La casa de la belleza

Publicada originalmente en 2015 en Colombia, llega a España La casa de la belleza, de la escritora caleña Melba Escobar. Una novela negra y también social, en la que la autora hace un retrato crudo de la sociedad colombiana y del clasismo imperante.

Qué: Libro (edita Seix Barral)

La novela cuenta la historia de Karen Valdez, una esteticista que se muda de Cartagena a Bogotá en busca de mejores oportunidades de vida. En la capital consigue trabajo en una peluquería del norte de Bogotá, «La casa de la belleza», y, sin buscarlo, termina siendo la confidente de un grupo de mujeres de la alta alcurnia bogotana. Serán esas conversaciones, esas confesiones, las que llevaran a Karen a involucrarse y ser la pieza fundamental, en la resolución del crimen de una de sus clientas.

Narrada principalmente por el personaje de Claire, una prestigiosa psicoanalista que proviene de familia adinerada, es decir, perfecta antagonista de Karen, la novela se adentra en un universo femenino tan hermético como diverso que se ve reflejado en la peluquería ubicada en el estrato seis, un escenario en el que, queda demostrado, la belleza funciona como herramienta de poder.

Es allí, en el encuentro de mujeres de perfiles diversos (están la peluquera y la psicoanalista, pero también, por ejemplo, la esposa de un congresista corrupto y una famosa presentadora de televisión), en la intimidad de ese espacio, que se ven reflejadas las tensiones que producen las diferencias sociales; se ve en la vestimenta, se ve en el habla y en el trato, claro.

Así, con una prosa clara, limpia, que bordea el hiperrealismo del periodismo narrativo (la novela hace alusión a hechos reales como la boda de la hija de Alejandro Ordoñez), Escobar reflexiona sobre la discriminación que se vive en la sociedad bogotana, ya no solo una discriminación de género, sino de clase (la que da el dinero, la que da la región, o mejor, la que da el nacimiento), porque la novela retrata la otra cara de una realidad: la discriminación entre mujeres. En el clasismo no hay distinción de género, parece decir la autora en La casa de la belleza, una novela certera que invita a ponerse en el lugar del otro.

 

Melba Escobar (Cali, 1976) es escritora y periodista. Ha publicado las novelas Duermevela, Jhonny y el mar y La casa de la belleza. Su novela más reciente es La mujer que hablaba sola,que también acaba de ser publicada en España.

Fuente: Zona de obras – La casa de la belleza

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La hija de la española

La escritora y periodista venezolana Karina Sainz Borgo presenta La hija de la española, una novela descarnada y realista que reflexiona sobre el desarraigo y que retrata a un país que pudo ser y no fue.

Qué: Libro (edita Lumen)

Tras años trabajando como periodista cultural en España, la escritora Karina Sainz Borgo publica La hija de la española, una novela cruda, que fue una sensación en la Feria del Libro de Frankfurt del año pasado, escrita con precisión quirúrgica, que se lee en clave política y hace foco en el desarraigo, en la situación extrema que se encuentra la gente cuando un país (aquí Venezuela) te expulsa.

Cuenta la historia de Adelaida Falcón, una maestra caraqueña de treinta y ocho años que, frente a la muerte de su madre tras una larga enfermedad, se encuentra sola en una ciudad violenta y totalitaria. Poco tiempo después de perder a su madre, Adelaida pierde también su casa en manos de un grupo de mujeres a las órdenes de la Mariscala, quedando así en la calle y viéndose obligada a refugiarse en la casa de Aurora Peralta, su vecina, y a la que todos en el barrio llaman «la hija de la española». Con un agravante, su vecina también ha muerto. Pero lo que parece una, otra, tragedia funciona como una vía de escape de la, su, ciudad de la furia.

En la novela importan tanto los personajes (Adelaida, la Mariscala, Santiago) como el espacio, esa Caracas asfixiante, derruida por la violencia social en las calles y la ausencia de democracia. Es allí donde se vive el caos, que se ve reflejado en la guerra entre los «hijos de la revolución» y una clase media cada vez más golpeada por la economía y el hambre. Adelaida, como cualquier ciudadano caraqueño, queda cautiva de esa ciudad sitiada en donde las patrullas paramilitares hacen y deshacen, sobre todo deshacen, lo que quieren.

Hay en la figura de Adelaida (cuando tiene diez, cuando tiene treinta) la reconstrucción de una generación que intenta sobrevivir a un país en franca decadencia. Ahí radica la potencia del libro: en la lucha por la supervivencia (¿cuál es el límite?), en la fuerza por seguir a pesar de todo, contra todo, y haciendo lo que haga falta. Porque Adelaida, como tantos otros venezolanos, no baja los brazos.

La hija de la española es un libro que indaga en la identidad, propia y colectiva, y que retrata el país que pudo ser y no fue.

 

Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982), es escritora y periodista, ha publicado los libros Caracas hip-hop y Tráfico y Guaire. El país y sus intelectuales y mantiene el blog Crónicas barbitúricas. La hija de la española es su primera novela.

Fuente: La hija de la española – Zona de Obras

Aquí sólo regalan perejil

El escritor colombiano Luis Luna Maldonado publica en España Aquí solo regalan perejil, una novela irreverente publicada originalmente en 2017 que con humor e ingenio indaga en las consecuencias de la inmigración.

Qué: Libro (edita Alfaguara)

A finales de 2017 el escritor colombiano Luis Luna Maldonado ganó el Premio Ñ Clarín por su libro Aquí sólo regalan perejil, una novela irreverente que sorprendió al jurado por el manejo del lenguaje, tan coloquial como preciso, y por el uso del humor rayano a la picaresca. Dos años después, y para alegría de los lectores, esa novela, que sigue sorprendiendo, se publica en España a través de «Mapa de las Lenguas» de Alfaguara.

Debemos decir que la novela cuenta la historia de Abilio, un joven colombiano que luego de haberse ido de Pamplona, su pueblo natal, a Barcelona en busca de oportunidades, allá por el 2001, y gracias al dinero que obtuvo por integrar una banda de contrabandistas, se encuentra, con más decepción que alegría, en la víspera de la vuelta a su país. Es el propio Abilio quien relata su historia y se la cuenta a un chino en un bar la noche anterior al regreso a su patria. No se diga más.

Con un lenguaje vivo, lleno de colombianismos, el autor toma las palabras de la calle, la suya y la extranjera, para darle un ritmo vertiginoso a una historia de por sí llena de vértigo, que se ve en la migración del protagonista, pero también en la vida previa, en los coletazos de la delincuencia y el narcotráfico, en la violencia (el misterioso asesinato de su hermano) y la pobreza. La historia se adentra así en los márgenes (aquí la frontera colombiana-venezolana funciona como correlato), en ese universo de prostitutas, matones y policías corruptos, la «mala vida» de la que escribía el argentino Roberto Arlt o, por poner un ejemplo cercano al autor, su coterráneo Andrés Caicedo. La literatura se encuentra allí, parece decir el autor.

Así, el libro trata con crudeza y humor un tema espinoso como lo es la inmigración sudamericana en Europa. Y es espinoso por las consecuencias que suelen sufrir los que sueñan un futuro mejor y se encuentran con el choque de culturas, con la falta de oportunidades, con una realidad que no condice con sus expectativas y los termina expulsando. Como dice Abilio: «No terminamos de estar, porque nunca vinimos del todo».
Aquí solo regalan perejil se empieza y no se puede soltar, uno se aferra a la lectura con risas y preocupación. A fin de cuentas, nosotros, lectores, también estamos de paso.

 

Luis Luna Maldonado (Pamplona, 1981) es escritor y publicista. Ha publicado la revista cultural pHi (papel Higiénico ilustrado) y el libro Cortoletrajes. Historias comunes sobre gentes corrientes.Aquí solo regalan perejil es su primera novela.

Fuente: Aquí solo regalan perejil

El departamento de al lado

Durante el año pasado vivimos con Luciana en la calle Larrea, entre la avenida Santa Fe y Marcelo T., una calle oscura, fea, a dos cuadras del edificio de la facultad de medicina que hace que todo a su alrededor se sienta como en ciudad gótica.

Vivimos en un edificio antiguo, de fachada amarillenta, deteriorada, con aspecto municipal. Nuestro departamento estaba en el sexto piso, letra D. Un departamento de dos ambientes, 40m2, luminoso, con un mini balcón contrafrente que se llenaba de palomas, una mini biblioteca y un escritorio para escribir contra la pared blanca, lo que necesitábamos. El departamento era, como esos canguros bebés, mucho más lindo que el edificio que lo cubría.

El arte de caminar es que uno está condenado a mirar”

Algo que me gustaba de Larrea era justamente que podía caminar las veinte cuadras que me separaban del trabajo. Salía por Marcelo T. de Alvear, caminaba hasta Callao y de ahí subía a Lavalle, haciendo una L. Me encantaba caminar en la mañana y que el viento me pegara en la cara, me despertara. A la vuelta volvía por adentro, por Rodriguez Peña, atravesaba despacio la plaza enfrente del palacio Pizzurno, un palacio de estilo francés, de fachada de mármol blanco y techo de tejas oscuras, majestuoso, y veía a los pibes jugando a la pelota en las canchitas de futbol tenis, los viejos sentados en los bancos y los grupos tomando mate en el pasto. El arte de caminar es que uno está condenado a mirar. Después cruzaba Callao y ya retomaba, otra vez, Marcelo T. Así el año entero.

Antes de mudarnos, a principios de enero, el dueño nos había dicho que de los tres departamentos del piso el que más se movía era el de enfrente al nuestro porque ahí tenía su consultorio un psicólogo de animales, pero que a las ocho se iba, por lo que no íbamos a tener mucho ruido. Quizá se crucen alguna cabra a la mañana, pero eso es lo único, dijo, y nos reímos. Después agregó que en el edificio pegado al de Dr. Dolittle vivía una pareja que no salía del departamento, que para él eran como fantasmas. ¿Y en el C?, preguntó Luciana. Ahí no vive nadie, respondió. Y nos contó que al departamento de al lado por lo general lo usaban de Airbnb. Eso dijo. Pero a la semana de mudarnos llegó una familia al departamento de al lado.

La primera vez que los cruzamos fue en el hall del piso, esperando el ascensor. Sentimos un ruido de puerta y del C vimos salir un padre y una madre de menos de cuarenta y dos chicas de unos ocho y cinco años que se gritaban entre sí. El padre tenía la piel tostada, era de mediana estatura, de espalda maciza y cara de boxeador; la madre era blanca, de pelo bien oscuro y pechos artificiales; las chicas, de piel morena y rasgos firmes, se parecían más al padre. Nos acercamos a saludar, le dimos la bienvenida, el cruce cordial, formal, de vecinos, digamos, y les ofrecimos que se subieran al ascensor, pero dijeron que no había problema, que bajáramos nosotros, que ellos esperaban. ¿De dónde es la tonada? ¿Venezolanos, no?, preguntó Luciana en el ascensor.

A los pocos días vimos otra pareja, de edad similar, con las mismas chicas, saliendo del departamento. Supusimos que eran los tíos que estaban de visita, pero pasó el tiempo y los seguimos viendo entrar y salir del departamento, solos, con las chicas, con los padres, todos juntos. Era claro que no estaban de visita, vivían los seis en un dos ambientes igual que el nuestro o a lo sumo un poco más grande. ¿Cómo hacían?

Freno. Pienso ―y esto gracias a Camus―que los vecinos son siempre extranjeros. Digo, por más que habiten un país limítrofe, dentro de sus cuatro paredes no dejan de ser extranjeros, ahí adentro hablan otro idioma, son extraños a nosotros, como Salamano y el perro sarnoso para Meursault”

Me acuerdo que una de esas primeras semanas de enero, a la mañana, bajé junto con la pareja de venezolanos en el ascensor y cuando había hecho un par de cuadras con auriculares camino al trabajo me di cuenta que en la vereda de enfrente, a mi altura, iban los dos caminando. Después me iba a enterar que por la mañana él trabajaba a una cuadra de donde trabajaba yo, y nos cruzaríamos varias veces más, pero esa primera vez lo vi como algo irreal. Hicimos siete cuadras caminando en la misma dirección, mirándonos de reojo. Las conté: siete cuadras, como en Glosa, solo que acá, a diferencia de Leto y el Matemático, entre mis vecinos y yo nos separaba una calle. Creo que esa distancia nos protegía de la misma manera. En un momento los miré y nos saludamos con la palma y la cabeza y giré por Lavalle y los dejé de ver.

Freno. Pienso ―y esto gracias a Camus― que los vecinos son siempre extranjeros. Digo, por más que habiten un país limítrofe, dentro de sus cuatro paredes no dejan de ser extranjeros, ahí adentro hablan otro idioma, son extraños a nosotros, como Salamano y el perro sarnoso para Meursault. Y, por otro lado, a los vecinos no los elegimos. Como dice Chesterton: «Hacemos a nuestros amigos, hacemos a nuestros enemigos, pero Dios hace a nuestros vecinos». Sigo.

El principal problema que tuvimos con los vecinos fue el ruido. Aún con la pared separadora desde nuestro departamento escuchábamos cada cosa que se decían, o peor, la música que escuchaban a todo volumen: bachata o reggaetón. A la música la amortiguábamos con más música de nuestro lado, Pappo a fondo, pero igual era insufrible. Más de una vez por semana se juntaban con gente y festejaban vaya a saber qué.

Voy a tener que hablar con ellos, van a tener que adaptarse acá, dijo, y sonó como un comisario”

No había pasado un mes que una tarde, volviendo del trabajo, me frenó Laura, la encargada del edificio, una señora entrada en sus cincuenta, bajita, con rulos tipo Valderrama, que caminaba rengueando. Disculpame, nene, ¿te puedo hacer una pregunta? Asentí con la cabeza y la boca y lo soltó. ¿A ustedes le pasa lo mismo con los nuevos?, preguntó. No llegué a responder que ella ya había hablado. Los tengo justo arriba, no me dejan dormir, ¿por qué gritan tanto? Le respondí con una sonrisa irónica, y le dije que no lo sabía, pero que sí, que hablaban un poco fuerte. Voy a tener que hablar con ellos, van a tener que adaptarse acá, dijo, y sonó como un comisario.

No sé si Laura habló con ellos, pero la realidad es que siguieron haciendo ruido. Un miércoles a la noche del mes de febrero era tanto el ruido que Luciana se levantó de la cama para ir a putearlos. Sería la una de la mañana. Les tocó la puerta para pedirles que bajen la voz, que al otro día teníamos que trabajar. Enseguida vino a la cama. ¿Y?, pregunté. Ya está, respondió, y se durmió. Sin embargo a la semana siguiente pasó lo mismo, solo que fue un martes y esta vez me tocó a mí y usé un método distinto al de Luciana. Caminé hasta el living y con el borde del puño cerrado golpeé la pared dos veces con toda mi fuerza, lo que sonó como un doble gong, imposible de no escuchar. Me dolió mucho, la zona se puso roja y sentí la mano temblar, pero estuve satisfecho con el silencio que le siguió como efecto inmediato.

A partir de marzo el problema fue otro. El ruido nocturno bajó considerablemente, pero, a cambio, empezó el ruido matinal. Todos los días, religiosamente, Camila, la más chica de las hijas de los vecinos, lloraba a las ocho y cuarto de la mañana, ni un minuto más, ni un minuto menos, y repetía que no quería ir a la escuela. Era un relojito, una alarma. Su llanto era un llanto desconsolado, de telenovela, que, por estar su cuarto justo pegado al nuestro, se escuchaba con total nitidez. Y siempre le seguían las palabras de su madre y de su hermana: Camila, deja de llorar. Así aprendimos su nombre.

Algunas mañanas me la cruzaba a Camila, enana, de uniforme de remera blanca y pollera verde, con una mochila rosa con una imagen de Barbie y cara de enojada. La saludaba con la mano pero ella no me miraba, miraba para abajo. Odia la escuela, me dijo una vez la madre. Yo también la odiaba, respondí con una sonrisa.

Camila pasó a ser un tema para nosotros. Porque no es solo que lloraba todas las mañanas, también lo hacía algunas tardes. ¿Cómo es posible que llore todo el tiempo?, preguntaba Luciana. Es una nena, ¿qué vamos a hacer?, solía responderle. ¿Pero por qué la madre no la calla? No puede ser, decía ella en voz alta, como para que se escuche desde el otro lado de la pared. Nos inventamos teorías que pudieran responder el misterio y la que más no cerraba era que la mujer que creíamos que era su madre no lo fuera, porque el llanto era siempre cuando no estaba el padre, que se iba bien temprano y llegaba tarde. Entrado el año, cuando ese llanto constante y orgulloso ya era un sonido ambiente en nuestro departamento, le dije a Luciana que en algún momento tenía que dejar de llorar. ¿Cuándo?, preguntó. No sé, en algún momento, respondí.  

Otra cosa que hacían seguido, en especial los fines de semana, era hablar con la abuela por lo que creemos era Skype. Abuelaaaaa, gritaban siempre las nietas. La emoción traspasaba la pared. Los padres también hablaban, nosotros desde la cama escuchábamos que le preguntaban por Caracas y cosas del estilo, pero rápidamente poníamos una serie o música para evitar escuchar la conversación ajena.

Uno nunca termina de conocer a su vecino, pienso. No se puede creer, dijo ella. La verdad que no, respondí”

Un jueves de julio, me acuerdo porque hacía muchísimo frío en la calle, volvíamos con Luciana de cenar después del taller a eso de las once y media de la noche y en la entrada del edificio nos cruzamos con el vecino que estaba atando su bici a un poste. Tenía una campera inflable de un naranja eléctrico, que se veía desde lejos, y en su mano una especie de mochila cuadrada, de esas de repartidor, del mismo color. Lo saludamos y sostuve la puerta para que pase y le vi la cara seria. Pensé que siempre que lo había visto afuera iba serio, pero adentro, con sus hijas, sonreía. De hecho, ahí me di cuenta que con él adentro Camila no lloraba. Subimos el ascensor en silencio y apenas entramos al departamento nos hablamos con los ojos en un instante. Me mató, dijo Luciana. Pensá que tiene que tener dos laburos para bancar a la familia. Sí, dije, y ahí mismo me di cuenta que no sabía nada del vecino. Uno nunca termina de conocer a su vecino, pienso. No se puede creer, dijo ella. La verdad que no, respondí.

Dijo: quiero volver a Venezuela. La madre se quedó muda, nosotros, al lado, también. Nos miramos en silencio, con los ojos bien abiertos, las caras casi tocándose. Quiero volver a Venezuela y papá no puede llevarme, agregó”

Lo del padre nos pegó. Pero el jab al mentón vino una mañana de septiembre en la que Luciana se sentía mal y no quería salir de la cama. Yo estaba cambiado para salir a trabajar y, después de desayunar, me acerqué al cuarto a preguntarle cómo estaba. Mal, respondió. ¿Qué hora es?, preguntó. Las ocho y doce minutos, respondí. Ahora canta el gallo venezolano, dijo, y yo me dejé caer en la cama para abrazarla. Tengo cinco minutos, dije. Nos quedamos así, acostados, abrazados, cuando del otro lado de la pared empezó el llanto. Esta vez era un llanto más fuerte, más hondo, que los de costumbre. No dijimos nada, nos quedamos en silencio. Camila, ¿qué te pasa? Deja de llorar, dijo la madre. Camila seguía bajo el influjo del llanto incontenible. Casi no podía hablar, pero dijo cuatro palabras que escuchamos clarísimo. Dijo: quiero volver a Venezuela. La madre se quedó muda, nosotros, al lado, también. Nos miramos en silencio, con los ojos bien abiertos, las caras casi tocándose. Quiero volver a Venezuela y papá no puede llevarme, agregó. Pensamos que las palabras habían sido un knock out para la madre, pero después de varios segundos se recuperó. Vamos, vamos, atinó a decir. Pasaron mis cinco minutos y me levanté de la cama y me sentí débil, no de dolor físico, sino de dolor moral, era cómo si me hubieran vaciado por dentro. Tremendo, dije en voz baja, casi en un susurro. Mal, respondió Luciana.

Para noviembre entró más gente en el departamento de al lado. Nos dimos cuenta primero por la multiplicidad de voces que es escuchaban cuando cenábamos y después por hacerlos cuerpo en el hall. Vimos tres personas más. Otra pareja joven y una señora mayor de piel trigueña, rubia de un rubio un poco gastado, anteojos, musculosa, blanca. Cuando salimos del departamento la puerta del C estaba abierta con la señora dándole indicaciones de compras a la nueva pareja, que esperaba el ascensor con dos cajas de cartón vacías en el suelo. Saludamos y la señora nos devolvió un saludo cariñoso acompañado de una sonrisa sincera. Se notaba que estaba cocinando porque había un olor fuerte, como a ajo, que se impregnó en el hall del piso. En eso apareció Camila corriendo y se prendió a la pierna de la señora. Detrás vimos que había bastante revuelo de personas en el departamento. Hola, dijimos con Luciana. Camila miró para abajo enseguida. Di hola a los vecinos, dijo entonces la señora. Camila levantó la vista, nos saludó y volvió a bajar la cabeza. Ahora es tímida, dijo la señora, cómplice. Nosotros nos despedimos y bajamos por la escalera.

Mientras bajábamos Luciana me miró. Es la abuela, dijo. Debe ser, respondí. ¿Viste la cantidad de gente?, pregunté. Eran como nueve y sin contar a los que esperaban el ascensor. Guau, no sé cómo hacen para vivir así, dijo ella. Yo tampoco, entran todos, ese departamento es como el bolso de Mary Poppins.

Esto era un consejo de Luciana: de noche, llave en mano y abrir rápido, como si la llave fuera el disparo de un pistolero”

Una noche de fin de año a Luciana le dolía la cabeza entonces le dije que iba hasta el Farmacity que está a mitad de la avenida Santa Fe, entre Pueyrredón y Larrea, a comprarle una tableta de ibupirac. Serían pasadas las once de la noche porque ya habíamos cenado. Fui hasta la farmacia y cuando salí con mi bolsita vi que enfrente, cruzando la avenida, estaban los vecinos con sus pedidos en la puerta del McDonald´s. Los reconocí enseguida porque el padre llevaba la campera naranja que resaltaba en la noche, a su alrededor la madre y las dos nenas. Esperé a que se pusiera la luz para cruzar y cuando lo hice los vi avanzar hasta la esquina. Caminé sin apurar el paso detrás, a menos de 50 metros, la cuadra y media que nos separaba hasta nuestro edificio. Las chicas gritaban contentas, los padres les sonreían. A mitad de Larrea vi cómo llegaban a la puerta y los perdí de vista. Enseguida saqué las llaves para no perder tiempo buscándola cuando estuviera enfrente de la puerta. Esto era un consejo de Luciana: de noche, llave en mano y abrir rápido, como si la llave fuera el disparo de un pistolero. Llegué a la puerta y cuando fui a hacer el movimiento automático vi que del otro lado Camila sostenía la puerta. Me miró con una media sonrisa y la ayudé a empujar la puerta hasta la pared para que pudiera pasar. Gracias, dije. Muy bien, Cami, la felicitó la madre, como si su nena hubiera hecho la tarea. Camila corrió hacia su familia, que estaba esperando el ascensor. Cuando apareció, el padre me dijo que subiera yo porque todos no entrabamos. Suban ustedes, dije. Espero.

 

Fuente: The Fiction Review – El departamento de al lado

Dios, el hombre, el amor y dos o tres cosas más

El humorista gráfico argentino Tute publica Dios, el hombre, el amor y dos o tres cosas más, una fresca y aguda novela gráfica que se pregunta por el sentido de la vida y que también permite al autor mostrar sus obsesiones.

Qué: Libro (edita Lumen)

Llega finalmente a España la novela gráfica del reconocido humorista gráfico argentino Tute, hijo del gran Caloi, apadrinado, a su vez, por Quino, quien en el prólogo afirma que Tute es el mejor dibujante de humor gráfico argentino de los últimos años. No hace falta decir más entonces. O sí. Y es que en esta ocasión Tute se sale del libreto, de su libreto, que son las tiras cómicas diarias o semanales, para traernos una novela que, ya en su formato extenso, plantea una tirantez con lo preestablecido, o mejor, una incertidumbre, que se puede leer también como la incertidumbre ante las grandes preguntas: Dios, el hombre, el amor y esas dos o tres cosas más.

Dijimos novela gráfica. Y esto es porque el libro está hecho de imagen y diálogo, del cruce entre los dibujos (esas figuras narigonas tan características, las estrellas en el cielo, el color), y los globos que les dan palabras. Con la diferencia que las historias dentro de las viñetas aquí se sincretizan, se conectan, se tocan, como si las tiras fueran parte de un rollo fotográfico de diapositivas. Y es ahí, en las historias cotidianas, en las situaciones comunes, donde Tute, como si trabajara en un cuarto oscuro, pone el ojo y mira con detalle.

Así es que en la novela el autor le da vuelta a sus obsesiones: la religión, las conductas humanas y el amor (la angustia de pareja), como también la nostalgia, la soledad y la (in)comunicación. Conclusión: Tute es, sobre todo, un grandísimo observador.

El libro tiene el código del autor, que es el del humor, por momentos negro, por momentos absurdo (ese dios con forma de cíclope que, por otra parte, es demasiado humano, que creó el mundo y nos dejó ahí para que hiciéramos lo que pudiéramos). Y tiene, a su vez, su otra impronta que es ese registro poético que potencia la imagen, un registro que se vislumbra en las tiras cómicas y aquí resalta en todas sus páginas («el hoy es un ayer a punto de vencer»).
Dios, el hombre, el amor y dos o tres cosas más es un libro hermoso no solo por la belleza de sus imágenes, sino por la potencia de lo que transmite. 

 

Juan Matías «Tute» Loiseau (Buenos Aires, 1974), es dibujante, director de cine y productor musical. Publica sus tiras en el diario y la revista La Nación y, además, ha publicado los libros: Tute; Tute de bolsillo; Araca, corazón!; Tuterapia; Trifonia y Baldomero; la serie de Batu; El amor es un perro verde; Tutelandia y Tenemos que hablar. Dios, el hombre, el amor y dos o tres cosas más es su primera novela gráfica.

Fuente: Dios, el hombre, el amor y dos o tres cosas más – Zona de Obras

Nadie nada nunca

Mi abuelo tenía una técnica para escaparse de su laburo, un banco en el que trabajó más de 30 años dentro de relaciones institucionales. Lo que hacía era ir a trabajar con dos sacos y dos anteojos para dejar los de repuesto en su oficina. Dejaba los anteojos en el escritorio y el saco en su silla para que pareciera que volvía en un rato, pero se iba horas. Antes de salir se llevaba una carpetita con algunas hojas en blanco debajo de su brazo por si se cruzaba a alguien afuera y tenía que inventar una historia, algo que hacía con mucha facilidad. Mi viejo siempre me cuenta de un día que se lo llevó al trabajo siendo un nene de seis o siete años y Tata, mi abuelo, su viejo, digo, lo sacó al cine haciendo el ritual de los anteojos, el saco y la carpetita para ir a ver Canuto Cañete, conscripto del siete.

Esto es, esto fue, así: mi abuelo decía haber estudiado derecho, pero mi viejo también lo había escuchado decir que era médico, que era comisario, que era coronel. Profesiones como disfraces que usaba dependiendo la temática de la fiesta. Si en un barco alguien se desmayaba y un familiar gritaba: ¡un médico por favor!. Mi abuelo iba y daba indicaciones. La piernas para arriba, aflójale la camisa, ventílalo. Él era las historias que se inventaba. Dicen los que lo conocieron bien, Chicha, su mujer, mi abuela, digo, mi viejo y sus hermanas, que cuando mentía hacia un gesto que para la mayoría era imperceptible pero para ellos no. Lo llamaban “la lengüita” y consistía en cerrar los labios, metiéndolos para adentro y pasarse la lengua por el labio inferior, dejándola ver apenas, como si la lengua quisiera salirse y la boca no la dejara. Algunas veces acompañaba el gesto con los dedos rascándose la frente.

Tata murió cuando mi viejo tenía poco más de treinta años, que se acerca a mi edad ahora, y yo no llegaba a cinco. Cuando me quedo viendo fotos suyas espero a ver si vienen los recuerdos de golpe, pero no pasa. Igual me gusta vernos juntos en una foto porque es la prueba de que compartimos tiempo, un tiempo lejano pero tangible. Eso existió, ese gordito que está sonriendo en sus brazos soy yo, aunque no me acuerde. Digo en sus brazos porque así estoy en la foto que guardo. Estamos los tres: bien a la izquierda de la foto está mi viejo, padre treintañero, en el centro aparece Jorge, que ya era Tata y, sobre sus brazos, estoy yo con la sonrisa estirada y el pulgar para arriba. Los tres en cueros y el sol por encima, sin que la foto lo vea, pegándonos en el cuerpo.

Tengo en mi memoria una secuencia medio borrosa que se parece a un recuerdo: estoy en el departamento de Tata y Chicha. Veo un pasillo largo con cuadros con imágenes de la familia de los dos lados de las paredes. También veo muebles color marrón algo viejos. Camino por el pasillo siguiendo una voz que me llama. Camino como un astronauta en la luna porque tengo cuatro años. Doblo a la derecha, cruzo la puerta que da al cuarto de mis abuelos. Tata está acostado en la cama matrimonial. Me acerco al borde de la cama y él me levanta agarrándome fuerte debajo de los brazos como si fuera una bolsa de papas. Me hace cosquillas y yo no paro de reírme. Llamemos a Chicha, me dice como en secreto. Grita su nombre un par de veces: ¡Chicha, Chicha! Maria Elena, que con sus nietos se transformó en Chicha, entra a su cuarto. Tata desde la cama extiende su brazo y pone su dedo índice con forma de gancho. Tírame el dedo, dice. Chicha lo mira y después me mira a mí. Aun sabiendo lo que se venía, alarga su brazo y con su mano tira el dedo de Tata. Suena un tremendo pedo y yo soy todo risas. Chicha pone cara de enojada y, en el instante en que va a ensayar un reto, Tata la trae hacia la cama. Él le dice algo al oído que no logro escuchar y ella enseguida se pone a reír. Y de repente estamos los tres contagiados de risa. No sé si esto pasó o si fue un sueño que se inventó mi cabeza, a fin de cuentas, el recuerdo empieza como realidad y sigue como sueño. No importa. Elijo creer que fue así, que el único recuerdo que tengo con mis abuelos es ese: los tres tirados riéndonos de un pedo preciso.

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Cuando era pibe, y cuando escribo pibe me refiero a diecisiete años, intenté leer a Saer. Quise empezar por Nadie nada nunca. Bueno, no hagan esto en sus casas. Digo intenté porque nunca pasé de esas primeras páginas cargadas del bayo amarillo. Páginas que no avanzaban («No hay al principio nada. Nada»). Después, bastante después, estando afuera del país, llegué. Ya tenía veintilargos y había leído La pesquisaLa mayorEl entenadoCicatrices y Glosa–la novela total–. Estaba en su zona, podía volver a intentar. Por lo menos pasar esas primeras páginas que me seguían como un fantasma desde los confines de la adolescencia. Y lo hice y sentí la misma satisfacción que sentía en secundaria cuando finalmente lograba resolver un problema difícil de matemática.

Nadie nada nunca es una novela lenta, inmóvil, donde pareciera no pasar nada, se siente como si el narrador, desde el borde de la ventana, estuviese mirando el instante, el espacio, con una lupa enorme. La trama gira en torno a alguien que asesina caballos por la noche, a la orilla del río (¿El Gato?, la pregunta en realidad es: ¿importa?). La moraleja: se puede escribir sobre cualquier cosa; en Saer se aprecia que la vida no tiene sal ni sentido. «Quiero escribir un libro sobre nada, quiero escribir una novela que sea solo estilo», le escribió Flaubert hace mil años a Colet, y lo hizo, y también lo hizo Joyce, y Seinfeld con Larry David. Saer juega en ese equipo, y juega como Messi, solo que en lugar de una pelota controla el lenguaje. En sus novelas la trama importa menos que la perspectiva, el ángulo desde donde se mira. La percepción de la realidad no es la misma, no lo es para el Gato, ni para Elisa, ni para el Ladeado, ni para el bañero. Segunda moraleja: nadie mira nada igual, nunca.

La semana pasada lo volví a leer por la insistencia de un amigo que sufre saeritis, y también porque quería usar una escena de referencia para un taller que doy los jueves. La escena: un aplauso que se detiene con las manos suspendidas en el aire durante un lapso incalculable. Pero podría haber sido también otra escena, como esa de las primeras páginas que no avanzan en la que el Gato y el bayo amarillo se contemplan: «Nos miramos: él con la cabeza ligeramente alzada, ligeramente puesta de costado, el cuerpo ligeramente en tensión, yo ligeramente apoyado contra la tele áspera del sillón, los dedos de las manos ligeramente separados y las manos ligeramente elevadas, los codos apoyados en la madera del sillón, en el aire atravesado, o lleno más bien, del zumbido de un millón de mosquitos y del chirrido monótono de un millón de cigarras». ¡Qué hijo de puta! Ahora, si bien el narrador de la novela es un narrador pausado que se pone en el cuerpo de cada uno de los personajes para volver sobre un mismo momento, sobre hechos que se repiten, hay una parte central que narra justamente el caso policial, los caballos con el tiro en la sien y el cuerpo tajeado, que va a toda velocidad, como si fuera un corazón después de correr varias cuadras –pongámosle siete–. Saer descompone el tiempo, lo fragmenta, puede detenerlo como con el aplauso, claro, pero también puede acelerarlo, darle foward al máximo. Conclusión: Saer hacía –y lo seguirá haciendo mientras tenga lectores, mientras tenga legiones– lo que quería.

Retiro lo dicho. Arranquen por donde quieran, elijan su propia aventura. A Saer se lo puede leer en cualquier momento y se puede empezar por cualquier parte (cualquiera, todo, siempre), porque Saer es un eterno continuo, sus novelas son un continuo, se pueden leer sin seguir un orden, van para adelante y para atrás, como el remo del Ladeado que empuja la canoa penetrando en el agua color caramelo del río liso. Saer hacía llover, como escribió Gamerro, o mejor, Saer hacía la luz, como el sol, que ilumina las sombras de colores, cambiando, imperceptible, segundo a segundo.

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Hace un par de años vivía en Madrid y me costaba dormir –todavía me sigue costando–. Entonces mi estrategia para inducir al sueño era quedarme viendo en la compu entrevistas a autores que me fascinaban por Youtube. Buscaba entrevistas a Piglia, buscaba el programa del gallego en Encuentro con ese Borges infinito, el Cortázar detenido en el tiempo, ¡hasta le puse cuerpo a Rulfo! En fin, una noche busqué entrevistas a Saer, vi una en una mesa redonda donde hablaban de cine con Roa Bastos, Cortázar –está en todas partes–, y no me acuerdo quién más, pero me aburrí y la saqué. Puse otra en la que estaba Saer solo en el programa de Los siete locos, que, por su escenografía digna de sketch de Todo por dos pesos, parecía ser de fines de los noventa. Saer con panza y saco azul sentado en una silla bordó, aterciopelada, ligeramente recostado hacia la derecha, con el brazo derecho sobre el regazo, inmóvil, y la mano izquierda gesticulante. Saer con anteojos de marco grueso, Saer serio, intelectual, y, por momentos, canchero, como el Gran escritor de Casa con diez pinos de Fabián Casas. Vi el video de doce minutos fascinado y cuando terminó lo volví a poner. En un momento, mientras habla sobre su ida a París en 1968, Saer hace un gesto y enseguida puse pausa y volví para atrás. Otra vez: Saer ríe, levanta las cejas, cierra los labios y se le ve la lengua. Lo miro y me quedo absorto. El video sigue. Pasan dos minutos y veo que con los dedos de la mano izquierda se toca la frente, los deja uno, dos segundos ahí. Puse pausa. Lo miré y me di cuenta que era idéntico a mi abuelo. Fue como una iluminación, como si me lo hubieran soplado. Los ojos se me cargaron de lágrimas, pero las contuve ahí, dejé que el agua se acumulara debajo, como una represa. Enseguida busqué mi celular para fijarme la hora. Eran pasadas las tres de la mañana en Madrid, las once y pico en Buenos Aires. Entonces le escribí a mi viejo y le dije que estaba viendo una entrevista a Saer y que me había dado cuenta que era igual a Tata. Aparecía en línea. Lo leyó y enseguida escribió. A ver, pásame una foto. Saqué una foto a la pantalla con el celular pero se veía mal, difusa. ¡No se ve nada!, puso. Entonces me levanté a buscar un libro de Saer de la biblioteca y ahí, primero, estaba Nadie nada nunca. Le saqué una foto a la solapa y se la mandé al viejo. Se parece mucho, ¡especialmente con anteojos!, escribió. Desde chiquito que me repetía que estaba escribiendo una novela, me mostraba papeles y me contaba la historia de la novela. Seguramente a algunos les debe haber hecho creer que era escritor. Mientras leía el mensaje vi que seguía escribiendo. Ahora que pienso, quizá era, agregó.

 

Fuente: UOIEA! – Nadie nada nunca

El sistema del tacto

La escritora chilena Alejandra Costamagna publica El sistema del tacto, una novela sutil que pone en escena el desarraigo e indaga sobre las raíces familiares y el significado de pertenecer.

Qué: Libro (edita Anagrama)

Después de un largo tiempo escribiendo cuentos y de casi doce años de Dile que no estoy, la escritora chilena Alejandra Costamagna regresa a la novela con El sistema del tacto, un libro que se adentra en la búsqueda de la identidad, las raíces que nos sostienen, y juega entre los límites de la ficción y la realidad con un narración que cruza cartas, entradas de enciclopedia, ejercicios dactilográficos y fotos desgastadas, entre otros archivos desordenados. Moraleja: en la familia, en la novela, todo cabe.

La novela cuenta la historia de Ania (que bien podría llamarse Alejandra), una mujer que, por pedido de su padre, cruza la cordillera de Chile a Argentina, más precisamente a Campana, una ciudad del noroeste de la provincia de Buenos Aires, para representar a su familia en la despedida de Agustín, su tío agonizante, un personaje retraído y solitario, último bastión de la rama paterna, con quién Ania de niña solía compartir los veranos en Campana.

La muerte de Agustín llevara a Ania a desentrañar los misterios de su familia, un pasado repleto de secretos y mentiras. La novela irá hacia atrás, hasta la década de los setenta (una década negra en Sudamérica), y hacia adelante, al presente, mezclándose. Y en ese ir y venir aparecerá una figura central, omnipresente: Nélida, la madre de su tío; una mujer fuerte, vital, que llegó a Argentina tras la Segunda Guerra Mundial y cuya figura persigue a la protagonista.

El sistema del tacto narra entonces los vaivenes de una familia que llegó a principios del siglo pasado desde el Piamonte italiano y terminó entre Chile y Argentina, dos países, dos hermanos, separados (por una cordillera, por una guerra que parecía inevitable). Con una prosa llena de lirismo la autora descompone el desarraigo y lo hace con un tono tranquilo, sin poner énfasis. Aquí se habla de las raíces familiares, de qué significa pertenecer, de los que no están y, especialmente, de cómo funciona la memoria.

 

Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970) es escritora y periodista. Ha publicado las novelas En voz baja, Ciudadano en retiro, Cansado ya del sol y Dile que no estoy, y el libro de cuentos Malas noches y Animales domésticos, entre otros. El sistema del tacto, que ha sido finalista del Premio Herralde de Novela, es su obra más reciente.

Fuente: Zona de Obras – El sistema del tacto