El departamento de al lado

Durante el año pasado vivimos con Luciana en la calle Larrea, entre la avenida Santa Fe y Marcelo T., una calle oscura, fea, a dos cuadras del edificio de la facultad de medicina que hace que todo a su alrededor se sienta como en ciudad gótica.

Vivimos en un edificio antiguo, de fachada amarillenta, deteriorada, con aspecto municipal. Nuestro departamento estaba en el sexto piso, letra D. Un departamento de dos ambientes, 40m2, luminoso, con un mini balcón contrafrente que se llenaba de palomas, una mini biblioteca y un escritorio para escribir contra la pared blanca, lo que necesitábamos. El departamento era, como esos canguros bebés, mucho más lindo que el edificio que lo cubría.

El arte de caminar es que uno está condenado a mirar”

Algo que me gustaba de Larrea era justamente que podía caminar las veinte cuadras que me separaban del trabajo. Salía por Marcelo T. de Alvear, caminaba hasta Callao y de ahí subía a Lavalle, haciendo una L. Me encantaba caminar en la mañana y que el viento me pegara en la cara, me despertara. A la vuelta volvía por adentro, por Rodriguez Peña, atravesaba despacio la plaza enfrente del palacio Pizzurno, un palacio de estilo francés, de fachada de mármol blanco y techo de tejas oscuras, majestuoso, y veía a los pibes jugando a la pelota en las canchitas de futbol tenis, los viejos sentados en los bancos y los grupos tomando mate en el pasto. El arte de caminar es que uno está condenado a mirar. Después cruzaba Callao y ya retomaba, otra vez, Marcelo T. Así el año entero.

Antes de mudarnos, a principios de enero, el dueño nos había dicho que de los tres departamentos del piso el que más se movía era el de enfrente al nuestro porque ahí tenía su consultorio un psicólogo de animales, pero que a las ocho se iba, por lo que no íbamos a tener mucho ruido. Quizá se crucen alguna cabra a la mañana, pero eso es lo único, dijo, y nos reímos. Después agregó que en el edificio pegado al de Dr. Dolittle vivía una pareja que no salía del departamento, que para él eran como fantasmas. ¿Y en el C?, preguntó Luciana. Ahí no vive nadie, respondió. Y nos contó que al departamento de al lado por lo general lo usaban de Airbnb. Eso dijo. Pero a la semana de mudarnos llegó una familia al departamento de al lado.

La primera vez que los cruzamos fue en el hall del piso, esperando el ascensor. Sentimos un ruido de puerta y del C vimos salir un padre y una madre de menos de cuarenta y dos chicas de unos ocho y cinco años que se gritaban entre sí. El padre tenía la piel tostada, era de mediana estatura, de espalda maciza y cara de boxeador; la madre era blanca, de pelo bien oscuro y pechos artificiales; las chicas, de piel morena y rasgos firmes, se parecían más al padre. Nos acercamos a saludar, le dimos la bienvenida, el cruce cordial, formal, de vecinos, digamos, y les ofrecimos que se subieran al ascensor, pero dijeron que no había problema, que bajáramos nosotros, que ellos esperaban. ¿De dónde es la tonada? ¿Venezolanos, no?, preguntó Luciana en el ascensor.

A los pocos días vimos otra pareja, de edad similar, con las mismas chicas, saliendo del departamento. Supusimos que eran los tíos que estaban de visita, pero pasó el tiempo y los seguimos viendo entrar y salir del departamento, solos, con las chicas, con los padres, todos juntos. Era claro que no estaban de visita, vivían los seis en un dos ambientes igual que el nuestro o a lo sumo un poco más grande. ¿Cómo hacían?

Freno. Pienso ―y esto gracias a Camus―que los vecinos son siempre extranjeros. Digo, por más que habiten un país limítrofe, dentro de sus cuatro paredes no dejan de ser extranjeros, ahí adentro hablan otro idioma, son extraños a nosotros, como Salamano y el perro sarnoso para Meursault”

Me acuerdo que una de esas primeras semanas de enero, a la mañana, bajé junto con la pareja de venezolanos en el ascensor y cuando había hecho un par de cuadras con auriculares camino al trabajo me di cuenta que en la vereda de enfrente, a mi altura, iban los dos caminando. Después me iba a enterar que por la mañana él trabajaba a una cuadra de donde trabajaba yo, y nos cruzaríamos varias veces más, pero esa primera vez lo vi como algo irreal. Hicimos siete cuadras caminando en la misma dirección, mirándonos de reojo. Las conté: siete cuadras, como en Glosa, solo que acá, a diferencia de Leto y el Matemático, entre mis vecinos y yo nos separaba una calle. Creo que esa distancia nos protegía de la misma manera. En un momento los miré y nos saludamos con la palma y la cabeza y giré por Lavalle y los dejé de ver.

Freno. Pienso ―y esto gracias a Camus― que los vecinos son siempre extranjeros. Digo, por más que habiten un país limítrofe, dentro de sus cuatro paredes no dejan de ser extranjeros, ahí adentro hablan otro idioma, son extraños a nosotros, como Salamano y el perro sarnoso para Meursault. Y, por otro lado, a los vecinos no los elegimos. Como dice Chesterton: «Hacemos a nuestros amigos, hacemos a nuestros enemigos, pero Dios hace a nuestros vecinos». Sigo.

El principal problema que tuvimos con los vecinos fue el ruido. Aún con la pared separadora desde nuestro departamento escuchábamos cada cosa que se decían, o peor, la música que escuchaban a todo volumen: bachata o reggaetón. A la música la amortiguábamos con más música de nuestro lado, Pappo a fondo, pero igual era insufrible. Más de una vez por semana se juntaban con gente y festejaban vaya a saber qué.

Voy a tener que hablar con ellos, van a tener que adaptarse acá, dijo, y sonó como un comisario”

No había pasado un mes que una tarde, volviendo del trabajo, me frenó Laura, la encargada del edificio, una señora entrada en sus cincuenta, bajita, con rulos tipo Valderrama, que caminaba rengueando. Disculpame, nene, ¿te puedo hacer una pregunta? Asentí con la cabeza y la boca y lo soltó. ¿A ustedes le pasa lo mismo con los nuevos?, preguntó. No llegué a responder que ella ya había hablado. Los tengo justo arriba, no me dejan dormir, ¿por qué gritan tanto? Le respondí con una sonrisa irónica, y le dije que no lo sabía, pero que sí, que hablaban un poco fuerte. Voy a tener que hablar con ellos, van a tener que adaptarse acá, dijo, y sonó como un comisario.

No sé si Laura habló con ellos, pero la realidad es que siguieron haciendo ruido. Un miércoles a la noche del mes de febrero era tanto el ruido que Luciana se levantó de la cama para ir a putearlos. Sería la una de la mañana. Les tocó la puerta para pedirles que bajen la voz, que al otro día teníamos que trabajar. Enseguida vino a la cama. ¿Y?, pregunté. Ya está, respondió, y se durmió. Sin embargo a la semana siguiente pasó lo mismo, solo que fue un martes y esta vez me tocó a mí y usé un método distinto al de Luciana. Caminé hasta el living y con el borde del puño cerrado golpeé la pared dos veces con toda mi fuerza, lo que sonó como un doble gong, imposible de no escuchar. Me dolió mucho, la zona se puso roja y sentí la mano temblar, pero estuve satisfecho con el silencio que le siguió como efecto inmediato.

A partir de marzo el problema fue otro. El ruido nocturno bajó considerablemente, pero, a cambio, empezó el ruido matinal. Todos los días, religiosamente, Camila, la más chica de las hijas de los vecinos, lloraba a las ocho y cuarto de la mañana, ni un minuto más, ni un minuto menos, y repetía que no quería ir a la escuela. Era un relojito, una alarma. Su llanto era un llanto desconsolado, de telenovela, que, por estar su cuarto justo pegado al nuestro, se escuchaba con total nitidez. Y siempre le seguían las palabras de su madre y de su hermana: Camila, deja de llorar. Así aprendimos su nombre.

Algunas mañanas me la cruzaba a Camila, enana, de uniforme de remera blanca y pollera verde, con una mochila rosa con una imagen de Barbie y cara de enojada. La saludaba con la mano pero ella no me miraba, miraba para abajo. Odia la escuela, me dijo una vez la madre. Yo también la odiaba, respondí con una sonrisa.

Camila pasó a ser un tema para nosotros. Porque no es solo que lloraba todas las mañanas, también lo hacía algunas tardes. ¿Cómo es posible que llore todo el tiempo?, preguntaba Luciana. Es una nena, ¿qué vamos a hacer?, solía responderle. ¿Pero por qué la madre no la calla? No puede ser, decía ella en voz alta, como para que se escuche desde el otro lado de la pared. Nos inventamos teorías que pudieran responder el misterio y la que más no cerraba era que la mujer que creíamos que era su madre no lo fuera, porque el llanto era siempre cuando no estaba el padre, que se iba bien temprano y llegaba tarde. Entrado el año, cuando ese llanto constante y orgulloso ya era un sonido ambiente en nuestro departamento, le dije a Luciana que en algún momento tenía que dejar de llorar. ¿Cuándo?, preguntó. No sé, en algún momento, respondí.  

Otra cosa que hacían seguido, en especial los fines de semana, era hablar con la abuela por lo que creemos era Skype. Abuelaaaaa, gritaban siempre las nietas. La emoción traspasaba la pared. Los padres también hablaban, nosotros desde la cama escuchábamos que le preguntaban por Caracas y cosas del estilo, pero rápidamente poníamos una serie o música para evitar escuchar la conversación ajena.

Uno nunca termina de conocer a su vecino, pienso. No se puede creer, dijo ella. La verdad que no, respondí”

Un jueves de julio, me acuerdo porque hacía muchísimo frío en la calle, volvíamos con Luciana de cenar después del taller a eso de las once y media de la noche y en la entrada del edificio nos cruzamos con el vecino que estaba atando su bici a un poste. Tenía una campera inflable de un naranja eléctrico, que se veía desde lejos, y en su mano una especie de mochila cuadrada, de esas de repartidor, del mismo color. Lo saludamos y sostuve la puerta para que pase y le vi la cara seria. Pensé que siempre que lo había visto afuera iba serio, pero adentro, con sus hijas, sonreía. De hecho, ahí me di cuenta que con él adentro Camila no lloraba. Subimos el ascensor en silencio y apenas entramos al departamento nos hablamos con los ojos en un instante. Me mató, dijo Luciana. Pensá que tiene que tener dos laburos para bancar a la familia. Sí, dije, y ahí mismo me di cuenta que no sabía nada del vecino. Uno nunca termina de conocer a su vecino, pienso. No se puede creer, dijo ella. La verdad que no, respondí.

Dijo: quiero volver a Venezuela. La madre se quedó muda, nosotros, al lado, también. Nos miramos en silencio, con los ojos bien abiertos, las caras casi tocándose. Quiero volver a Venezuela y papá no puede llevarme, agregó”

Lo del padre nos pegó. Pero el jab al mentón vino una mañana de septiembre en la que Luciana se sentía mal y no quería salir de la cama. Yo estaba cambiado para salir a trabajar y, después de desayunar, me acerqué al cuarto a preguntarle cómo estaba. Mal, respondió. ¿Qué hora es?, preguntó. Las ocho y doce minutos, respondí. Ahora canta el gallo venezolano, dijo, y yo me dejé caer en la cama para abrazarla. Tengo cinco minutos, dije. Nos quedamos así, acostados, abrazados, cuando del otro lado de la pared empezó el llanto. Esta vez era un llanto más fuerte, más hondo, que los de costumbre. No dijimos nada, nos quedamos en silencio. Camila, ¿qué te pasa? Deja de llorar, dijo la madre. Camila seguía bajo el influjo del llanto incontenible. Casi no podía hablar, pero dijo cuatro palabras que escuchamos clarísimo. Dijo: quiero volver a Venezuela. La madre se quedó muda, nosotros, al lado, también. Nos miramos en silencio, con los ojos bien abiertos, las caras casi tocándose. Quiero volver a Venezuela y papá no puede llevarme, agregó. Pensamos que las palabras habían sido un knock out para la madre, pero después de varios segundos se recuperó. Vamos, vamos, atinó a decir. Pasaron mis cinco minutos y me levanté de la cama y me sentí débil, no de dolor físico, sino de dolor moral, era cómo si me hubieran vaciado por dentro. Tremendo, dije en voz baja, casi en un susurro. Mal, respondió Luciana.

Para noviembre entró más gente en el departamento de al lado. Nos dimos cuenta primero por la multiplicidad de voces que es escuchaban cuando cenábamos y después por hacerlos cuerpo en el hall. Vimos tres personas más. Otra pareja joven y una señora mayor de piel trigueña, rubia de un rubio un poco gastado, anteojos, musculosa, blanca. Cuando salimos del departamento la puerta del C estaba abierta con la señora dándole indicaciones de compras a la nueva pareja, que esperaba el ascensor con dos cajas de cartón vacías en el suelo. Saludamos y la señora nos devolvió un saludo cariñoso acompañado de una sonrisa sincera. Se notaba que estaba cocinando porque había un olor fuerte, como a ajo, que se impregnó en el hall del piso. En eso apareció Camila corriendo y se prendió a la pierna de la señora. Detrás vimos que había bastante revuelo de personas en el departamento. Hola, dijimos con Luciana. Camila miró para abajo enseguida. Di hola a los vecinos, dijo entonces la señora. Camila levantó la vista, nos saludó y volvió a bajar la cabeza. Ahora es tímida, dijo la señora, cómplice. Nosotros nos despedimos y bajamos por la escalera.

Mientras bajábamos Luciana me miró. Es la abuela, dijo. Debe ser, respondí. ¿Viste la cantidad de gente?, pregunté. Eran como nueve y sin contar a los que esperaban el ascensor. Guau, no sé cómo hacen para vivir así, dijo ella. Yo tampoco, entran todos, ese departamento es como el bolso de Mary Poppins.

Esto era un consejo de Luciana: de noche, llave en mano y abrir rápido, como si la llave fuera el disparo de un pistolero”

Una noche de fin de año a Luciana le dolía la cabeza entonces le dije que iba hasta el Farmacity que está a mitad de la avenida Santa Fe, entre Pueyrredón y Larrea, a comprarle una tableta de ibupirac. Serían pasadas las once de la noche porque ya habíamos cenado. Fui hasta la farmacia y cuando salí con mi bolsita vi que enfrente, cruzando la avenida, estaban los vecinos con sus pedidos en la puerta del McDonald´s. Los reconocí enseguida porque el padre llevaba la campera naranja que resaltaba en la noche, a su alrededor la madre y las dos nenas. Esperé a que se pusiera la luz para cruzar y cuando lo hice los vi avanzar hasta la esquina. Caminé sin apurar el paso detrás, a menos de 50 metros, la cuadra y media que nos separaba hasta nuestro edificio. Las chicas gritaban contentas, los padres les sonreían. A mitad de Larrea vi cómo llegaban a la puerta y los perdí de vista. Enseguida saqué las llaves para no perder tiempo buscándola cuando estuviera enfrente de la puerta. Esto era un consejo de Luciana: de noche, llave en mano y abrir rápido, como si la llave fuera el disparo de un pistolero. Llegué a la puerta y cuando fui a hacer el movimiento automático vi que del otro lado Camila sostenía la puerta. Me miró con una media sonrisa y la ayudé a empujar la puerta hasta la pared para que pudiera pasar. Gracias, dije. Muy bien, Cami, la felicitó la madre, como si su nena hubiera hecho la tarea. Camila corrió hacia su familia, que estaba esperando el ascensor. Cuando apareció, el padre me dijo que subiera yo porque todos no entrabamos. Suban ustedes, dije. Espero.

 

Fuente: The Fiction Review – El departamento de al lado

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La luz negra

Después del éxito obtenido con El nervio óptico, la escritora argentina María Gainza retoma el fascinante mundo del arte y publica La luz negra, una novela lúcida que cuestiona la autenticidad y la verdad en dicho ámbito.

Qué: Libro (edita Anagrama)

Tras el éxito de crítica que supuso su primera novela, El nervio óptico, la escritora argentina María Gainza retoma el fascinante mundo del arte con La luz negra, una novela que indaga en los límites de la realidad y la ficción, que disecciona la manipulación en el ambiente artístico y que, en especial, se pregunta sobre el sentido del arte. Como se preguntaría la narradora: si una buena falsificación nos puede dar tanto placer como un original, ¿en un punto, no es lo falso más verdadero que lo auténtico?

Perdón, deberíamos decir que la novela tiene una narradora, M, una crítica de arte (cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia) que en el pasado trabajó para Enriqueta Macedo, una importante tasadora que pasaba por auténticas, obras falsificadas.

Al comienzo del libro la narradora se encierra en la habitación de un hotel y comienza a contar bajo la premisa de la suposición. Allí cuenta un relato misterioso que se centra en la figura excéntrica y esquiva de la Negra, una falsificadora de Mariette Lydis, pintora austriaca famosa en la alta sociedad bonaerense, de la que no hay rastros. Pero la historia no se limita a la biografía de la Negra, sino que a partir de ella, o lo que se sabe de ella, se expande y se cruza con la vida de las otras dos mujeres protagonistas (Macedo y Lydis), formando el triángulo femenino por el que gira el relato.

Gainza, con una prosa limpia y precisa, se sumerge en un mundo que conoce hasta el detalle para reflexionar acerca de los límites del arte (¿hasta dónde llega?). Y es en su voz, en la mirada entendida, en donde reside el peso de la narración. Esa voz es la que descompone y reconstruye el pasado y lo vuelve dramaturgia.

No es casualidad que la búsqueda detectivesca, obsesiva, de la narradora sea sobre la Negra, la falsificadora total, la impostora ideal, una mujer que imitaba a la perfección a otra mujer, Lydis, una artista cuya particularidad era su estilo único para los retratos femeninos. Por lo que la búsqueda no es solo hacia el interior del arte (la imitación como enigma, digamos), sino también hacia el interior de la mujer en el arte. Lo que pintaba Lydis, lo que imitaba la Negra, es en definitiva lo que hace Gainza a través de la literatura.

La luz negra es una novela que se disfruta como una pintura sobre lienzo, original o falsificada. O como también se preguntaría la narradora: ¿acaso no es la falsificación la gran obra del Siglo XX?

Fuente: Zona de Obras – La luz negra

Cecil Taylor en Palermo

La semana pasada fuimos con Luciana al cumpleaños de la madre de una amiga. Fuimos en la línea D hasta la estación de Palermo y después subimos cuatro cuadras por Godoy Cruz hasta llegar a Seguí.

En esa calle, entre Sinclair y Godoy Cruz, a una cuadra de la avenida Libertador, está ubicado La Fondeau, un restaurante chiquito, pintoresco, de paredes amarillas, decorado con una variedad incontable de fiambres y quesos, patas de jamón que cuelgan del techo, frascos de aceitunas, de salsas hechas con pepino.

Cuando llegamos vimos que había una mesa redonda grande pegada a dos mesas cuadradas más chicas, lo que le daba una forma de bombita de luz. La mesa redonda estaba repleta de señores que bordeaban los setenta, alguno incluso los pasaba. Cruzamos la puerta y nos recibió Norma, la cumpleañera, que nos presentó a los señores y señoras de la mesa redonda. Uno por uno.

Al primero que saludé fue a un señor de pelo y barba blanca, de unos setentilargos, que llevaba una remera negra y no se levantó de su silla. Le di la mano y cuando lo saludé me di cuenta que no me había entendido bien y pensé que era por el ruido.

—Hablale en inglés –dijo Norma—. Es de New Jersey.

Le hablé en inglés entonces, hice un chiste sobre Springsteen y el tipo se rió y seguí saludando a los de la mesa redonda hasta llegar a las sillas vacías de las mesas cuadradas. Nos sentamos ahí, al fondo, con Luciana y Alejandra, su amiga.

Apenas me senté escuché que Norma me llamaba desde la cabecera de la mesa redonda.

—Él también escribe —dijo, y vi como Norma me señalaba a un señor pelado que estaba sentado a dos sillas de distancia.

Asentí con la cabeza, lo felicité sin saber bien por qué y automáticamente una señora que no llegaba a ver se asomó por detrás del cuerpo del señor pelado y me dijo que él, quien supuse era su marido, había hecho clases con un escritor que a mí no me sonaba. Me hice el que pensaba y le dije que no lo conocía.

Seguí hablando con las chicas cuando volví a escuchar que me llamaban.

—Ana Paruolo —dijo la señora, otra vez asomándose detrás del cuerpo del señor pelado— También dio clases con Ana Paruolo. ¿La conoces?

Esta vez me dio pena y dije que sí, que me sonaba.

—Sí, ¿tiene libros publicados, no? —pregunté.

—Claro, más de uno —respondió la señora mientras el pelado asentía.

Enseguida llegó la hermana de Alejandra con su novio y una amiga, todos más jóvenes que nosotros. Entonces nos tuvimos que mover una silla a la derecha y quedé a un asiento de distancia del señor pelado, frente a la botella de champagne.

En la mesa había tablas con tostadas cubiertas de salame o lomito y encima queso, hablábamos y picábamos entre palabras, parecía como si estuviéramos en un capítulo de una novela de Saer. Después llegaron las pizzas caseras de distintas variedades: fugazzeta, tomate, panceta. Una delicia.

Estábamos comiendo una de las pizzas cuando llegaron dos jóvenes más, por lo que tuvimos que movernos a la derecha otra vez para hacerles lugar. Ahora sí terminé pegado al señor pelado. Unos minutos después Luciana salió afuera a fumar y yo me quedé escuchando la conversación de los mayores que tenía al lado. Una señora de pelo corto negro y anteojos gruesos que tenía enfrente contaba que hacía poco había estado en Alemania y que envidiaba la capacidad de levantarse que habían tenido los alemanes, que, a diferencia de nosotros, habían salido adelante. Habló de las consecuencias de la guerra y contó que había estado en Hamburgo y Dresde. Apenas escuché el nombre de Dresde me acordé de Matadero 5, en especial de una frase de ese libro: «Nada cambia ni necesita advertencia o explicación. Simplemente es».

—¿Dónde estás? —preguntó Alejandra, y enseguida salí del trance.

—Me colgué —respondí.

—La calle es un museo —escuché que decía la señora de pelo corto y anteojos gruesos.

Al ratito Luciana entró y me buscó para que la acompañe afuera a fumar.

—Vení que estoy charlando con el yanqui, te va a encantar —dijo.

Salí y, sobre la vereda, a centímetros de la calle, en una de las mesas de madera, estaba sentado el yanqui, con las piernas cruzadas y una pipa que largaba humo de a ratos. Parecía un filósofo del siglo pasado.

No sé bien por qué nos pusimos a hablar de música, resulta que Iván, así se llamaba, era un melómano insaciable, fanático de todo tipo de géneros, en especial del bluegrass. Estuvo un rato contándonos que él había creado un tipo de banjo con madera rosa brasileña. Hizo el gesto de tocar el banjo en el aire y nos dijo que la quinta cuerda no se toca, que es la que marca el ritmo. Iván hablaba en español pero se ayudaba con el inglés.

En un momento Alejandra llamó a Luciana y yo me quedé solo con el yanqui que, me di cuenta, era igual a Christopher Plummer en la película que hace de Tolstoi.

Empezamos a hablar de músicos norteamericanos y le pregunté por Dylan.

—Lo vi en vivo en una iglesia en el ´62 —dijo.

Lo miré sin poder creerlo y él siguió.

—Fue raro, fui con amigos y escuchamos algo diferente. ¿Qué es esto?, nos preguntamos —dijo, y puso la cara que se pone cuando se prueba un alimento que no se conoce—. Is like Beethoveen with the fifth symphony, la gente no lo entendía, preguntaban: ¿qué es esto?… Es interesante —dijo, y levantó el dedo índice como si fuera una varita mágica.

Le dije que tenía razón, que hay tipos que no es que llegan antes, sino que marcan el antes a partir de ellos, algo así.

—Cuando preguntes qué es esto think before criticize.

Don´t criticize what you can’t understand —canté cómplice, imitando la voz de Bob.

Exactly… Entonces no entendía a Dylan, ahora sí entiendo.

¿Hace falta entender?, pensé.

Lo que dijo Iván me llevó a Cecil Taylor, el cuentito de Aira sobre el genio incomprendido del jazz, que de joven (y no tan joven) era rechazado una y otra vez en los lugares en donde tocaba de madrugada. Algunos críticos decían que lo suyo no era música, otros directamente lo tomaban como un chiste, pero Taylor siguió tocando, sabiendo que, tarde o temprano, iba a ser celebrado. El tipo hizo música como si sus oyentes no fueran de su tiempo, buscó crearlos, supongo que eso libera.

«Nadie sabe lo que crece de noche y lo que uno hace nunca pasa totalmente inadvertido», escribe Aira. Así es.

Luciana volvió a salir y, al escuchar que seguíamos hablando de música, le preguntó si le gustaba la música argentina. Iván le dio dos pitadas a su pipa y respondió que le gustaba el folclore y también Charly García.

Ella enseguida le preguntó si hace mucho venía a Buenos Aires y qué le parecía.

—Oh, mucho tiempo, cincuenta años —respondió, y mostró la palma— Cuando vine por primera vez aquí, en el ´58, there were no traffic lights, tenía que hacer luces en las esquinas o bajar la ventana para indicar con la mano. Imagínate de noche, como ahora. Increíble —dijo.

Miré alrededor, atrás de la mesa en donde Iván estaba sentado había un faro que iluminaba la mesa y el árbol al lado nuestro, a la izquierda, con sus raíces creciendo en plena vereda, como enfrentándose a la civilización. A unos metros, de la vidriera del supermercado Día pegado a La Fondue, salía una luz tenue.

Eso me hizo pensar en que la conquista de la noche por la luz artificial es algo reciente. Le dije a Iván que hace poco me habían regalado un libro de Al Alvarez en el que una de las tesis que ensaya es que no sabemos lo que es la noche porque hace años que tenemos luz.

—Es interesante —dijo él.

—Siempre habla de literatura —dijo Luciana.

¿No es todo literatura?, pensé, pero no lo dije. En cambio, le confesé a Iván mi fascinación por la música y, sobre todo, la literatura de su país.

And the movies —dijo él.

Con Luciana asentimos y él enseguida nos contó que su hija era documentalista, que había sacado un documental este año. Le pregunté por el nombre y él corrió la pipa a un costado de su boca y se agarró la pera, pensativo. Después levantó su dedo índice y llamó a su mujer que estaba adentro.

—Ella es mi memoria —dijo, y fue a buscarla.

Al segundo salió.

Personal statements —dijo—. Is in Amazon.

Pasaron unos minutos y nos llamaron para soplar las velas adentro. Le cantamos el feliz cumpleaños a Norma y después de brindar con champagne la gente empezó a despedirse.

Iván se acercó a saludarme y me dijo que había sido un gusto conocerme. Le respondí que el gusto había sido mío y él me preguntó sobre qué escribía.

—Sobre cualquier cosa, sobre esto —respondí.

—Okey, next time in USA and with whisky —dijo, e hizo el gesto de acercarse un vaso a la boca.

And gin, like Cheever —dije.

Iván se rió y se fue caminando despacio con su mujer.

Una vez afuera me senté en la mesa de madera, al lado del árbol, a esperar que los invitados se terminaran de sacar las fotos con la cumpleañera en plena vereda.

—Ponele flash que si no no sale –escuché.

Cuando terminó la sesión caminamos por Seguí hasta Godoy Cruz. A mitad de cuadra vi un edificio en construcción que a principio de año tenía los primeros pisos hechos y ahora era una torre enorme, a la altura o incluso más alta que los edificios viejos.

Llegamos a la esquina y en la YPF esperamos un taxi. Pasaron un par ocupados hasta que vimos que el tercero que venía llevaba el “libre” escrito en luces rojas de neón, arriba, a la izquierda del vidrio frontal. Entonces nos pusimos a sacudir las manos para frenarlo.

Le dimos la dirección y enseguida escuchamos que en la radio sonaba una canción inclasificable, con múltiples instrumentos y una voz salvaje y lejana. Apenas terminó estuve a punto de preguntarle a Luciana qué era cuando el locutor con voz de dios se me anticipó:

«Esto fue Rag Mama Rag de The Band», dijo.

 

Fuente: The Fiction Review – Cecil Taylor en Palermo

Patria

La primera vez que salimos a caminar por Madrid Luciana se quedó impresionada con las fachadas de los edificios. Con las fachadas y con la elegancia de las terminaciones. Mirá esas terminaciones, dijo señalando a casi todos los edificios que dan al Paseo del Prado. Me acuerdo que salimos desde Atocha hasta Puerta del Sol. Cruzamos el parque del Retiro, pasamos por la puerta de Alcalá y fuimos al Joyce, un bar irlandés que está a metros de la puerta. Todo bajo una lluvia leve que le daba un color más intenso a las cosas. Medio difícil olvidarse de eso.

Hace unos meses que ya no estamos en Madrid. Cuatro meses, llevamos la cuenta. Extrañamos las calles, el metro, ¡hasta las terminaciones de los edificios! Pero bueno, la vida en euros se hacía imposible y nos tuvimos que volver a Buenos Aires. No nos queríamos volver pero nos tuvimos que volver. Del departamento alquilado en Palos de la Frontera al departamento alquilado en Larrea. Pasa.

De hecho, escribo desde Buenos Aires. Por lo que ahora sí esto vendría a ser una aguafuerte porteña, aunque me sienta un poco extranjero. Cuando las aguafuertes eran madrileñas me gustaba más porque sentía que era un juego y el fantasma de Arlt se reía desde lejos. Ahora que estoy en su ciudad, en sus calles, no sé si le hace tanta gracia. Escribo en presente. Arlt es como Elvis y todo el mundo sabe que el rey está vivo.

Lo bueno es que no hay una Kodama que me pueda denunciar por plagio por estas, no sé, aguafuertes porteñas engordadas. Así que ahí vamos:

El viernes 9 de febrero salimos con Luciana del departamento de Larrea a la biblioteca nacional en Agüero. Fuimos porque a las siete de la tarde daba una conferencia Aramburu que venía a presentar Patria al país. No sé bien cuál fue el enganche entre la Guerra y Pazvasca y nuestro país, pero fue un boom y Aramburu pasó a ser algo así como el Cercas de años atrás: escritores españoles literarios que triunfan en la patria hija.

Hacía un calor infernal. Caminamos por la sombra de la calle Larrea hasta la avenida Las Heras, ahí subimos hasta la placita-rotonda de Gell y Obes, delante de la embajada británica, y cruzamos por Guido hasta la biblioteca con pinta de torre de control.

Faltaba más de una hora y ya había una cola enorme de gente esperando afuera, había gente hasta en la rampa de la entrada. Entonces decidimos entrar a la biblioteca a dar una vuelta y ver más sobre la hora si había lugar para entrar a la sala del primer piso donde daría la charla Aramburu. Entramos y fuimos directo a una muestra con fotos, audios y escritos de Viñas sobre Mansilla. “Viñas escribe Mansilla”, se llamaba. Era chiquita, cero estridente. En realidad era una muestra sobre Viñas, sobre el trabajo que hizo para un libro que nunca escribió: Mansilla, entre Rosas y París. Un libro que pretendía mostrar la tensión que había entre lo popular y lo aristócrata en el coronel Mansilla, el gran narrador argentino del siglo XIX. La muestra parecía inacabada, como el libro, del que solo hay apuntes, anotaciones desordenadas a color. Quizá ahí estaba el secreto de su encanto.

Hago una pausa acá. Mansilla escribió Las Causeries que fueron algo así como las primeras aguafuertes. Así que le pido perdón también a Lucio. Espero que no se enoje.

Sigamos:

Al lado de la muestra de Viñas había otra, también chiquita, sobre “El Che lector”. Tenía varios libros detrás de compartimentos separados por un vidrio y en la pared una frase de Piglia. Dimos una vueltita rápida y vimos algo de la bibliografía del Che, que iba de Trostsky a Jack London. También vimos una perlita. Detrás de uno de los vidrios, había un ejemplar de Tackle, una revista de rugby que tenía un artículo firmado por Chang-Cho. Nuestro Che.

Después subimos por el ascensor al sexto piso, donde está la sala de lectura grande y no se puede hacer ruido.

¿Sabés las veces que vine acá? Salía de la facultad y me encerraba horas dijo Luciana apenas bajamos del ascensor.

Cuando quise entrar una señora de seguridad me dijo que no podía pasar con el bolso, que lo tenía que dejar en los lockers. Luciana pasó, yo fui a dejar el bolso y entré. Estaba lleno de estudiantes con sus papeles y termos de mate en mesas enormes. Caminé hasta el fondo y desde el ventanal vi el resplandor de la ciudad desde arriba, imponente. Me di vuelta a la izquierda y la vi a Luciana sentada, recostada, bah, en uno de los sillones individuales que están en los pasillos de las puntas.

Hay que sacarle una foto dijo señalando con la cabeza el ventanal.

Me pidió el celular porque el suyo estaba sin batería, se paró y sacó un par de fotos del cuadro: ciudad y cielo. Cuando sacaba las fotos, de la nada, apareció un avión. Ella me miró y yo me reí. Nos reímos.

Enseguida le dije que fuéramos al primer piso a ver si conseguíamos entrar a la conferencia de Aramburu que ya estaba por empezar. Salimos de la sala y preferimos bajar por las escaleras.

Creo que este edificio me parece uno de los más lindos de la ciudad dijo mientras bajábamos.

En el primer piso entramos en Macondo. Aclaro: en el mismo piso donde era la conferencia de Aramburu había una muestra por los cincuenta años de Cien años de soledad. Todo el piso estaba empapelado con reproducciones del libro en varios idiomas y una decoración selvática. Había un par de extranjeros y en la puerta de la sala donde se presentaría Aramburu una chica elegante y rígida no paraba de hablar por un handy. Qué todavía no llegó X, qué están viniendo las señoras de parte de Z, decía en un tono nervioso mientras nosotros pasábamos por al lado. Todavía quedaban diez minutos para que empezara la charla, entonces esperé a que la señora dejara de hablar y le pregunté si había alguna posibilidad de entrar.

En principio está todo ocupado, pero si no se llena, los hago pasar. La idea es que no queden lugares… Esperen allá dijo y señalo un asiento en un costado donde esperaban dos viejitas. Si hay lugar los llamó.

El asiento estaba a metros de una mesa que tenía ejemplares de Patria para vender. Las dos viejitas nos hicieron un lugar y siguieron mirando una revista. Desde ahí vimos como la señora del handy repetía nuestra secuencia y mandaba a donde estábamos nosotros a una chica de unos veintipocos, que venía con una mochila, el libro en la mano y la cara desencajada.

Me dijeron que espere acá, ¿ustedes sabían que era con entrada? no esperó a que nadie respondiera y siguió: Me fijé en internet mil veces y no decía nada.

Una de las viejitas le dio la razón y la chica se indignó todavía más.

No puede ser, si me quedo afuera me muero.

Al rato se acercó la señora del handy, hizo pasar a las viejitas y dijo que podía pasar uno más, que el resto tenía que esperar. Le dijimos a la chica que pasara y se levantó con una sonrisa extra large. Y entró y nosotros nos quedamos esperando.

Habrán pasado cinco minutos y Luciana, con cara de cansada, me dijo que se iba a otra muestra que estaba en el mismo piso. Una sobre la revolución rusa. Se fue y yo me quedé esperando. Pero no quería esperar sentado, entonces me puse a dar vueltas por Macondo. En una pared de vidrio había frases de distintos escritores sobre el libro de García Marquez. Estaba leyendo unas palabras de Coetzee cuando vi que se acercaban dos mujeres y un señor detrás. Las dos mujeres se adelantaron y me di cuenta que el señor era Aramburu. Venía caminando en mi dirección como si estuviera silbando, con los brazos siguiéndole el ritmo. Llevaba un jean, saco y unas zapatillas negras Adidas. Hizo un paneo del lugar y asintió un par de veces. Lo miré fijo, pensé en decirle algo, pero me quedé callado. Él pasó al lado mío, me miró un segundo y saludó con la cabeza. Le devolví el gesto y no hice más.

Vi como entró a la sala y fui a buscar a Luciana. Le dijeque me había cruzado a Aramburu, que ya había entrado y que quizá teníamos suerte y pasábamos. Me acompañó sin muchas ganas y en la puerta nos dijeron que esperáramos en el asiento un poquito más.

Volvimos al puto asiento. De repente empezó a llegar más gente, parecía una comitiva. Una mujer de unos cuarenta años, muy bien vestida, habló gritando y pidió a uno del grupo que le sacara una foto. Se puso a posar. Ahora, dijo, y sacó los labios para afuera. Giré para verla a Luciana y no hizo falta que dijera nada.

¿Vos viste esa boluda? Vámonos de acá.

Me reí y le dije que sí.

Cuando estaba saliendo por planta baja el seguridad de la biblioteca me pidió ver el bolso de mano.

Solo tengo Patria —dije y le mostré el interior del bolso con mi ejemplar algo gastado.

La próxima vez tenés que avisar que llevas un libro antes de entrardijo.

Salimos y bajamos por la rampa que da al café Macedonio, el café del lector que está al lado de la plaza del lector. Vi la gente sentada en los bancos al sol de la tarde, a punto de irse, y pensé en Macedonio y en el Museo de la Novela de la Eterna, el libro que nunca termina, el libro incompleto por naturaleza. Y entonces sentí que quería ir con el Presidente a conquistar Buenos Aires por la belleza, darle el misterio que nunca tuvo.

Otra pausa. Yo también, como Macedonio, busco distraer al lector por momentos. Esto hay que decirlo. Te dedico este texto, lector salteado, me vas a agradecer una sensación nueva: leer de corrido.

Terminemos:

Bajamos por Agüero a Las Heras y caminamos despacio hasta Pueyrredón. En la esquina me señaló el edificio de la facultad de ingeniería, un edificio gótico, hermoso, que quedó a medio hacer ya que le falta la parte de arriba, como una iglesia sin torre.

Me mata que sea el edificio de la facultad de ingeniería y no esté terminado, ¡qué país! —dijo.

Otra vez me reí. Me impresiona que camine mirando para arriba. Lo hacía en España, lo hace acá. Por ella me di cuenta que mirando para adelante, a la altura de mis ojos, me perdía mil cosas. Creo que mirando para arriba se conoce otro mundo.

Enseguida me agarró del brazo, giró la cabeza y apuntó hacia el edificio que teníamos atrás, en la esquina de Las Heras y Agote.

Mirá esa terminación, ese edificio sí se parece a Madrid dijo.

 

Link: The Fiction Review – Patria

El irlandés y el bibliotecario

El viernes pasado fuimos con Luciana a escuchar a Banville que daba una charla por el festival de Getafe Negro en la Biblioteca Regional de Madrid, a pocas cuadras del Paseo de las Delicias. Salimos medio justos de tiempo entonces puse en una mochila unos libros que teníamos que devolver después de la charla en otra biblioteca. Afuera estaba lindo, harían unos diecinueve grados, veníamos de unas lluvias en Madrid que habían bajado la temperatura, pero esa noche estaba especialmente agradable.

Salimos por Palos de la Frontera, cruzamos Santa María de la Cabeza y llegamos hasta la estación de Renfe que tiene una placita con una especie de obelisco morado que parece traído de otro planeta. De ahí subimos dos cuadras y llegamos a la biblioteca donde era la charla. Nos reímos porque al llegar vimos un letrero sobre un edificio de ladrillo que decía: Fábrica de cerveza. Automáticamente chequeamos en Google y era así, la biblioteca se construyó sobre una fábrica de cerveza llamada “El Águila”. «Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca», dijo Borges. Quizá lo hayan tomado demasiado a pecho.

Banville apareció a las siete en punto. Canoso, bajito y muy poco parecido al cuerpo que en mi cabeza llevaba ese rostro provocador de las solapas de sus libros. Lo imaginaba alto, fuerte y seductor, digamos que solo acerté en esto último. Es muy loco ponerle cuerpo a las personas que admiramos. La conferencia fue genial, el irlandés empezó tímido, pero a los minutos se soltó. Habló de su famoso alter ego Benjamin Black, su otro yo, y de cómo lo usa para escribir género negro. Me gustó eso del alter ego para esconder el yo. Walter Benjamin (otro Benjamin) decía que había que guardarse el yo en una cajita hasta cumplir los treinta. Bueno, yo ya tengo treinta.

También remarcó que ya está todo escrito, que a él le gustan los clichés y lo que le queda a los escritores es improvisar sobre ellos, agudizar la mirada extraterrestre. «La vida es extraordinaria, es mucho más jugosa que la ficción, a mí en mis primeras novelas me decían que era poco creíble, pero lo único que hacía era escribir lo que veía», dijo.

Salimos de la charla y nos fuimos apurando el paso a la otra biblioteca, la de Pío Baroja, que cerraba a las nueve. Llegamos justo diez minutos antes de que cierre. Entramos y cuando lo hicimos busqué con la mirada a Mariano, el bibliotecario que me atiende siempre, pero no estaba. Había una mujer y un compañero suyo que había visto alguna vez. Dejamos los libros y nos fuimos rápido. Salí algo decepcionado porque me gusta hablar con Mariano, aunque sean dos minutos.

Conocí la biblioteca Pio Baroja medio por casualidad un día que caminaba por el parque de Madrid Río. Por Arganzuela, por Madrid bah, está lleno de bibliotecas municipales buenísimas que son un refugio para lectores voraces. Uno se asocia, le dan una tarjeta azul y va y puede retirar hasta cinco libros por mes.

Esta biblioteca en particular me gustó por su estilo nada ostentoso, con estantes de madera gastados que resaltan que lo que importa son los libros, pero, sobre todo, me gustó por la calidez de Mariano. Un tipo de unos cincuenta años, flaco, morocho y alto, con pinta de oficinista. Me acuerdo que la primera vez que lo vi estaba leyendo Sumisión de Houellebcq y nos quedamos hablando del carácter premonitorio de la novela y la insolencia del francés. Yo había agarrado Bajo el volcán de Lowry para llevarme y el tipo me dijo:

—Vas a flipar, este tío hace que termines tan embriagado como el cónsul.

Y siguió contándome las maravillas del libro y su parte autobiográfica. Lo hizo con tal entusiasmo que no veía la hora de volver a mi departamento para empezar a leerlo. Le dije que me impresionaba cuánto sabía.

—Es que soy un enfermo de literatura —dijo.

Desde ese día, desde esa primera recomendación, intento ir una o dos veces por mes a la biblioteca a retirar libros y siempre me quedo charlando un rato con Mariano, que es tan culto como agradable. No deja de sorprenderme su manera de hablar en libros, esa fascinación por las referencias y las citas, es como si sufriera de lo que Onetti llamaba literatosis. Gracias a él llegué a libros de Duras, Buzzati o Pavese (el oficio de vivir es saber morir, me dijo Mariano). Y sí, todos me encantaron.

La última vez que lo vi fue hará hace tres semanas. Antes de pasar a buscar libros lo saludé y le pregunté si tenía uno para recomendarme, Mariano me miró serio y me dijo: El Mar. El libro de Banville estaba justo en una mesa donde ponen los recomendados del mes. Lo agarré, leí la contratapa y fui directo al mostrador. Le pregunté si tenía algo para decirme del libro y vi que a su izquierda tenía Patria de Aramburu.

—Que te va a gustar, hombre —dijo y se quedó en silencio, frotándose la sien.

Vi que el libro de Aramburu estaba marcado y le pregunté si le estaba gustando, le dije que lo había leído en el verano y que lo había disfrutado.

—Pues hasta ahora sí —respondió.

Era claro que tenía un mal día así que quise dejarlo en paz. Antes de que me fuera, habló:

—Perdona, tío, no es contigo. Es que tengo a mi padre malo y no aguanto más la situación. Ya está viejo el pobre. Habla todo el día de su infancia y no recuerda lo que ha pasado ayer. Me está volviendo loco. Es como si fuera el padre de Roth. Una puta mierda —dijo y dio un suspiro largo.

Lo del padre de Roth era por Patrimonio el libro donde el norteamericano narra los últimos días con su padre, y cómo este, en su ancianidad, vive recordando, porque es la manera que encontró de saberse vivo, de reafirmarse vivo: no olvidando nada. Mariano me contó que su padre estaba viviendo con él y que tenía una enfermera a medio tiempo para ayudarlo con todo, aunque dijo que para él era cuestión de días. Habló de la obsesión que tenía por la infancia, de que cada vez que hablaba le recordaba historias vividas hace setenta años, como si no hubiera pasado el tiempo, como si estuviera ahí. Pensé en eso de que la infancia no es solamente la infancia vivida, sino la idea que nos hacemos de ella, por eso parece larguísima: porque es la más enriquecida por los pensamientos.

—Es demoledor verlo así, ver cómo se va, la persona que te protegió toda la vida no se puede defender. Un padre es como un doble de riesgo, si no está ¿quién se tira por nosotros?

Le palmeé el hombro sin saber qué decir y me despedí conmovido.

Hice el camino de regreso a Palos de la Frontera con su historia dándome vueltas. En una de las esquinas de la glorieta de Santa María de la Cabeza frené y me di cuenta de que me había olvidado el libro de Banville en la biblioteca. Me quedé un segundo quieto, vi el agua de la fuente levantarse hasta el cielo y caer en loop, cuando el agua subía su reflejo con el sol armaba un arcoíris que aparecía y desaparecía a metros de la fuente. Era hermoso. Lo miré por un rato y me pareció ficticio, como un tipo de efecto especial. En ese momento, pasó un camión de bomberos a toda velocidad con la sirena haciendo luces y ruido y a mi alrededor la gente caminaba como si todo siguiera su ritmo. ¿Es que nadie lo ve?, me pregunté.

El viernes pasado cuando Banville terminó de hablar me acerqué para que me firme El Intocable. En ese libro escribe: «Algo que no tiene pasado no está vivo todavía. La vida es recuerdo, la vida es el pasado».

Unos minutos antes había recordado varias anécdotas de cuando era pequeño en Wexford.  También hizo una analogía del escritor como alguien de otro planeta que baja a tierra y tiene que mirar, analizar, por semanas a los seres humanos, una vez que ya tiene un retrato formado y está a punto de partir ve a una persona bostezar y no entiende lo que pasa, ese grito silencioso, ¿qué es?

Fuente: El irlandés y el bibliotecario -The Fiction Review

Aguafuertes madrileñas: La señora del cigarro

Me gusta salir a correr unas dos o tres veces por semana. Es la manera que encontré de evadirme, de despejar la mirada después de tener la vista fija frente al ordenador en horas de escritura atemporales, es como si corriendo viera las cosas en movimiento. No yo, las cosas. Una vez viendo una puesta de sol en la playa mi vieja me dijo que podía estar horas viendo el mar porque siempre está en movimiento. Me gustó la simpleza poética de la frase y lo vi clarito: nosotros somos como el mar.

La cuestión es que salgo a correr desde que me mudé al barrio de Arganzuela a fines de mayo. Lo hago de noche, a eso de las diez, para no sufrir el calor de esta época. Son unos cuarenta minutos de correr alrededor del parque Madrid Río. Salgo por el paseo de las Yeserías, cruzo el río Manzanares, paso el Calderón, hago dos kilómetros para arriba y ya bajo otra vez. Me sacudo el parque de encima y vuelvo a casa caminando despacio. Esa es la rutina.

Desde mi piso son unos quince minutos andando por Santa María de la Cabeza hasta llegar al parque. Hago siempre el mismo camino porque me gusta pasar por la esquina de Peñuelas que es una calle perdida en el barrio. Esa calle tiene un olor especial que viene de los árboles que la rodean, son árboles que según lo que pude averiguar se conocen como Olmos de Siberia. Esa esquina por dónde paso se llena de semillas planeadoras que impregnan a la cuadra de un olor a pimienta blanca que me lleva a la entrada del campo que mi familia tenía en Trenque Lauquen. Creo que por eso me gusta pasar por ahí, porque pasar por ahí es volver al campo. Es raro, no sé, la última vez que fui debería tener unos diez años. «Nada fuerza a los recuerdos como los olores», decía Céline. Touché, digo yo.

Cada vez que bajo por Santa María de la Cabeza y hago el camino habitual hasta Madrid Río, me cruzo con una señora que está sentada en un banco de madera de la misma calle, entre Peñuelas y Arquitectura. Es una señora ya entrada en sus setenta, tiene una expresión seria, el pelo grisáceo y arrugas que le cruzan la cara como cicatrices, arrugas hasta en la mirada. Sentada ahí parece una especie de Miss Daisy madrileña y el banco de madera el asiento de atrás de un coche que no llega.

Desde hace meses, siempre a la misma hora, la señora aparece sentada en el banco. Cada noche que la vi, me pregunté lo mismo: ¿qué es lo que espera?

Hace un par de semanas venía por ahí cuando, de repente, la señora, sentada desde su banco de la calle, me hizo gestos con la mano como si estuviera llamando a un perro. Yo estaba con auriculares por lo que en un principio no la escuché. Me saqué los auriculares y me acerqué a ella.

—Un cigarro, si tienes un cigarro —dijo.

Le expliqué que no tenía. Hizo una mueca de disgusto, aceleré el paso y automáticamente doblé por la esquina y me esfumé.

A la vuelta no la vi.

A los días volví a salir a correr y ahí estaba, esperándome en su lugar. Nuevamente me llamó con su mano, abanicándola con la palma mirando hacia abajo. Aunque esta vez no frené. Me saqué solo un auricular y le dije que no tenía sin escuchar que me había preguntado. Me volví a poner el auricular y seguí caminando a cierta velocidad.

A la vuelta tampoco la vi.

Dos días después, un miércoles, sí la vi. Pero esta vez fue distinto. No la vi a la ida, de hecho, cuando salí camino al parque el banco estaba vacío. Fue a la vuelta cuando la vi. Serían las once de la noche y, si bien corría un poco de viento, harían unos treinta grados. Yo estaba sin auriculares y caminaba despacio, recuperando el aire. La señora me llamó de vuelta. Cuando estuve a punto de abrir la boca para decirle que no tenía cigarro ella se apuró y me ganó de mano.

—Ya sé qué no tienes cigarro —dijo a cierta distancia.

Me acerqué y esperé que hablara.

—¿Cuándo es veintiséis? —preguntó.

—Hoy es veintitrés, el sábado es veintiséis —respondí.

—Ahh el sábado, es que estoy esperando que abran —dijo y señaló enfrente suyo una tienda de iluminación cerrada, oscura— Me dijeron que el veintiséis abren y estoy esperando que me entreguen la lámpara.

No supe que responderle, asentí y me alejé despacio. Desde la esquina de la calle Peñuelas, enfrente del Bankia, me di la vuelta y la vi mirando la vidriera de la tienda mientras detrás suyo los autos seguían circulando. A metros, una farmacia con una cruz de neón verde indicaba el horario. Del otro lado de la calle se escuchaban las voces que salían de un bar con sala de billar. Y ahí estaba la señora, inmutable, esperando a que pasen los días para tener su lámpara.

Doblé por la esquina y ya no la vi.

Al lunes siguiente pasé y no estaba en su banco. El miércoles y el viernes siguientes tampoco. Pasaron dos semanas y nada. Es como si hubiera desaparecido. Quizá esperaba su lámpara y ahora que ya la tiene se olvidó de su banco. No lo sé. Hoy escribo sin saber si la voy a volver a ver y pienso en lo que decía Vila Matas sobre la inteligencia cotidiana del barrio, su asombrosa realidad. Para él el barrio era un prodigio de la relojería universal, uno tiene que ser muy estúpido para negar la inteligencia y la ficción de las cosas que recorre.

Ahora intento pensar en todas las caras que me crucé en las calles habituales de mis barrios y el sentimiento de pérdida que tuve cuando dejé de verlas. Es un sentimiento de pena leve, del tamaño de una semilla planeadora, y creo que viene de la angustia por el avance de la aguja del reloj universal, por la intuición del cambio del recorrido, del movimiento perpetuo. La culpa es de la señora del cigarro, me digo. Formó parte de mi vida en estos meses y ahora se borró. ¿A dónde se fue? ¿Por qué ya no espera?

Como decía Pessoa en ese fragmento hermoso del Libro del desasosiego: «También yo desapareceré de la Rua da Prata, de Rua dos Douradores, de la Rua dos Fanqueiros. Mañana, también yo -el alma que siente y piensa, el universo que soy-, sí, también yo seré mañana el que ha dejado de pasar por estas calles, el que otros evocarán vagamente con un qué habrá sido de él. Y todo cuanto hago, todo cuanto siento, todo cuanto vivo, no será más que un transeúnte menos en la cotidianidad de las calles de una ciudad cualquiera». Touché, digo yo.

Nosotros somos como el mar, sí, pero cada mar tiene otra orilla.

 

Fuente: The Fiction Review – Aguafuertes Madrileñas

Aguafuertes madrileñas: Detrás de los ojos azules

Hace ya casi diez meses que estoy en Madrid y todavía no encontré la fórmula para dormir bien de corrido. Probé con las dormidinas que son unas pastillas españolas, con vasos de leche, con vino, yoga, porro, nada. Tampoco quiero echarle la culpa a Madrid porque en Buenos Aires me pasaba lo mismo. Borges le da mil vueltas al insomnio y, sobre todo, al tiempo. Tiene un poema buenísimo que se llama dos formas del insomnio y en un momento dice que el insomnio es el horror de ser y seguir siendo, le da culpa que le pesen los párpados, querer hundirse en el sueño y no poder hundirse en el sueño, porque cuando dormimos somos otra cosa, estamos creando, estamos haciendo literatura, somos autor, narrador y héroe, todo en uno. Entonces los insomnes nos sentimos culpables por enfrentarnos a la inmensidad de la noche y seguir siendo nosotros, sin la ilusión que nos da el sueño.

En fin, creo que me gusta escribir de noche justamente por eso, porque escribir es lo más cercano que puedo estar al sueño con los ojos bien abiertos. No siempre lo hago, la mayoría de veces empiezo con una línea y me quedo ahí. O escribo frases inconexas. Cuando bajo definitivamente los brazos me voy a Netflix y veo alguna de sus recomendaciones. Paréntesis: no sé bien qué algoritmo usa Netflix pero sí sé que me conoce como si fuera un hermano. Cierro paréntesis.

Hará un mes más o menos me recomendó una película de Paul Newman y, desde entonces, vi una y después vi otra y otra, vi como diez y sigo sin saber bien por qué. Me digo que las tenía que ver y chau. Hay algo en la profundidad de su mirada, te dan ganas de saber que hay detrás de esos ojos azules, como esa canción de los Who. Son ojos claros y vulnerables. En El buscavidas, que es su mejor película, se ve bien. En la última escena sus ojos no solo hablan, gritan, el levanta la voz y el monólogo es tremendo, pero lo que se escucha por arriba de su voz son sus ojos.

Justo esta semana me llegó por twitter una foto de Paul con Joanne, su mujer. En realidad, eran dos fotos en una, de un lado ellos jóvenes y, del otro, ancianos. Entre cada foto hay cuarenta años. La posición es casi la misma, están los dos sentados y sonrientes. Van elegantes, de traje y moño él, de vestido negro ella. En la primera se la ve a ella mirando a cámara, riéndose y con un Oscar en la mano. Él la mira a ella, hay admiración en su mirada. En la segunda él la sigue mirando, ahora canoso, pero en esta foto la diferencia es que ella le devuelve la mirada, los dos sonríen sujetándose las manos, mirándose a los ojos. La suya es una mirada limpia y creo que alguien con la mirada limpia puede hacer lo que quiere.

 

A principio de año viajaba por la madrugada en bondi a Barcelona para encontrarme con Martín, un amigo de titanio. Mario Conde dice que los amigos están para acordarse unos de los otros y esa frase, ahora a la distancia, cobra todo sentido. El asiento del bus no se podía reclinar y las posibilidades de dormir quedaron afuera de la lista, entonces me puse a ver videos en youtube. No sé bien cómo llegué a ver entrevistas de Fogwill. Todas con él ya mayor, hechas hace un par de años. Vi una de Encuentro, una de Telefe y una buenísima que le hacen en la librería del pasaje, que es la que más me gusta, no por lo que dice, sino por lo que muestra. Está sentado en una mesita en el entrepiso de la librería. La mesa es un quilombo, mi quilombo, dice. Está su compu, libros, celular, cuadernos, anteojos, cenicero, cigarrillos, todo a punto de caerse. Habla y fuma, fuma y habla. Está disperso, suelta el humo, habla por celular, hace muecas, saca la lengua, canta. Y mira, mira todo en todo momento, mira para abajo, mira para arriba, para los costados, como buscando encontrar algo, sus ojos celestes, saltones, bien abiertos. Ese era Fogwill, el que se detenía a mirar lo que otros no ven. Después va a decir que lo que importa en una novela es lo que hacen las palabras, no la historia, y que el tipo que no sueña no puede escribir. Al terminar su sentencia levanta las cejas para que no lo tomemos tan en serio. En un momento se pone a caminar. La cámara lo sigue, baja las escaleras y sale al patio externo de la librería donde hay más mesas. Ve de reojo una mesa con gente, camina un paso, se frena y dice «¡uy, dios!» Sonríe, abre la boca y se acerca al camarógrafo para buscar complicidad. «¿Viste el color de sus ojos?», le pregunta. La cámara muestra una mujer sentada en la mesa contra la pared, tiene unos ojazos azules. Él se da vuelta, camina, pasa por la mesa, la mira y sigue caminando.

Después lee un poema suyo hermoso: se necesitan malos poetas. Lo lee despacio, maneja el ritmo y la entonación a la perfección, les da fuerza a las palabras acentuando con énfasis. Mueve las manos, mueve los hombros. Termina de leer, cierra el libro, mira un segundo para el costado y después baja la mirada, suspira y dice: cabe.

Hace unos años, seis años ya, leí los Pichiciegos en una habitación de un hostal de mala muerte en Iruya, paraíso salteño con montañas de colores que te abrazan. Fui por recomendación de mi hermana que también me recomendó el libro. Estábamos con Martín en el arranque de un viaje por Sudamérica. Me acuerdo que el cuarto se caía a pedazos. Yo de a ratos cambiaba la posición para leer más cómodo. Las paredes despellejadas me miraban moverme. No podía dejar el libro, lo tenía que terminar ahí, en ese lugar, en esa noche. Emilio Renzi (¿o era Piglia?) dice que, si te acordás de las circunstancias en las que estabas con un libro, eso es la prueba de que fue decisivo, no necesariamente son los mejores ni los que más influyeron, pero son lo que dejaron una marca. A mí me pasa que muchas veces no me acuerdo bien la trama de un libro, o de los nombres de sus personajes, pero, si un libro me gusta mucho, generalmente me acuerdo de un concepto o una frase, probablemente algo deformada. Los Pichiciegos me dejó una marca, como esas que hacemos de chicos contra la pared para ver cómo vamos creciendo, me quedó la frase del miedo al miedo, el miedo doble, que dice que uno tiene su miedo y espera que venga el otro, el del momento, para aliviarse cuando pase ese miedo chico, porque esos siempre pasan, pero el otro no, nunca pasa, se queda. El libro lo terminé ahí, en ese lugar, en esa noche. Apagué la luz y miré para arriba.

 

Fuente: The Fiction Review – Aguafuertes madrileñas