Enseguida viene un primer plano de Springsteen: la cara cuadrada, la pera hacia afuera, las arrugas en los ojos, la frente ancha. Está parecido a Perón, digo en voz alta. Luciana me mira cómplice. Ahora los que se ríen son mis hermanos y mi viejo. Es el jefe peronista, dice ella.

 

Fuente: ¡UOIEA! – El jefe peronista

La debacle de Nizhny Novgorod

En las novelas rusas no hay finales felices. Piensen: Tolstoi, Dostoievsky, Nabokov, Grossman, Turguénev, metamos a los cuentos de Chéjov también. Ahora asociemos ese equipo ruso que sale de memoria con la novela mundialista argentina, una novela donde todo lo que podía salir mal, salió peor. Messi sería el protagonista, un conde que quiere, pero no puede. ¿Por qué no puede? Porque la voluntad no gana partidos, no hay milagros: la realidad pega tan fuerte como el vodka puro. Así emerge entonces otra tragedia rusa, esta vez con protagonistas argentinos, que, esto está claro, no puede terminar bien. No se puede ganar en Rusia.

Salen los equipos a la cancha en Nizhny Novgorod. El estadio está repleto de argentinos que cantan, las tribunas celestes y blancas, Maradona desde un palco hace flamear la camiseta número diez que lleva el nombre de Messi. ¡Zeus alienta a su hijo! ¿Qué puede salir mal? Suena el himno argentino y, por dos segundos, Messi se tapa la cara como anticipándose al final, no quiere ver. Inclina la cabeza hacia abajo. La tele lo enfoca y todos vemos al semidios abatido, demasiado humano. Pero no queremos ver.

Empieza el partido. En un costado está Sampaoli vestido de recién divorciado. La tele lo muestra y empiezan los insultos. Los argentinos aman odiar a Sampaoli, necesitan odiarlo, como los mexicanos necesitan odiar a Luis Rey. Y ahí está el pelado cumpliendo su rol. El relator cuenta que Sampaoli dirigió 13 partidos oficiales de la selección argentina y siempre tuvo una formación distinta. 13 veces. 13 razones para entender.

Pasa el primer tiempo. Los croatas tuvieron las más claras, pero todavía hay esperanza. Enzo Pérezpudo haber hecho un gol, algunos incluso lo gritaron. También es verdad que Caballero la tocó más con los pies que Messi. Eso debería haber sido un presagio.

Vuelven a la cancha. Pasan diez minutos y en una jugada intrascendente Mercado se la pasa fácil a Caballero, este la quiere picar y se la deja al delantero croata para que haga el gol de volea. Tragedia. Quedan más de treinta minutos pero los jugadores argentinos se derrumban anímicamente. Messi casi hace un gol tras un tiro de Meza. No entra. Nunca entra.

Pasan los minutos. Sampaoli se altera, corre, grita. Un croata no le pasa la pelota y se enfurece. Cagón, puto, le grita. Adentro los jugadores están rotos y desordenados. Cuando la catástrofe ya es irremontable, muchos piden a Pavón, otros a Dybala, a Lo Celso, uno en tuiter pone: “¡que entre un psicólogo, por favor!”.

Van treinta minutos, un poco más también, Modric lleva la pelota al pie y encara. Se acerca al arco, Otamendi lo espera y Modric apunta y dispara. Gol. En el Madrid este gol ya lo hizo mil veces, pero nosotros lo dejamos tirar. Y no falla. Él no falla. La clava al lado del palo. Messi camina al círculo central, mira el suelo nuevamente. “Qué vergüenza estar encadenado y que mis enemigos me vean así”, decía Prometeo. Messi es Prometeo. También es Sísifo y los mundiales son esa piedra insoportable que carga cada cuatro años una y otra vez y otra vez.

Todavía queda el suplicio de los minutos finales. Tiempo de descuento. Contraataque croata que huele sangre y muerde sin piedad. Corre Rakitic. Messi lo persigue desde atrás, el croata patea y Caballero da rebote. La jugada se ensucia. Parece que el tiempo se detiene. Mascherano se queda quieto y levanta la mano. Pero el juego sigue, Kovacic agarra el rebote, se la da a Rakitic y este la empuja despacio a la red. Fatality. Algún escritor ruso ya debe estar planificando la novela.

“No importa perder con una buena excusa. Pero ganar, resulta a veces como una carga, pesa mucho”, le dice Gordon a Eddie Felson en El Buscavidas. Y es como si le hablara al Messi de la selección. Messi como Paul Newman, porque así como están las novelas rusas, también están las películas yanquis. Y todos vimos como Rocky ganó en Rusia.

Este viernes Nigeria le ganó a Islandia, hubo milagro, ahora toca ganar la última fecha para pasar. Messi ya es el Jordan de los Bulls en Barcelona, le queda ser el Jordan de Space Jam en Argentina. Quizá haga falta alguien que aparezca como Bill Murray y le diga que él puede hacer lo que quiere y él se lo crea y la tragedia rusa se convierta en una épica yanqui. ¿Por qué no?

Fuente: La Orquesta – La debacle de Nizhny Novgorod

En busca del tiempo perdido. Reseña de Un día en la vida para Ámbito Cultural.

«Todas las cosas que nos han sucedido son de una riqueza inagotable: todo retorno a ella las aumenta y las ensancha, las dota de relaciones y las profundiza», escribe Cesare Pavese en El oficio de vivir. Resulta difícil no asociar la frase a los cuadernos de Ricardo Piglia, quien leía los diarios de sus maestros, desde el poeta italiano a Kafka, como guías de viaje. Piglia decía que la unidad –y la experiencia– es siempre retrospectiva, una revelación tardía. Repensar el pasado da un significado al tiempo.

Con Un día en la vida (Anagrama, 2017) se cierran Los diarios de Emilio Renzi, y junto con los otros dos tomos (Años de formación Los años felices) el escritor da unidad a una obra maestra. Los tres tomos concebidos como un todo no solo constituyen un documento histórico o el testimonio de una época, sino que forman una novela inmensa. Para él, transcribir sus diarios sería como escribir su propia versión de En busca del tiempo perdido, usar el género y su verdad (el material vivido) para escribir un clásico. Misión cumplida.

Este último tomo se divide en tres partes. Una primera titulada Los años de la peste, que hace alusión al período que va de 1976 a 1982, los años de la última dictadura argentina. Esta primera parte es la única del tomo en la que los diarios aparecen fechados. Es el período en el que Renzi (su famoso álter ego) vive como testigo de la historia, sufriendo sus efectos pero escribiendo. «La narración alivia la pesadilla de la historia», dirá. La segunda parte se titula como el libro y es un relato precioso que confunde los años con los días, un día entero en la vida de Renzi que encierra en sus horas varios tiempos. La tercera y última parte se titula Días sin fecha y vuelve al registro diario de la primera parte pero con entradas sin fechar, con saltos de tiempo hasta llegar a la enfermedad que lo consume y le impide seguir escribiendo.

Un día en la vida se centra en un período de trabajo prolífico: abarca las novelas centrales (Respiración artificialLa ciudad ausentePlata quemada), la creación de la revista Punto de Vista, los ensayos y artículos literarios que preparaba con cuidado especial y la estadía en Princeton (de donde surgirían Blanco NocturnoEl camino de Ida).

Al publicar sus diarios, Piglia funciona como un editor, como Arocena en Respiración artificial, el censor que lee de más, que interpreta en exceso. Tenemos que ver entonces al narrador como un editor, alguien que transcribe, que pasa a limpio, que corta y pega. Esto es importante para entender lo que muestra y lo que no, lo que dice y lo que omite. En este sentido, lo ausente (viajes, personas, premios o controversias) se hace presente, lo que no se dice pero se sabe. Hay una descripción elíptica, el silencio funciona como enigma a ser interpretado por el lector.

Por otro lado, lo que aparece en su diario es la vida misma (la parte que él decide que aparezca) con sus caóticas series de repeticiones discontinuas (de los bares, las lecturas, la política, el dinero, la frustración, los amores, etcétera). Estas series no siguen un orden predeterminado; sin embargo, hay una continuidad en la repetición. Vuelve siempre sobre lo mismo, sus obsesiones, pero en otro registro.

«Estoy convencido que si no hubiera escrito los diarios jamás habría escrito otra cosa», le dice Piglia a Di Tella en 327 cuadernos, el documental hermoso que este último hace sobre el proceso de escritura de los diarios del argentino. Esa frase cobra sentido cuando se leen los diarios, sus anotaciones dotan de relaciones a su obra, la profundizan, parafraseando a Pavese. Es como si Piglia hubiera preparado toda su obra para que sea justificada con la publicación de los diarios. En ellos está la base de todo lo que escribió. En su última publicación gravitacional tenemos una comprensión completa del resto de su obra, en sus diarios se ve el germen y la composición de sus libros. Lo increíble es que esto solo puede hacerlo alguien que mientras vivía ya andaba tendiendo hilos constructivos sobre su experiencia, ya desarrollaba una incubación creadora del material vivido. Ese era Piglia, un extraterrestre de las letras.

«El diario que escribo es un laboratorio de literatura potencial», escribe. Basta leerlos para dar fe: con los diarios, Piglia hace un laboratorio de su propia vida, hace ver la literatura en la vida y no al revés. Le interesaba la construcción literaria de la vida de un artista y a eso es a lo que se dedica en sus cuadernos: nos muestra cómo se construye como escritor, la mano hecha a base de experimentos, ahí aparece el tono y el estilo que lo acompañarán siempre. De esas reflexiones de los modos de hacer y leer literatura, de aquellas citas, experiencias o ficciones breves, surge ese estilo característico que decide la forma en que sus historias se mueven y fluyen.

«De un modo, leer e interpretar a Piglia es plagiar a Piglia como lector», escribe con lucidez Jorge Carrión. Y da en el clavo. Así como hay escritores que crean un modo o una fórmula de escritura, hay otros –pocos, como Piglia– que crean un modo de lectura. Leer a Piglia es, de alguna forma, aprender a leer de nuevo, a su manera. Esta apropiación de Piglia como lector de la que habla Carrión es la enseñanza que nos deja el maestro, que repetía que en el lenguaje no hay propiedad privada. A fin de cuentas, los lectores somos como los alumnos de sus grupos de lectura y él nos enseña a leer, digamos así.

«Cuando decimos que no podemos dejar de leer una novela es porque queremos seguir escuchando la voz que narra», escribe Piglia hacia el final de los diarios, y es algo que sentimos como lectores, no lo queremos dejar, queremos seguir escuchando esa voz, que el eco de sus palabras no se acabe nunca. Podemos sospechar que así será, que su voz se va a seguir escuchando. Calvino dijo que un clásico es un libro que nunca deja de contar lo que tiene que contar. Esa es la sensación que nos dejan Los diarios de Emilio Renzi en su conjunto. Pareciera que nunca nos dejarán de hablar, que nunca terminan.

 

Fuente: Reseña – Ámbito Cultural

Ganador Concurso Historias con Orgullo

Cómo salirse del encanto, de Manuel Álvarez, ha ganado el concurso de historias con orgullo, dotado con 2.000 euros y patrocinado por IberdrolaInvertido, de Marta Querol, ha quedado finalista del concurso y recibirá un premio de 1.000 euros.  Este concurso ha coincidido con la celebración del WorldPride Madrid 2017, la gran fiesta mundial del Orgullo LGTB. El jurado, que ha valorado la calidad literaria y la originalidad de las #historiasconorgullo presentadas, lo han formado los escritores Luisgé Martín, Oscar Esquivias, Juan Gómez-Jurado, Lara Siscar y Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez.

Fuente: Zenda

Adiós a las armas

La semana anterior a que Piglia muriera se publicó un librito suyo que se llama Escritores norteamericanos en donde Ricardo hace un perfil cortito, como si fuera una entrada de Facebook, de esos escritores yanquis que tanto le gustaban. El libro de tapa roja tiene el tamaño de una agenda, sin pretensiones, casi como su autor que escribía por el placer de la escritura. En sus diarios Piglia cuenta que mientras los escritores de su generación leían e imitaban a Borges y a Cortázar, él se la pasaba leyendo a los escritores yanquis para sentirse diferente (cómo si hiciera falta).

Una de las entradas de este libro casi póstumo cuenta la historia del camillero norteamericano que en Italia, en la primera guerra mundial, recibió una lluvia de acero cuando un proyectil le estalló en la cara. Ese proyectil no solo le dejó una cicatriz enorme por los 237 fragmentos de acero en la pierna, sino que mató a los tres soldados italianos que estaban con él. Ese camillero norteamericano era Hemingway, tenía 19 años y acaba de descubrir su código de escritura: tenía que vivir para escribir. Yo morí esa tarde, y ahí descubrí que solo se puede morir una vez, y el que muere este año está libre de morir el siguiente, dijo Ernest. Para Piglia, que lo consideraba el mejor cuentista del siglo pasado, los hombres de Hemingway son lo que hacen. Son lo que hacen, no lo que dicen. Sus descripciones son las que hablan, como en ese cuentazo que es El río de los dos corazones. Sus hombres son hombres de acción, cómo él, que fue a la guerra, luchó en España, cazó en África y pescó en Cuba para escribir, que tuvo una vida hecha por y para su literatura.

De ese proyectil en Italia salió Adiós a las armas. Hay que ser cuidadoso, lo mejor es un balazo en la boca, un balazo en la boca es infalibe, había dicho Ernest poco después de su accidente. El balazo se lo pegó varios años después y parece un final escrito con vida a cuestas. Escrito por él para sus personajes, desde el camillero norteamericano hasta el gordo borracho y barbudo.

 

Una de las primeras actividades que hicimos cuando Markuza llegó en enero a Madrid fue ir a ver el documental que Di Tella hace de Piglia. Resulta que en el Matadero le hacían un homenaje y pasaron 327 cuadernos (ahora me doy cuenta que si invertimos los primeros números esos 327 cuadernos pueden ser 237 fragmentos, ya no sé). Markuza me acompañó y le encantó el documental. Me acuerdo que volvimos caminando por la noche madrileña, que esa noche entre alegre y nostálgica parecía una canción de Los Rodriguez, charlando sobre el documental. A los dos nos impresionaba la fuerza de Piglia que escribió hasta el último respiro y que nunca perdió el humor. Hablamos de una escena del final donde la cámara lo filma sentado en la silla de su escritorio y Piglia le pregunta al director si sale su mano ya inmóvil. Se lo ve grande y frágil. Una voz le dice que se quede tranquilo que no sale. Es un segundo, pero sale.

También hablamos de la parte en que Piglia busca entre sus cuadernos y encuentra una foto suya, muy sonriente, de pibito. Se da vuelta, mira a cámara y dice: uno cuando es joven no sabe lo que le espera.

 

Ahora que Markuza se vuelve a Argentina, lo primero que me vino a la cabeza fue un viernes del todavía invierno madrileño en el que me invitó a cenar a su casa. Es raro que sea el primer recuerdo porque nos juntamos mil veces en mi piso a tomar mate, a leer, para salir o para ver a San Lorenzo en horarios insólitos, mientras que a su casa fui una sola vez. En fin, yo venía de unos días sin salir del piso y supongo que me dijo que vaya a cenar porque me veía demasiado encerrado. No lo sé. La cuestión es que hizo unas hamburguesas completas que estaban buenísimas. Las comimos con unas cervezas que tenía bien frías y desde que llegué puso entero el disco de Artaud. Me dijo categórico que era el mejor disco del rock nacional. Y hablamos del Flaco y el rock nacional y San Lorenzo durante toda la comida. Todas nuestras conversaciones terminan en San Lorenzo. Es así. Había una película de Darín, no me acuerdo cuál, donde decía que las charlas sin importancia en lugares sin importancia son las más importantes. Hornby en Alta Fidelidad escribe: los libros, los discos, las películas, esas cosas importan. Ya que estamos agreguemos al fútbol. Y claro que importan.

 

Hará dos meses a Markuza lo operaron de apendicitis. Estuve este semestre casi todos los días con él, pero ese día no estaba en Madrid. Me enteré por unos amigos que me avisaron apenas supieron que lo operaban. Estaba a seis horas de distancia entonces volví a toda velocidad en el auto. Llegué antes de las doce de la noche. Crucé el hospital de monjas lo más rápido que pude. Cuando entré a la habitación del hospital lo vi acostado en la cama, recién operado. Creo que ver débil a un ser querido te debilita, la imagen entra por los ojos en un segundo y es como si de golpe te bajaran las defensas. Markuza me devolvió la mirada y me tranquilizó como si yo fuera el operado.

—Sos un boludo, no tendrías que haber venido —dijo.

Le hice algún chiste y él, echado y dolorido, me dijo que no se podía reír. Yo sabía que era una operación menor, pero él es hermano menor e igual me asusté. Verlo bien, dolorido, pero bien, me tranquilizó. Esa noche dormí en la cama de al lado, y la siguiente también y después salió y siguió.

La operación le dejó una cicatriz bastante grande debajo de la panza que en los primeros días se veía fea, muy abierta. Estuvo así un par de días hasta que una amiga se la coció. A las dos semanas de la operación estaba viajando solo por todas partes, caminando y cargando la mochila. Antes de irse me pidió un par de libros para leer durante el viaje, le presté el último de Mairal y uno de Hemingway que creía que le iba a gustar.

Durante su viaje varias veces cruzamos mensajes por whatsapp, generalmente hablamos del presente de San Lorenzo, o de algún disco que había escuchado, o una serie, toda esa mezcla. En uno de esos intercambios, ya al final de su viaje, le pregunté si había terminado de leer Adiós a las armas.

—Manucho lo terminé. No quería terminarlo. Es de lo mejor que leí. ¡Qué gordo borracho hermoso! —escribió.

 

Fuente: Revista Antídoto

Inventamos otra realidad

Por lo general los veinticinco de diciembre los pasamos en casa. Escribo casa, pero me refiero al lugar donde Mariana es la vieja y Manuel es el viejo, siempre con el artículo que antecede el nombre propio cuando se los nombra. A los dos le gusta que festejemos todos juntos, la familia unida, que estemos unidos, es eso. Entonces cuando llega la época navideña la familia sabe de antemano que se festeja en lo de Mariana. Escribo familia y me refiero al lado materno: tíos, primos, hijos de primos y así, digamos que la sangre hace de entrada al boliche. Esto es así hace un buen tiempo, pero no fue siempre así. La gran mayoría fueron en Godoy Cruz o en Pilar, pero hubo algunas veces, muy pocas, que no festejamos en casa. Me acuerdo de una navidad en especial que festejamos en Nuñez, en lo de la hermana del viejo, es decir, lado paterno. Yo tendría unos siete u ocho años, un enano con el pelo rapado y la sonrisa estirada. Había una mesa enorme tapada con mantel blanco y llena de comida fría. Éramos un buen número porque la familia es numerosa de un lado y del otro. Todos estaban contentos o, por lo menos, se mostraban contentos. Quizá era el alcohol o el hecho de que la navidad es un paréntesis a la cotidianidad, las horas para festejar, supongo. Yo venía medio angustiado porque sospechaba que mis viejos me habían mentido con el tema de Papa Noel y toda esa gilada. En realidad la sospecha vino porque unos días antes escuché como el Pelado se burlaba de Lucas porque todavía creía en el gordo barbudo que se viste de rojo y trae regalos. En ese momento yo asentí a las palabras del Pelado como si dijera una obviedad, el “son tus viejos, boludo” fue un puñal, un puñal que no iba dirigido a mí, pero que había entrado de lleno en mi pecho paloma. Estaba afuera en el jardín de Nuñez tomando coca en un vaso de plástico cuando se me acercó el viejo y lo encaré. Le dije que ya sabía que Papa Noel no existía, que no hacía falta que siga actuando. Me explicó, como imagino hacen todos los padres en algún momento, que Papa Noel es una figura que representa a todos los padres o algo así. Y me pidió que no le dijera nada a Mateo, mi hermano. Cerca de las doce se escucharon los primeros petardos y los grandes empezaron a decir que venía Papa Noel con los regalos. Yo estaba con Mateo que tenía los ojos bien abiertos, fascinado con lo que estaba pasando, con lo que estaba por pasar. “Ya viene, ya viene” le dije golpeándole el hombro. Nos llevaron al jardín y desde el balcón apareció Papa Noel con la misma voz grave del viejo. Nos nombró a todos los menores, un detalle para cada uno y jo, jo, jo. Apenas terminó mi tía gritó para que vayamos al living a ver si estaban los regalos. Lo agarré del brazo a Mateo para que vayamos corriendo a la puerta de entrada. Le dije que lo podíamos ver a Papa Noel de cerca antes de que se vaya. Esto fue lo que pasó: corrimos hasta la reja verde que da a la calle Iberá y, efectivamente, ahí estaba Papa Noel, del otro lado de la reja, de espaldas. Los dos nos quedamos en silencio, era él. Se dio vuelta, nos vio y sin decir nada nos guiñó el ojo y con el dedo índice y el del medio juntos nos saludó como hace Jerry Maguire para despedirse. Lo vimos irse para la esquina, a donde están las vías de tren. Se subió al trineo, hizo un movimiento con las manos en las cuerdas atadas a los renos y lo vimos irse volando por sobre las vías. Mateo no se acuerda, pero eso fue lo que pasó.

Hay una escena de Love & Mercy, la película sobre la vida de Brian Wilson, que es hermosa. Lo muestra a él cuándo está en el estudio craneando Pet Sounds, va todo rápido, primero lo ves a Brian sobre el piano con la cubierta abierta, agarra un clip y empieza a tocar las cuerdas para que suenen los acordes del comienzo de You still believe in me como sonaban en su cabeza, después lo muestran diciéndole a un instrumentista como tiene que sonar el timbre de una bicicleta y automáticamente aparece cual maestro de orquesta guiando el ladrido de unos perros para el final de Caroline, No. El tipo crea lo que había imaginado antes, en la imaginación empieza la creación.

Creo que es Henry Miller en Sexus el que dice que la imaginación es la voz del atrevimiento. No se me ocurre mejor definición. Cuando imaginamos estamos inventando una realidad, es otra realidad, la que está en nuestra cabeza. Y sí: esa es la que vale. Somos Molina contándole películas a Arregui en El beso de la mujer araña para escaparse de la cárcel por unos minutos. Somos lectores queriendo vivir en una novela, somos lectores que leen para vivir lo que leen, ¡somos Madame Bovary!

Hagamos como hacia Borges con los escritores que admiraba, robémosle a Borges, digamos que la imaginación es un sueño dirigido, como la literatura.

Fuente: Revista Antídoto